Buscando derrocar a Perón, un ataque aéreo intentó hacer estallar el gasómetro. Fue uno de los objetivos menos conocidos de la sublevación militar del 16 de junio de 1955. Si una de las bombas arrojadas por la aviación naval hubiese explotado sobre el tanque de gas, en General Paz y Constituyentes, las más de 300 víctimas mortales y casi mil heridos que dejó como saldo el criminal bombardeo a Plaza de Mayo -y otros lugares de Buenos Aires- se hubieran multiplicado. Investigamos y reconstruimos el malogrado atentado al icono fronterizo de tres barrios de la Comuna 12.

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

Aunque pertenece al Partido de San Martín, el gasómetro ubicado en la intersección de las avenidas General Paz y Constituyentes es un entrañable icono que se erige casi en el vértice de los barrios de Villa Pueyrredon, Saavedra y Villa Urquiza. Podríamos definirlo como el hito de tres fronteras de la Comuna 12. Se trata además de un monumento histórico que recuerda otras tecnologías en la producción y el suministro de gas y que encierra, a más de seis décadas de su desactivación, numerosos mitos.
Uno de ellos, como pudimos confirmar a través de diversas fuentes documentales y testimoniales, resultó ser verdadero. El 16 de junio de 1955, día del criminal bombardeo de la Marina de Guerra a la Plaza de Mayo, el gigantesco tanque -que se encontraba en actividad- fue uno de los objetivos de la aviación naval en su intento por derrocar al por entonces presidente constitucional Juan Domingo Perón. Una bomba fue arrojada desde una de las aeronaves, pero milagrosamente no explotó. De haberlo hecho, el depósito de gas hubiese estallado e incrementado en grandes cantidades las más de 300 víctimas mortales y 700 heridos que dejó como saldo aquella trágica jornada.

Secretos del gasómetro
Según publicó Eduardo Parise en Clarín, el gasómetro empezó a construirse en 1949. “El trabajo estuvo a cargo de la empresa alemana MAN y todas sus partes fueron traídas en barco desde Europa. Son 2.256 paños de chapa envolvente (cada uno mide 80 centímetros de alto por 7,10 metros de largo) y fueron ensamblados por técnicos y personal también llegados de Alemania. Los paneles estaban hechos con tanta precisión que tenían los agujeros para la posición exacta. Y más: la construcción no tiene soldaduras, se armó con remaches en caliente”, cita el artículo, que a pesar de haber sido publicado el 16 de junio de 2014 no hace mención al atentado del que la voluminosa estructura había sido víctima 59 años antes. Esto demuestra que el hecho permanece casi desconocido hasta el día de hoy.
De la descripción que hace Parise del gasómetro surge que tiene 24 vigas verticales hechas con hierro de perfil doble T y sujetadas con bulones, además de varios refuerzos horizontales. “La altura de la mole es de 80 metros (como un edificio de unos 25 pisos) con un diámetro de 54 metros. Dentro hay un pequeño y pesado ascensor que en tres minutos llega de la base al techo. Quien elija la escalera exterior deberá subir 340 escalones”, describe el cronista. En agosto de 1999 este periódico publicó una extensa nota sobre la visita que dos de nuestros redactores concretaron a este entrañable “faro” urbano, que puede visualizarse desde un kilómetro a la redonda.

El gasómetro de General Paz y Constituyentes.

Durante apenas tres años, el tiempo que permaneció en funcionamiento, el gasómetro fue depósito de unos 150 mil metros cúbicos de gas. Ese fluido se obtenía en la llamada Usina Corrales, que estaba en Amancio Alcorta y Luna, Parque Patricios, quemando carbón de coque. Luego ese gas iba por cañerías hasta General Paz y Constituyentes y desde allí se distribuía a la red de alumbrado público. Si bien la presión de almacenaje era apenas un poco mayor a la atmosférica y el gas producido se usaba principalmente para la iluminación de faroles, no podemos decir que era inofensivo. Sobre todo si consideramos que fue desactivado pocos meses después del malogrado ataque aéreo, probablemente por el riesgo de que el próximo atentado resultara más efectivo. Por entonces, la continuidad de Perón al frente del Gobierno pendía de un hilo.

