Vecino de Villa Urquiza, cumplió 100 años el mes pasado y luce espléndido. Vive solo, acompaña a su hija a hacer las compras, no toma medicamentos, se come una torta por semana y no tiene malestares físicos. “Siempre me enfoqué en mi familia y el trabajo”, asegura quien fuera gerente general de la empresa de electrodomésticos ATMA. Conocé la historia de este vital hombre, que dice estar “poniéndose viejo” y confiesa cómo le gustaría ser recordado.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

La expectativa de vida a nivel mundial es cada vez mayor y, en los últimos años, las páginas de este periódico lo han demostrado. A fines de 2017 entrevistamos a Lidia Moreno de Salas, vecina centenaria de Parque Chas, y en ediciones anteriores compartieron sus experiencias de vida Alberto Vázquez, Mary Toffe y Yolanda Lucarelli, entre otros habitantes longevos de nuestros barrios. A través de sus testimonios pudimos constatar que, lo que hasta hace algunas décadas era una proeza, hoy se tornó en un hito cada vez más habitual. En este número traemos un nuevo caso, probablemente el más particular de todos, que sorprende por la vitalidad y lucidez de su protagonista.

Había una vez…
Ángel Sánchez -de él hablamos- nació el 3 de marzo de 1918 en el Centro porteño, como hijo único de José Manuel y Ángela Rodríguez, dos españoles que migraron a la Argentina en busca de una oportunidad laboral. Su padre falleció prematuramente, por lo que su madre debió hacerse cargo de su crianza.
Como ella trabajaba de empleada doméstica con cama adentro, Ángel debió asistir a colegios pupilos durante su infancia. La Primaria la cursó en el Colegio Madres Argentinas y la secundaria transcurrió en los años dorados del Carlos Pellegrini. “Cuando era chico vivía a media cuadra de la casa de Ángel Labruna, en Las Heras y Billinghurst. Me quisieron asociar como novio de la hermana, pero no prosperó”, recuerda este hincha y socio vitalicio de River Plate, quien pudo haber sido cuñado de una gloria del club. Ya de adolescente se mudó con su madre al norte de la Ciudad, a una casa ubicada en la calle Lugones 2409. En aquel entonces Villa Urquiza era un reducto casi rural, con construcciones bajas de familias trabajadoras y muchas calles todavía sin asfaltado. Cerca de allí, Belgrano ya era un barrio muy codiciado.
Por eso pagos Ángel conoció a Elsa María Santiago, con quien contrajo matrimonio a los 24 años. El flechazo se dio, exactamente, en la casa de unos parientes, situada en la calle Guanacache (actual Franklin Roosevelt) y Melián. Una vez casados, la pareja se mudó a Mariano Acha y Republiquetas (hoy Crisólogo Larralde), donde nació su hija Liliana, y a al poco tiempo se instalaron en una amplia casa en Florida, Vicente López. Allí concibieron a Norma, la hija menor, que tiempo después les daría el único nieto.

Ángel y Elsa se casaron en 1942, en la Parroquia de la Santísima Trinidad de Belgrano.

De cadete a gerente
Luego de recibirse en el Pellegrini, Ángel realizó estudios terciarios en Ciencias Económicas y rápidamente se incorporó al mercado laboral. Su trabajo más destacado fue en la incipiente empresa ATMA, de Belgrano, donde ingresó como che pibe y llegó a ser gerente general, el puesto máximo.
Allí fue testigo de la fabricación de la primera plancha eléctrica del país y forjó una estrecha relación con Juan Gálvez, famoso piloto de TC en los años 50, que era patrocinado por la compañía. Cuando se corrían los grandes premios, ATMA contaba con un avión que sobrevolaba la carrera y socorría a su piloto en caso de que tuviera algún inconveniente. Ángel sufrió un accidente por aquellos años, cuando la camioneta que recorría uno de los circuitos volcó. El conductor falleció y él se rompió la clavícula y tuvo que ser trasladado por uno de los acompañantes al hospital de Arrecifes. Todavía le quedaba mucha cuerda por delante.
“Lo que más destaco de mi vida laboral es mi actuación en ATMA -se felicita-. Cómo pasé de ser un empleado común que se ganó la confianza del dueño y después logró crecer”. Por cuestiones de reacomodamiento interno de la empresa, se encontró inesperadamente sin trabajo promediando los 50 años, una edad compleja para reinsertarse en el mundo laboral.
Para pasar el mal trago, montó junto a su familia un emprendimiento de figuras de baquelita y luego pudo conseguir empleo en una empresa fabricante de productos plásticos. A la par, se aferró mucho al Rotary Club de Saavedra, del que fue su primer presidente. Cabe recordar que, hasta ese entonces, el único Rotary que existía en la Ciudad era el de Belgrano pero, por la gran cantidad de asociados, se abrió una sede en el barrio vecino. Recién a los 80 años dejó de participar activamente en la entidad, que lo agasajó con una placa recordatoria.

La familia ya constituida, con Ángel, Elsa, Liliana y la pequeña Norma.

