En la ciudad hay infinidad de esculturas que marcan la identidad del lugar. El número de obras se fue incrementando a través de los años y se extendió hacia los barrios más alejados del centro. Así, todos los espacios públicos se poblaron de estatuas, fuentes o bustos que embellecen el paisaje y tienen alguna historia que contar.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

Las esculturas urbanas son objetos dispuestos al embellecimiento y crecimiento cultural de las ciudades. Buenos Aires, como toda gran metrópoli, no podía estar al margen de esto y es así que nos encontramos con obras de arte urbano de una gran calidad, que deleitan a vecinos y visitantes. Hoy hay más de 2.400 piezas de alto valor artístico que le otorgan un semblante distinto a nuestra urbe y van desde grandes grupos escultóricos y estatuas ecuestres hasta pequeños bustos que hacen al acervo cultural porteño.
A través de la llamada generación del 80, Buenos Aires se inclinó de lleno desde finales del siglo XIX a transformar el paisaje porteño en un ámbito cultural único en América Latina. La opulencia generada en las clases dirigentes por el modelo agroexportador fue un factor determinante para que nuestra urbe pasara de ser la gran aldea a una gran metrópoli. El crecimiento de aquel período de prosperidad permitió que escultores extranjeros de renombre dejaran su sello en nuestra ciudad, como por ejemplo Bourdelle, BarriasBartholdi, (autor de La Estatua de la Libertad, que tiene una pequeña réplica en las Barrancas de Belgrano), Daumas (Monumento al Gral. San Martín y a los Ejércitos de la Independencia, ubicado en la plaza homónima) y Rodin.
Éstos son sólo algunos de los maestros que intervinieron en el paisaje porteño. Como podemos ver, los nombres de los escultores son de origen galo y no es casual: la mayor parte de las obras realizadas por extranjeros venía de Francia, lo que se debe a que mayormente la generación del 80 había apostado a la cultura francesa como el ideal a seguir. Esto no sólo se refleja en la escultura sino también en la arquitectura, por lo que podríamos afirmar que todo el arte en general ha adoptado un tinte clasicista francés.
De esta forma fue que, desde entonces, se empezaron a incorporar en los parques, plazas y paseos públicos (que también tienen un diseño francés) todo tipo de esculturas y grupos escultóricos de orden clásico, algunas acompañadas de fuentes y mástiles para decorar aún más el paisaje urbano. Esta corriente influenció a los artistas de aquella época en nuestro país, los cuales también dejaron su huella en la ciudad. Escultores como Francisco Cafferata (1861-1890, considerado el primer argentino en el rubro) realizó obras de gran tenor, como el Falucho en bronce fundido ubicado en el barrio de Palermo, que fue terminado por su discípulo Lucio Correa Morales (1852-1923).
Este último realizó esculturas en mármol como La cautiva, ubicada en la plaza frente a la Facultad de Derecho de la UBA, y el monumento de espectacular porte en homenaje a Carlos Tejedor, que fue construido en mármol de Carrara y se encuentra en la plaza Sicilia, en el barrio de Palermo. Agreguemos al listado de este período a figuras como la de Hernán Cullen Ayerza, con obras como El aborigen, escultura sobre una fuente de agua en la Plaza España en el barrio de Barracas; Víctor de Pol, escultor argentino de origen italiano, cuya obra más sobresaliente es la cuádriga ubicada en la cima y en el centro del Congreso Nacional; Rogelio Yrurtia, autor del célebre grupo escultórico Canto al trabajo frente a la Facultad de Ingeniería de la UBA y también el famoso monumento a Bernardino Rivadavia, en Plaza Miserere; y Arturo Dresco, que fue quien realizó el grupo escultórico llamado El monumento a España, inaugurado en el año 1936, que se ubica en la zona de Puerto Madero.
Así podríamos seguir nombrando infinidad de artistas extranjeros y argentinos que realizaron obras singulares a lo largo de la ciudad. Aunque no podemos dejar de mencionar a la primera escultora argentina y sudamericana, Dolores Candelaria Mora Vega de Hernández, más conocida como Lola Mora, autora de una obra que revolucionó la época: la fuente monumental Las Nereidas. Inaugurada en 1903, fue originalmente concebida para la Plaza de Mayo, pero debido a los desnudos de sus figuras fue considerada indecorosa y por ello se decidió emplazarla en la esquina de la actual Alem y Perón. Hoy en día se encuentra en la Costanera Sur, Puerto Madero.
En un principio, la mayoría de las esculturas estuvo en los parques, plazas y paseos del centro de la ciudad y en barrios cercanos como San Nicolás, Retiro y Recoleta, para luego extenderse por los barrios más lejanos. Sin duda, todas estas obras desparramadas por Buenos Aires hacen del espacio público un lugar privilegiado, de alto valor artístico, que en muchos casos es superior a otros sitios del mundo.