Sangrienta conspiración
En su libro Hay que matar a Perón (Ediciones Fabro, 2011), Pedro Bevilacqua aborda con notable precisión los alcances de la sanguinaria sublevación militar. “El 16 de junio de 1955, a partir del mediodía y hasta las 17.40, una treintena de aviones navales, a los que se suman cuatro Gloster Meteors de la base aérea de Morón, bombardean y ametrallan a la población de Buenos Aires desde Plaza de Mayo y sus inmediaciones a lugares tan remotos como Pueyrredon y Las Heras; La Tablada y Villa Madero, en La Matanza; o la Central de Policía, el barrio de Saavedra y Mataderos. Mientras tanto, desde el edificio del Ministerio de Marina, un millar de efectivos navales y comandos civiles balean la Casa de Gobierno y La Recova. Este hecho inusitado ha sido ocultado, soslayado y deformado durante más de cincuenta años. Aquí le contamos la verdad de este ataque genocida sin precedentes en nuestra Argentina”, anuncia la obra desde su contratapa, incluyendo en el resumen a uno de nuestros barrios.
Esa tarde de 1955 el cielo estaba cubierto y algunos de los protagonistas de la conspiración militar atribuyeron a la “baja visibilidad” la destrucción de objetivos ajenos de la aviación naval, en lo que constituyó un vergonzoso bautismo de fuego. Bevilacqua rechaza esa teoría: “Cuando para señalar los objetivos ajenos destruidos por los bombardeos se estira el teatro de operaciones a lugares tan remotos de la Casa Rosada, como el gasómetro, el argumento se transforma en una lamentable excusa”. La cantidad de muertos tras el frustrado intento de golpe difiere según las fuentes: unas 350 víctimas fatales y casi mil heridos. Sin embargo el periodista Héctor Rodríguez Souza, uno de los creadores del mítico programa de documentales Argentina Secreta, cree que la cifra es mucho mayor: “Según la historia oficial, los muertos en los bombardeos alcanzarían a trescientos. Pero información que se atribuye a la embajada de los Estados Unidos en la Argentina dice que las víctimas fatales llegarían a más de mil”.

Tras el bombardeo a Plaza de Mayo, oficialmente se identificaron 308 víctimas.

El Guernica argentino
Una nota publicada en Diario Junio, de la provincia de Entre Ríos, sostiene que cuando el Departamento de Estado de Estados Unidos desclasificó el informe que la embajada estadounidense en Buenos Aires realizó en la semana siguiente al bombardeo sobre el número de víctimas el número de muertos ascendió a 750 (400 muertos durante el bombardeo del 16 de junio y 350 fallecidos durante los días siguientes debido a la gravedad de sus heridas), 300 lisiados permanentes (con pérdida de brazos, piernas, manos, desfiguración de sus rostros o ceguera total) y 1.350 heridos de menor gravedad. En 2009, el Archivo Nacional de la Memoria de la Secretaría de Derechos Humanos publicó una investigación oficial en la que identificó a 308 muertos, aclarando que a esa cantidad debían sumarse “un número incierto de víctimas cuyos cadáveres no lograron identificarse como consecuencia de las mutilaciones y carbonización causadas por las deflagraciones”.
Las muertes oficiales, razona Bevilacqua, equivalen a la mitad de los mártires de la Guerra de Malvinas y al doble de los muertos producidos en el bombardeo de Guernica, que inmortalizara Picasso: “La diferencia entre estos hechos y la masacre ejecutada por nuestros aviadores es que los que bombardeaban argentinos se decían compatriotas”. Quizá la postal más espeluznante de este atentado sea la bomba arrojada sobre un trolebús en Paseo Colón. Con excepción de dos sobrevivientes mató a todos sus pasajeros, en su gran mayoría niños que iban a la escuela. Los explosivos también alcanzaron a un tranvía en Alsina al 600 y a otro trolebús en Las Heras y Pueyrredon. Muchos de los aviones que participaron en el bombardeo habían sido pintados con el signo de “Cristo Vence”, una cruz dibujada dentro de una letra V.

Bombas que no estallaron
Lo cierto es que las víctimas podrían haber sido muchísimas más de no ser porque sólo el 50 por ciento de las bombas de fragmentación llegaron a explotar. Tampoco las lanzadas sobre el gasómetro, “aunque al caer las mismas sobre un par de viviendas aledañas, al producir su derrumbe parcial, provocaron una docena de víctimas entre muertos y heridos”, dice el citado Diario Junio. Más precisión aporta el documental Maten a Perón (2005), de Fernando Musante: “A las 16 horas, en Av. General Paz, el pueblo detiene el transporte público y hace bajar al pasaje, interrumpiendo la circulación y el desplazamiento de los sublevados. Enterados de los acontecimientos, los sediciosos bombardean el gasómetro. Las bombas arrojadas no estallaron. De haberlo hecho, las víctimas hubieran sido miles”. En la película puede apreciarse uno de los artefactos arrojados desde los aviones. No sabemos si el armamento era obsoleto o la baja altura desde el que se arrojaron los explosivos evitó su detonación.

Si una de las bombas arrojadas por la aviación naval hubiese explotado sobre el tanque de gas, las víctimas se hubieran multiplicado.