Puerta a puerta
Además de su salida de ATMA, otro duro golpe en la vida de Ángel fue el fallecimiento de su esposa, en 2007. Ella era de 1919 y llevaban 60 años de casados. Toda una vida juntos. Como la casa de Vicente López quedaba grande para él sólo, la familia decidió venderla y, con ese dinero, comprar un departamento en Combatientes de Malvinas entre Olazábal y Mendoza.
La dirección no fue elegida al azar: en el mismo edificio vive su hija Liliana con su esposo Horacio Bianchi. Ángel se instaló en el 7º C, en tanto sus familiares residen en el 7º A, a tan sólo unos pasos de distancia. El vínculo entre los tres es realmente entrañable y están en permanente contacto. Liliana le prepara el almuerzo a su papá y lo acompaña en la cena, pero a él le gusta tener su independencia. “Como yo estoy trabajando, al mediodía se arregla sólo y se calienta la comida en el microondas. Y no lo jorobes porque te saca corriendo”, cuenta entre risas la hija.
Si bien no usa celular, es curioso y le interesa saber qué es el WhatsApp y las aplicaciones de la actualidad, como UBER. Su pasatiempo favorito es la lectura. Hace poco se devoró en apenas una semana El símbolo perdido, de Dan Brown, y ahora está enfocado en El puñal, reciente novela de Jorge Fernández Díaz. También le gusta escuchar radio y mirar televisión, por lo que está muy informado de lo que pasa en la actualidad. Y le apasiona comer. Bastante, por cierto, y sin privarse de nada.
“Se come una torta grande de La Nonna por semana. A veces no le alcanza y me pide que le compre dulce de leche, licor de huevo y bay biscuit para comerlo pisado. Le gusta todo, es muy goloso”, asegura su yerno. “El no terminó de almorzar o cenar si no comió postre o tomó su copa de vino. Y no tiene colesterol, diabetes ni nada”, agrega la hija, quien suele acompañarlo a la peluquería o al podólogo. También van a comprar juntos al supermercado. Y hacen la cola y todo.

Desde que se murió su esposa, Ángel vive en un departamento contiguo al de su hija Liliana y su yerno Horacio, ubicado en Combatientes de Malvinas y Olazábal.

Salud de hierro
“Entré en su familia en los 80 y, desde entonces, nunca lo vi enfermo -jura Horacio-. Lo único que tuvo fue el accidente automovilístico y una operación de próstata cuando tenía 80 años. Gracias a Dios, la salud que tiene este hombre es perfecta. Nunca le duele nada, no toma medicamentos y eso es para ponderar. Yo tengo 40 años menos y me duele todo. Es un hombre sano que, a lo mejor, puede vivir 110 o 120 años. No sabemos”. El cumpleañero se tienta ante el elogio y, con picardía, suelta: “¡Me tienen envidia!”. “A veces tuvo un poco de presión y le dieron un medicamento, pero se lo tuvieron que suspender porque le bajó mucho -añade la hija-. No sabés lo que es llevar a mi papá a hacerse un chequeo. ¡No quiere ir! Por eso tiene la edad que tiene, me dicen los médicos”.
Otro dato llamativo es que Ángel nunca fue un asiduo practicante de deportes, un factor que la ciencia recomienda para gozar de buena salud. “El secreto es trabajar y él lo hizo siempre. Recién ahora está haciendo reposo”, bromea Liliana. El último empleo de su papá fue en un geriátrico de Vicente López, cuando rondaba los 80 años. Mientras él llevaba adelante la administración contable del lugar, personas de su misma edad e incluso menores estaban postradas en una cama. “No puedo decir cuál es el secreto de la longevidad porque no lo sé -reconoce Ángel-. En cuanto a enfermedades, no recuerdo haber sufrido alguna en particular”. También pesa el factor genético: su madre vivió cerca de 90 años.

Reflexiones centenarias
Es impactante pensar que, en su centenario de vida, fue contemporáneo de todos los mundiales de fútbol, los golpes militares de José Félix Uriburu en adelante, los años peronistas y la creación de la televisión, entre otros muchos hitos de la historia mundial. Sin embargo, el entrevistado se muestra inmutable ante esos recuerdos. “Sé que a lo largo de mi vida han pasado muchas cosas, porque además leo mucho, miro televisión y escucho radio. No las ignoro, pero no me conmovió ninguna”, sorprende.
Incluso le resbala haber vivido los gobiernos de Juan Domingo Perón. “Para mí era un gobernante más -asegura-. No puedo decir que estuve en contra o a favor de Perón. La política, en mi vida, no determinó nada. Nunca me identifiqué como socialista, radical o conservador. Sí me expresé hacia una política de algún dirigente, tanto en lo bueno como en lo malo, pero nunca me sentí capacitado como para ponerme a despotricar contra un político. Mi foco siempre estuvo puesto en la familia y el trabajo”.

Ángel sopló las 100 velitas acompañado por sus hijas Norma y Liliana.

Festejo bendecido
El sábado 3 de marzo fue una jornada muy especial para Ángel. Además de la algarabía por su cumpleaños número 100, recibió la bendición del Padre Nacho en su última misa al frente de la Parroquia del Espíritu Santo. Liliana y Horacio fueron caminando con el cumpleañero hasta la iglesia de la calle Pacheco y después regresaron a casa para preparase para el festejo. El agasajo se realizó esa misma noche, en el restaurante La Luciana de Álvarez Thomas y Sucre, con la infaltable torta de 100 velitas acompañada por la inscripción “Para el mejor papá del mundo”. “No pedí ningún deseo”, confía el protagonista de la celebración.
“La pasó muy bien y comió muy rico -amplía Horacio-. Yo le dije que la próxima etapa no es llegar a los 101: ahora vamos a ir sumando de a cinco años”. Y agrega su esposa: “A esta altura del partido, nos dice que ya está cansado, que son muchos años y que se está poniendo viejo, pero él sigue empujando”.

-¿Es así, Don Ángel?
-Todo fue muy bueno en mi vida, y eso incluye los percances que pudieron haber habido durante ella. Los he pasado bastante bien y he estado muy bien cuidado siempre. Me he preocupado mucho por mis familiares y no los he molestado. Espero que, cuando me toque partir, se acuerden de mí en lo bueno y en lo malo. Algo debe quedar. Y también espero que, lo poco que me queda, transcurra sin perjudicar, dañar ni preocupar a nadie, porque no vale la pena. Mi vida ya está hecha.

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