Ex vecino del barrio, se hizo cargo de la histórica institución de Saavedra en agosto de 1990. Se jubila este mes, dejando atrás una gestión marcada no sólo por el incremento de las piezas inventariadas, que pasaron de 18.000 a 26.400, sino por el ordenamiento interno. Sobre los próceres argentinos, dice que a veces se los viste erróneamente de héroes. Curiosamente, su pieza favorita es una de las últimas en ser incorporada.

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

Habían pasado 38 días de la final del Mundial 1990 de fútbol, que la Selección Nacional perdió con Alemania. Aún regía el austral como moneda de curso legal en la República Argentina, de hecho le quedaban dieciséis meses de vigencia. Carlos Menem llevaba un año como presidente de la Nación y la inflación destruía sin piedad el poder adquisitivo de la sociedad. Los diarios de aquel día informaban que, para contener los precios, el Gobierno abriría la importación de alimentos. En ese difícil contexto, durante la mañana del 16 de agosto de 1990 -con 37 años- el Lic. Alberto Piñeiro ingresaba por primera vez al Museo Histórico de Buenos Aires “Cornelio de Saavedra”.
“Hasta ese entonces yo trabajaba en el área de investigación del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, en Córdoba y Montevideo. Por circunstancias laborales conocí al profesor Carlos María Gelly y Obes, que fue director del Museo Saavedra durante 35 años y en las épocas aciagas de la Argentina interventor del Instituto. Cuando él se jubiló tenía la posibilidad de nombrar a su sucesor y me eligió a mí. Al principio me negué, pero el Director del Instituto me alentó para que aceptara”, le contaba a El Barrio este Licenciado en Historia e hincha fanático de Racing cuando cumplió dos décadas de mandato.

-Transcurrió más del 40 por ciento de su vida en estas salas. Mucho tiempo…
-Es verdad. Lo curioso es que cuando vivía en Besares y Cabildo viajaba al Centro y cuando me mudé relativamente cerca del Centro, a Caballito, me vine a trabajar a Saavedra. Jamás pude conciliar mis domicilios con los distintos trabajos. Como nunca tuve auto, tomo colectivo y aprovecho el viaje para leer. Sería un gasto absurdo y una preocupación, ya que en la Ciudad de Buenos Aires es imposible estacionar. Un día de paro de transporte volví caminando a casa y tardé dos horas. Le gané a Google, que calculaba dos horas veinte.

Si bien Piñeiro es oriundo en Caballito, su esencia saavedrense se consolidó cuando ya de grande volvió al barrio donde nació y descubrió que le interesaba más Platense que Ferro. Con los años, el destino le hizo un guiño y lo ubicó al frente del Museo Saavedra, emblema del barrio que ama. A los 65 años, llegó la hora de hacer el último balance.

-¿El museo de 1990 es muy diferente del actual?
-Sí, hubo muchos cambios y quedaron pendientes otros que podríamos haber hecho. O no quisimos o no supimos o no pudimos, como se suele decir. Sin embargo, el saldo es un museo ordenado que pasó de tener 18.000 objetos inventariados a 26.400. Hace muchos años los museos eran organismos estáticos, donde casi no había lugar para trabajar. Pero debo reconocer que el director anterior, Gelly y Obes, acrecentó la colección y amplió el predio. Estuvo desde 1955 hasta 1990.

-Desde el derrocamiento de Perón hasta la actualidad sólo hubo dos directores. ¿Eso significa que políticamente no hubo intromisiones?
-No sólo eso, hubo continuidad de objetivos. Pasaron sólo siete directores en 97 años.

-Cuando asumió, ¿creía que iba a permanecer tantos años en el cargo?
-No, pero después resultó que no fue tanto tiempo. Me hubiera gustado no tener que ocuparme de cuestiones burocráticas ajenas a lo patrimonial. A pesar de que tengo un conocimiento amplio de las colecciones del museo, siempre aparece algo a lo que nunca le prestaste atención.

-¿Cuál de todas las piezas que alberga el Museo Saavedra lo sorprendió más?
-El museo tenía material de Cornelio de Saavedra, pero nada de Mariano Moreno. Hasta que no hace muchos años hicimos una exposición especial con motivo del Bicentenario, empezamos a revolver y encontramos El contrato social, de Rousseau, traducido por él; La representación de los hacendados y la colección completa de La Gazeta de Buenos Ayres.

