Nació hace un siglo en Cullen y Burela, cuando las calles eran de tierra y un zanjón en las entradas de las casas arrastraba el agua de lluvia hasta Nahuel Huapí. La llegada de los trabajadores de la fábrica de cigarros Avanti trajo la modernización a Villa Urquiza: empedrado, colectivos, vendedores ambulantes, cines, clubes y escuelas.

Por Pablo Riggio
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En las primeras décadas del siglo XX las vías del ferrocarril Mitre parecían dividir Villa Urquiza en dos barrios: más urbanizado, poblado y transitado para el lado de Chacarita, y una zona austera y rural para el lado de la chacra de Luis María Saavedra. Así lo recuerda Alberto Vázquez, nacido el 21 de octubre de 1916 en Cullen y Burela, quien atesora las memorias del barrio desde los primeros años de vida.
“En lo que se llama La Siberia no había más que algunas casas, todos terrenos largos hacia el fondo. Las calles eran de tierra y tenían un zanjón delante de los hogares: el agua de lluvia bajaba por ahí hasta lo que hoy es Nahuel Huapí, que era un bañado. En toda la zona había campos enormes. Recién a mediados de la década del 20 adoquinaron Burela, después Cullen y así empezó a crecer el barrio”, recuerda el centenario vecino en su hogar de Villa Urquiza, barrio del que nunca se mudó.
La soledad “medieval” de La Siberia vio su ocaso con la llegada de la fábrica de cigarrillos Avanti en 1902, ubicada en la manzana comprendida entre las calles Roosevelt, Cullen, Ceretti y Burela. La cantidad de empleados, en su mayoría hijos de inmigrantes, fue aumentando con el correr de los años y la zona vivió una verdadera revolución sin ningún tipo de planificación oficial, según Vázquez. “Mi padre edificó piezas en nuestra casa y se las alquilábamos a la gente que venía a la fábrica”, recuerda.
“Al lado de cada andén, en la estación Urquiza, hay un sector corto de vías: por ahí entraba el tren lechero. Un inspector controlaba con un densímetro si la leche tenía mucha agua. Luego, los vendedores lecheros llenaban sus tarros de litro o medio litro y, a caballo, iban para el barrio a vender la leche. Por otro lado, al mediodía y a las cinco de la tarde, se armaban ferias con canastos por Burela y Ceretti, donde vendían carne, frutas y verduras. Al mediodía vendían por docena y a la tarde, como tenían que liquidar, por cientos. Mamá compraba a la tarde para hacer dulce. Así fue creciendo todo y cada vez adoquinaban más calles”, le cuenta Vázquez a El Barrio.
Y sigue: “El desarrollo de toda esta zona fue por la fábrica de cigarros Avanti. Tenía como 50 trabajadores en la década del 20. Yo los veía salir a las 11 y a las 5 de la tarde las mujeres tenían las manos marrones de amasar tabaco. Se hicieron muchas edificaciones y la zona se pobló enseguida, hasta la estancia de Saavedra, que tenía un casco con un palomar justo en Constituyentes y General Paz. Más atrás estaba el arroyo Medrano, donde no había nada de nada. Era un barrio de mucha pobreza, con gente trabajadora”.

Infancia en la calle
Vázquez, que se quedaba asombrado al ver las barricas de tabaco y a los trabajadores de la fábrica a través de sus ventanales, recuerda que durante su niñez “vivía en la calle”. Y es literal: no había veredas. Se organizaban partidos de fútbol de chicos que vivían en una cuadra contra los que vivían en otra. “La pelota era de trapo, ¡cuando apareció la de goma se armó un revuelo!”, dice. También jugaban a la bolita, el balero, la billarda y coleccionaban figuritas que venían en los paquetes de cigarrillos. Los fósforos, que eran de hilo encerado, eran una gran atracción: los quemaban y observaban cómo se derretían. La atracción principal de los fines de semana era el cine mudo llamado General Urquiza, ubicado en Roosevelt y Bauness. Diez centavos bastaban para disfrutar de tres películas. Cuenta que la Comisaría 39 se encontraba donde actualmente está el Círculo Urquiza: “La entrada era adoquinada porque tenían caballos. En la época de la crisis -en los años 27 y 28- todo el barrio iba ahí porque te canjeaban bonos por un kilo de azúcar y harina”.
A La Siberia cada vez llegaban más familias y la escuela Gorriti -que era bastante más pequeña que ahora- no daba abasto. Por ese motivo abrieron una primaria en Congreso y Triunvirato, que ya no existe más, donde realizó sus estudios el centenario vecino. Y en la década del 30 aparecieron los primeros colectivos por el barrio: “Había uno que subía por Burela y agarraba Roosevelt hasta Belgrano. Era de color blanco, al principio todos tenían colores claros. Se usaba mucho el fileteado: incluso, le daban premios al que tenía el colectivo más destacado. El boleto costaba 5 y 10 centavos”.
El Servicio Militar Obligatorio obligó a Vázquez a alejarse de su barrio por dos años. Recorrió el mundo en el último viaje de la Fragata Sarmiento, en 1938, con varias paradas que las relata de memoria: “De Buenos Aires a Santos, Cartagena, Colón (Panamá), Nueva Orleans, Puerto Rico, Cuba, Islas Bermudas, Burdeos, París, Lisboa, Santa Cruz de Tenerife, Casablanca, Dakar, Buenos Aires”. A su regreso abandonó La Siberia, pero nunca su barrio. Desde 1962 vive en Bucarelli casi Blanco Encalada, en el centro de Villa Urquiza, y conoce todos los rincones y secretos de la zona.
En los bailes que se realizaban los domingos a la noche en el Círculo Urquiza conoció a su mujer, Nelly, con quien compartió 68 años de matrimonio. Tuvieron dos hijos y con el correr de los años la familia se agrandó con ocho nietos y misma cantidad de bisnietos: “Nunca fui vicioso, nunca fumé y siempre hice mucho deporte. Lo que más me gusta es vivir en paz; tengo una familia muy buena. La cocina la tengo repleta de fotos de mis hijos, nietos y bisnietos. Así cuando ceno siento que estoy con ellos”.

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