Esculturas ocultas
Hay muchas esculturas que no se conocen, ya sea por estar alejadas del centro porteño o por quedar escondidas entre tanto cemento. La vorágine urbana, en ocasiones, no nos permite regocijarnos con el arte que muchas veces está frente a nosotros, pero no lo vemos. Como si estuvieran detrás de escena, aparecen infinidad de obras de gran condición escultural. Por ejemplo, en el barrio de Chacarita nos encontramos con el Monumento Los Andes, obra realizada en 1941 por el afamado Luis Perlotti. Esta es mucho más que una escultura, puesto que representa la espiritualidad de los pueblos originarios, su historia e identidad.
En la Plaza Sicilia, de Palermo, pasa desapercibida la figura en mármol de aquella niña cuya historia forma parte de los recuerdos de nuestra infancia: Caperucita Roja. La obra fue cincelada por el escultor francés Jean Carlus (1852-1930), inicialmente en Plaza Lavalle y luego trasladada a los Bosques de Palermo. No cabe duda de que no hay mejor escenario para este personaje.
Sobre el bulevar Chenaut, en una de sus plazoletas, nos encontramos con una escultura titulada Mujer con gato. La obra fue realizada en un sólo bloque de mármol de Carrara por el escultor francés Maxime Real del Sarte, quien había perdido una de sus manos durante la primera gran guerra. Esta obra era de la pertenencia del General Perón, quien la había recibido como obsequio del empresario marítimo Alberto Dodero. Después de la caída del mandatario en 1955, la escultura fue trasladada de la residencia presidencial a un rincón de Mataderos tras la demolición del palacio. Hoy finalmente, después de tantas idas y vueltas, encontró su lugar en el barrio de Las Cañitas.
En el Parque Chacabuco hay una singular escultura de un yaguareté oculta por varios años. Deambuló por distintos lugares, entre ellos el zoológico porteño, aunque finalmente volvió a su lugar de origen. Fue tallada en bronce por Emilio Sarniguet en 1935: se estima que mide más de un metro y pesa 800 kilogramos. Sarniguet fue también autor de la escultura de El Gaucho Resero, emplazada en los portones del Mercado de Hacienda.
Entre la multitud de obras que pueblan el zoológico porteño nos encontramos con El Eco (1903), una obra de Lola Mora que se encuentra próxima a la entrada principal. Esta escultura era parte del Monumento a Aristóbulo del Valle, que fue muy criticado y atacado y quedó parcialmente destruido por manos anónimas.
Un monumento particular y casi desconocido es el llamado Monumento al soborno, ubicado en uno de los vértices que conforman al edificio del ex Ministerio de Obras Públicas. Es el único monumento a la coima que se conoce en el mundo y no podía estar en otro lugar que no fuera nuestro país… Si bien no hay datos referidos a que la figura quiera significar eso, no cabe duda de que la imagen vale más que mil palabras. Es que si se observa en detalle la mano extendida en actitud de disimulo, y la mirada de complicidad, no nos deja otra opción que pensar cuál era el mensaje del autor. Aunque tampoco hay registros de quien fue su creador, los historiadores se la atribuyen al escultor Troiano Troiani. La obra comenzó a realizarse a principios de los años 30 -conocida como la Década Infame- y se dice que fue encargada a Troiani por José Hortal, arquitecto que realizó el monumental edificio, ante tanta presión de sobornos.

En el barrio
Las esculturas fueron llegando a los lugares más apartados del centro a través del tiempo y hoy hay un número importante de obras que se ubican en diferentes espacios públicos. Muchas veces sucede que algunas de estas obras tienen que ser removidas, ya que están a la intemperie y expuestas a sustancias cáusticas que hacen que sea necesario su mantenimiento periódico. Pero, a decir verdad, el principal problema es el vandalismo hecho por el hombre, que obliga a que estas esculturas tengan que ser trasladadas a lugares más seguros o en otros casos enrejadas, como sucede por ejemplo con el busto de Cornelio Saavedra ubicado en el parque homónimo.
Estuvo algún tiempo en reparación en el taller del Parque 3 de Febrero, conocido como hospitalito de las esculturas, donde un equipo de restauradores trabaja a destajo para devolverles la salud a monumentos y estatuas dañados. También en Saavedra, dentro de la Plaza Hungría, se encuentran dos obras escultóricas. La primera es un portal construido por la colectividad húngara llamado Székely, nombre que refiere a una etnia que habitaba junto con los húngaros y los jázaros. La segunda llegó en el 2005, cuando se inauguró un busto de Esteban I de Hungría, también conocido como San Esteban, primer rey de este país.
En Saavedra nos encontramos con La agricultura (foto de portada), una escultura realizada por el artista Luis Ernesto Barrias y ubicada en la esquina de la Avenida San Isidro Labrador y Paroissien. Sobre un pedestal se ubica una figura alada y un mástil. La obra formaba parte del Pabellón Argentino de la Exposición Universal de París de 1889. En la Plaza Echeverría, del barrio de Villa Urquiza, se destaca el monumento al General Justo José de Urquiza. Esta obra, realizada por el artista Pablo Tosto, tuvo una primera ubicación en la intersección de las avenidas Del Libertador y Pueyrredon, pero gracias a la gestión de los vecinos se consiguió traerla al barrio que lleva su nombre.
Una particularidad de nuestra comuna son los dos monumentos a la madre ubicados en Villa Pueyrredon. Uno se encuentra en la Plaza Alem y es obra del escultor Ulises Tocci, en 1976. El segundo está en la Plaza Martín Rodríguez y estuvo a cargo de Norberto La Palma, en 1989. A pocas cuadras de allí, en Villa Urquiza, hay un tercer monumento a la madre. Realizado en 1971, se encuentra en la Plaza Zapiola y también es obra de Ulises Tocci. Pero no terminan ahí los homenajes a la maternidad: hay otro monumento en Belgrano R, en la Plaza Castelli, obra del italiano Tenti.
Como antes advertimos, muchas de estas obras están en riesgo ante el bandolerismo que las agrede sin razón y es por ello que debemos difundir nuestro arte urbano y tomar conciencia de su valor patrimonial para cuidarlo y protegerlo. Quizás, algún día, las rejas sean para los vándalos y no para nuestras esculturas.

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