Basta con ver una foto aérea de los alrededores del gasómetro para especular sobre los efectos que podía haber tenido una explosión de ese enorme depósito de material inflamable. Es probable que la onda expansiva y el incendio provocado hubiesen afectado al radio más cercano, incluyendo el paso de los automóviles y colectivos por la General Paz. A pocos metros de distancia se encontraban dos emblemas del peronismo: los 34 monoblocks del Barrio “17 de Octubre” (hoy José de San Martín), estrenados en 1950, y el Barrio “Presidente Perón” (hoy Cornelio Saavedra), inaugurado en 1949. No es descabellado pensar que los daños materiales y humanos en al menos 300 metros a la redonda podían haber resultado catastróficos. Tal vez algún ingeniero químico podría ilustrarnos sobre un posible escenario explosivo.
Daniel Cichero, autor de Bombas sobre Buenos Aires (Vergara, 2005), no tiene certezas sobre lo ocurrido General Paz y Constituyentes, pero ofrece algunas pistas de la acción militar desarrollada en sus inmediaciones: “Escuché muchas veces la versión de la posible voladura del gasómetro, pero no encontré ningún testimonio de los protagonistas consultados acerca de que fuera un objetivo prefijado. Pero sí sucedió que hubo una gran cantidad de operaciones de ametrallamientos y unos pocos bombardeos en diversos tramos de la avenida General Paz. Es que durante la tarde del 16 de junio fue movilizado el Regimiento 3 de la Tablada con el objeto de retomar la base golpista en Ezeiza y, en ese contexto, se produjeron varias operaciones sobre el avance de esa columna con la obvia finalidad de detenerla”.
El vecino Salvador Paravicini fue testigo del hecho y, con alguna imprecisión, lo relató en la cuenta de Facebook del periódico: “Yo vivía en el Barrio 17 de Octubre, Constituyentes y General Paz. Tenía 14 años. Creo que no fue directo contra el gasómetro, estaban siguiendo a un avión rebelde y le tiraron justo en ese lugar. Muchos vecinos lo vimos”. Miguel Ángel Marchetti también suma su testimonio: “Tenía cinco años y aun hoy recuerdo el vuelo bajo y el ensordecedor ruido de las turbinas de los Gloster al pasar sobre mi casa. Vivía en Colodrero y Congreso”.

Un grupo de soldados observa los desastres provocados por una de las bombas frente a Casa de Gobierno.

Complicidad civil
Un informe del Archivo Nacional de la Memoria, dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos, informa que de la conspiración también participaron la Federación Universitaria Argentina, la Acción Católica y sectores de logias y masonería. “El bombardeo a Plaza de Mayo fue la forma más pública y explícita que encontraron los grupos opositores, políticos y militares, de sembrar el escarmiento y el terror en los sectores populares que apoyaban al gobierno peronista. Fue el anuncio del golpe de Estado que se concretaría exactamente tres meses después, el 16 de septiembre de 1955. Esta masacre fue la matriz brutal de todas las expresiones posteriores del terrorismo de Estado en la Argentina. Incluso los jóvenes homicidas de aquel junio sangriento fueron jefes en los golpes de Estado que asolaron el país posteriormente, incluyendo el más feroz de todos, el del 24 de marzo de 1976”, explica el artículo.
La investigación agrega que se necesitaron 50 años para que las víctimas fueran reconocidas como tales y que el Estado asumiera su responsabilidad emergente por la actuación de parte de sus Fuerzas Armadas en contra de su pueblo. Recién el 16 de junio de 2005, con el gobierno de Néstor Kirchner, se realizó un reconocimiento a las víctimas del bombardeo y sus familiares. El 25 de noviembre de 2009 se sancionó la Ley Nº 26.564 de reparación a las víctimas. Los sectores políticos que participaron de la masacre nunca fueron juzgados como autores intelectuales y partícipes del homicidio de su pueblo, que muchos coinciden en destacar como un delito de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptible. El bombardeo tampoco es un hecho que haya recibido una enérgica condena social.
Basta con repasar las causas de las muertes, que surgen de los informes forenses, para comprender el infierno que se abatió durante cinco horas sobre distintos puntos de Buenos Aires: heridas de proyectiles en tronco y extremidades, traumatismos múltiples, vaciamiento de cráneo, colapso cardiovascular, perforación traqueal, desgarramiento, aplastamiento por escombros, estallido de vísceras, heridas múltiples de metralla, perforación intestinal por balas, hemorragia cerebral, heridas múltiples por proyectil aéreo, conmoción cerebral y hundimiento de tórax, entre otras. Una de las tantas víctimas, que pereció carbonizada, vivía en Holmberg 3411: Antonio Emilio Misischia. Era chofer del general del Ejército Tomás Vergara Ruzo y el auto en el que viajaban fue alcanzado por una bomba en la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen.

Las escalofriantes consecuencias del ataque que buscaba derrocar a Perón.

Elegimos como corolario de esta historia el párrafo final de la nota publicada el 17 de junio por Federico Rivas Molina en el diario español El País: “El golpe fue dominado y los cabecillas huyeron hacia Montevideo en los mismos aviones con que habían bombardeado Buenos Aires. Tres meses después de la masacre alcanzaron el éxito y la mayoría de los protagonistas de junio ocupó cargos importantes en el nuevo Gobierno. Nunca hubo detenidos ni nadie pagó por los muertos. El saldo político del bombardeo sólo puede medirse en décadas. La escalada de violencia y la guerra entre peronistas y antiperonistas duró casi 30 años, con un punto en marzo de 1976, cuando la Fuerzas Armadas derrocaron a Isabel, viuda de Perón. La masacre de Plaza de Mayo es historia, pero la disputa que le dio origen aún figura en el ADN de la política argentina”.

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