Piñeiro posa con su pieza favorita, el espectacular mural del cartógrafo Jean Désiré Dulin, de 12 metros de ancho.

Tesoros conmovedores
En la entrevista que le realizamos en 2010, Piñeiro destacaba como sus objetos favoritos “dos papelitos que si los dejo tirado en la vereda pasan tranquilamente como basura”. Se refería a la carta de Leandro Alem comunicándole a su hermana que se iba a suicidar y a una nota de Juan Lavalle donde anuncia el fusilamiento de Manuel Dorrego. “Son dos textos profundamente conmovedores que ponen la piel de gallina, sobre todo si se los lee en voz alta. Generan una emoción particular”, describía el director.
El Museo Saavedra resume casi cinco siglos de historia. Desde los años previos a la fundación de Buenos Aires hasta Hipólito Yrigoyen, con una gran riqueza de material vinculado a la época de Rosas.

-¿Qué otros incunables tienen?
-Hay un Silabario Argentino de José Antonio Wilde (1845), que supuestamente lo tenemos nosotros solos. También un manuscrito de Juan de Garay, previo a la fundación de Buenos Aires, y alguna estatuilla china del siglo XVI. De la época hispánica no hay demasiado. Por ejemplo las epístolas de San Alberto, un obispo que tiene una calle en Villa Pueyrredon.

-¿Se pueden consultar las piezas no exhibidas?
-Es material de consulta restringida, reservado sólo a investigadores que acrediten por escrito esa condición y con visita previa.

Abierto al barrio
Uno de los logros que Piñeiro rescata de su paso por el Museo Saavedra es la relación con los vecinos de la zona y los artistas que expusieron su obra. “Recuerdo gratamente la muestra organizada por El Barrio sobre Guillermo Guerrero y su personaje Lúpin”, citaba en la entrevista anterior. Fue el domingo 7 de julio de 2002 cuando la hermosa sala de exposiciones se pobló de visitantes de todas las edades para apreciar dibujos, caricaturas, historietas, fotos, maquetas de inventos, “incunables” de revistas y hasta una carta de Walt Disney. La muestra Guillermo Guerrero y Lúpin, un capítulo en la historia de la historieta fue un gran éxito de crítica y público.
El sábado 20 de noviembre de 2004 fue otro momento protagonizado por este periódico con el Museo Saavedra como escenario. Se trató de la Declaración de Interés Cultural otorgada por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a través de una iniciativa del vecino de Coghlan y dirigente socialista Norberto La Porta. Por último, el sábado 18 de abril de 2009 los jardines del espacio cultural sirvieron de marco para celebrar los diez años de El Barrio, con numerosos invitados especiales. La velada concluyó con una soberbia actuación de Julia Zenko y un show de fuegos artificiales. Todas las reuniones tuvieron una característica: a pesar de que se realizaron durante fines de semana, Alberto Piñeiro fue un dedicado anfitrión.

-¿Qué colecciones predominan?
-Son bastante variadas y permiten una lectura no sólo política -como la mayoría de los museos de historia- sino social y económica. Nuestro objetivo siempre fue evitar la idealización del prócer, a quien ponemos entre comillas. Que quede patentizado que se convirtieron en héroes una vez muertos, ya que en vida fueron bastante cuestionados. Nunca hubo próceres en vida. La historia no tiene una sola lectura, sino varias, hasta las que no nos gustan. Por lo que pude ver en otros museos del exterior, nosotros tenemos una mirada crítica de nuestro pasado que afuera no existe. Una colección valiosa que no estamos exhibiendo por falta de espacio es la de Alem, que permitiría armar la segunda mitad del siglo XIX vertebrándola sólo en su figura.

-¿Hay objetos que pertenecieron a Belgrano y San Martín?
-Sí, de Belgrano hay una carta que tuvimos la oportunidad de comprar unos años atrás, que es la proclama de la campaña del Paraguay, muy interesante de leer. De San Martín tenemos un sillón de enfermos reclinable, un mueble europeo muy destacado. Pero aclaro que se exhibe un porcentaje mínimo del patrimonio; el resto se guarda en un depósito. Básicamente para no sobreabundar, no tiene sentido repetir figuritas.

