A los 89 años falleció Santiago Vernazza, histórico goleador de Platense y River. Recordado por su potente disparo, brilló en el club de Saavedra a fines de la década del 40. Luego pasó al Millonario, donde integró “La Maquinita”, famosa delantera que compartió con Ángel Labruna y Félix Loustau. En mayo pasado nos concedió una extensa entrevista, en la que repasó imperdibles anécdotas de su carrera futbolística.

Hay jugadores que, por la imborrable huella que trazaron en el fútbol, adquieren una categoría que está reservada sólo para unos pocos: leyenda. Así será recordado Santiago Vernazza, ídolo de Platense y River, quien falleció el pasado 12 de noviembre a los 89 años de edad. Desde hace dos décadas vivía en Aldo Bonzi, en una casa contigua a la de su hermana Betty, y tenía dos hijos: Fabiana y Ricardo.

Vida y obra
Popularmente conocido como Guito, nació en La Boca pero, cuando era chico, su familia se mudó a Núñez. Vivía en Ruiz Huidobro entre Cuba y Arcos, cruzando Cabildo. Futbolísticamente, se crió en ese barrio. Jugaba en la calle y en los potreros, con los equipos que se iban formando en las esquinas. Su acercamiento a Platense fue gracias a un vecino de la cuadra, quien era delegado del club y lo llevó a probar.
En el Calamar hizo todas las divisiones inferiores, a la par que trabajaba de repartidor de hielo en las zonas de Núñez y Saavedra. Entregaba la mercadería a partir de las seis de la mañana, en pleno verano, y a las nueve y media estaba en Manuela Pedraza y Crámer para jugar con la Tercera. Debutó con el primer equipo el 20 de abril de 1947, hace 70 años, frente a la recordada Máquina de River, que integraban Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. “En Platense tuve dos maestros: Julio Cozzi y Antonio Báez, un zurdo de aquellos”, evocaba Vernazza en una extensa entrevista con El Barrio, que ocupó la tapa de la edición de mayo.
En sus inicios en el Marrón no tenía contrato: le pagaban 150 pesos por punto, el doble de lo que cobraba en una empresa americana de Corrientes y San Martín. Salvo los miércoles, que tenía permiso para ir a entrenar, el resto de los días de la semana los pasaba en una oficina. Pero se las rebuscaba para mantenerse en estado: cuando terminaba la jornada laboral, se volvía caminando a su casa. “Salía del trabajo a las seis de la tarde y llegaba a las nueve. Caminar me ayudó mucho porque, aparte de fortalecer las piernas, me daba la posibilidad de mantenerme entrenado. Cuando entré al servicio militar tuve que renunciar a mi trabajo, pero seguí con el fútbol. En ese momento me hicieron contrato porque ya entraba en la mayoría de edad. Ahí me dediqué directamente al fútbol. Era una pasión tremenda la que tenía”, contaba con orgullo.
Al evocar sus años en Saavedra, tanto él como su esposa Carmen recordaban el “río” que por entonces corría a cielo abierto: el Arroyo Medrano. “Era un espectáculo. Lindo barrio, muy tranquilo. Se vivía con la puerta abierta. A los ocho años me iba sólo al Luna Park y volvía a las dos de la mañana. Me gustaba mucho el boxeo, le había tomado un gusto tremendo. Me enloquecían Amelio Piceda y Eduardo Lausse. Todos íbamos a ver perder a Gatica; era bravísimo, un déspota”, relataba Guito, fiel seguidor de Prada, el histórico rival del Mono.

En River integró “La Maquinita” con Ángel Labruna y Félix Loustau, entre otros cracks.

Cuando se hizo Millonario
En 1950 Vernazza dejó el Calamar y fue vendido a River por expreso pedido del presidente Antonio Vespucio Liberti. Una perlita: se dio el lujo de reemplazar a su ídolo, Muñoz, quien pasó a jugar a Platense. “Una vez que me transfirieron, tuve la oportunidad de hablar con él. ‘¿Sabe lo que pasa, Muñoz? – le dije-. Yo vine a River con una mochila tremenda por sacarle el puesto a usted, que es mi ídolo y uno de los mejores punteros derechos que he visto en mi vida. Quiero hacer lo que hace usted’. Él me aconsejó: ‘Hacé lo que sabés hacer vos. No te copies de mí porque no te va a salir nunca. No quieras hacer lo que hacen los demás’. Esa frase me abrió las puertas del club y me sacó la mochila. A partir de sus consejos, me desaté”, revelaba.
Y fue literal: el primer año que jugó con la banda roja marcó 24 tantos y salió goleador. Compartió delantera -la famosa Maquinita– con Pizzuti (al año se fue a Racing y lo reemplazó Prado), Walter Gómez, Labruna y Loustau. Vistió la casaca millonaria hasta 1956 y ganó cuatro campeonatos.

El vacío que dejó el fútbol
Luego pasó a Italia, una de las ambiciones de su carrera. Jugó cuatro temporadas en el Palermo, donde es el tercer máximo goleador de su historia, en Milan y finalmente colgó los botines en Vicenza, en 1964. “Cuando me retiré me agarró una especie de depresión. Había engordado, estaba mal, no quería salir. Hasta que un muchacho de la vuelta de casa, donde había una canchita de fútbol, me ofreció ir a jugar y me enganché. Después me sumé a los equipos de veteranos de River, Platense y Macabi. Me volvió el alma… También empecé a entrenar a chicos y formé una escuelita de fútbol en Comunicaciones. Volví a vivir”, se emocionaba Vernazza y reflexionaba sobre su carrera: “Platense fue mi maestro, me creó, y River me dio la fama. Yo hacía mucho mejor papel en Platense, porque tenía a Antonio Báez que me hacía jugar”.
Para finalizar, nos confesaba su anhelo de ver al Marrón de nuevo en la Primera División: “Desearía con toda mi alma que suba al lugar donde se merece estar”.

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