“Nuestro objetivo siempre fue evitar la idealización del prócer, a quien ponemos entre comillas. Que quede patentizado que se convirtieron en héroes una vez muertos”.

-¿Se dispone de presupuesto para adquisiciones?
-No, los museos en nuestro país no compran piezas. En nuestro caso lo hemos hecho de forma aislada y con ayuda de la Asociación de Amigos. Hace algún tiempo quise comprar una carta de San Martín donde expresaba la donación al Estado de su sueldo de Jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo. Aunque si hubiera podido disponer de la plata, que eran varios miles de dólares, quizá la habría destinado a refacciones en el museo o para construir baños públicos.

-Para finalizar, ¿cuál de todas las obras incorporadas al patrimonio del Museo Saavedra en estos 28 años es su preferida?
-El mural de Jean Désiré Dulin (N. de la R.: Obra de un dibujante francés, donada por los Estados Unidos, espectacular por su tamaño y con una vista área panorámica de la Ciudad de Buenos Aires), porque no se sabía su existencia. Deduje que era de él, aunque no estaba firmado, e hicimos todos los trámites de incorporación. El museo tiene la colección de iconografías (grabados y pinturas) más importante de Buenos Aires. Dulin era cartógrafo y usó su imaginación, incluyendo proyectos como las diagonales y la 9 de Julio, que en 1915 no existían. El mural, de 12 metros de ancho, cupo exactamente en la sala de exposiciones del Museo Saavedra, como si Dulin hubiera previsto también que ése iba a ser el destino final de su obra.

El Museo Saavedra, cerca del centenario
Ubicado en el Parque General Paz, un triángulo cargado de naturaleza al noroeste de la Capital Federal, este reducto cultural fue inaugurado con el nombre de Museo Municipal de Buenos Aires el 6 de octubre de 1921. Fue la concreción del deseo de Ricardo Zemborain, quien había legado a la Ciudad sus valiosas colecciones artísticas e históricas. Su primera sede funcionó en la planta alta de Corrientes 939. En 1936, debido al ensanche de la avenida, se trasladó a Cerrito 281 y en mayo de 1937 a Quintana 84. En 1941, la Comisión Interventora de Vecinos del Concejo Deliberante resolvió destinar “el edificio existente en la ex estancia Saavedra para sede del museo” y decidió darle el nombre “Cornelio de Saavedra”.
La sede actual del museo fue la casa de la chacra de Luis María Saavedra, construida entre 1870 y 1880, una típica villa de familia pudiente de arquitectura italianizante, planta en forma de “U”, techos de azotea con pretil y pórtico de líneas corintias. Contaba también con dependencias para el personal de servicio, vivienda para el mayordomo, cocheras, galpones para la cría de toros y caballos, corrales para ovejas, cabras y cerdos, un hermoso palomar y un tambo. El arquitecto Manuel Domínguez modificó la casa, adaptándola al estilo de las quintas aledañas a Buenos Aires de la primera mitad del siglo XIX. Así, el 25 de mayo de 1942 el museo reabrió sus puertas en su nueva y definitiva sede.

Algunos de los tesoros bibliográficos del Museo Saavedra. Una “Guía de forasteros del Virreynato” (1797), la “Curia Filípica” (1733) y “El Silabario Argentino” (1845).

En sus diez salas de exhibiciones permanentes se expone el patrimonio del Museo Saavedra, cuyo objeto es ofrecer diversas reflexiones sobre la historia, la política, la economía y la vida social a partir de sus colecciones de platería urbana y rural, mobiliario y objetos de arte y decorativos, peinetones y alhajas femeninas, vestimenta y elementos de las modas y las costumbres masculinas y femeninas de siglo XIX. Un amplio panorama del pasado conforman los testimonios del proceso emancipador de Sudamérica (desde las invasiones inglesas hasta la Independencia), el complejo proceso de la Confederación Argentina y la siempre agitada historia monetaria, a través de una de las más importantes colecciones de numismática del país.
El Museo Saavedra cumplió el año pasado 75 años en su actual ubicación y en 2021 celebrará un siglo de existencia.

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