Mariano Albornoz es vecino de Saavedra e hincha de Platense. Los últimos tres años de su vida los pasó recorriendo el mundo con una moto. Conocé la historia de “Mariano del Mundo”, como se hace llamar, quién unió 40 países partiendo desde la cancha del Calamar y llegando hasta Japón. “Quien dice no tener tiempo está perdido”, afirma.

Por Julián Amerise
platense@periodicoelbarrio.com.ar

-Antes que nada, presentate por favor…
-Bueno, mi nombre original es Mariano Albornoz y mi nombre ficticio es Mariano del Mundo.

¿Sos del barrio de Saavedra?
-Sí, tengo 31 años. Siempre fui vecino de Saavedra e hincha de Platense. Viví en Valdenegro y Crisólogo Larralde, límite con Villa Urquiza. También estuve un tiempo en Maipú y Laprida, Vicente López, pero siempre por acá.

¿Ibas a la cancha?
-A los 13 años empecé a ir solo, por mi cuenta. Eso generó una pasión a muerte por Platense, porque más allá de las circunstancias es algo que no se cambia.

¿Por qué no le contás a los hinchas la “locura” que hiciste los últimos tres años?
Más allá de ser una persona común y corriente, hace tres años salí de la puerta del club para hacer un viaje en moto, que realmente no tenía destino final. Pero luego de tres años y 115.000 kilómetros llegué hasta Japón.

¿Sabés que estás loco, no?
-Y… hoy recién estoy como aterrizando. Es un proceso bajar a tierra, es duro chocar con todo de vuelta, pero fue increíble.

-¿Y qué te llevó a planificar o animarte a hacer este viaje?
-Desde chico viajé de mochilero. Por América Latina, el Amazonas… Pero tengo tres pasiones: Platense, viajar y las motos. El problema es que las dos últimas son una combinación medio explosiva. Sabía que iba a llegar lejos, pero no que iba a llegar a Japón. No planifiqué mucho antes de salir, simplemente agarré la moto como estaba y me fui. Y día a día avanzaba.

-Sin ahondar en los cuarenta países que visitaste, contá más o menos cómo fue avanzando tu viaje.
Antes que nada quiero contar que fue fundamental la comunidad motociclista de todo el mundo. El viaje empezó en Platense, recorrí algunas provincias argentinas de Los Andes, como La Rioja o San Juan, y me crucé a Chile. Luego pasé por Perú, Bolivia, Colombia… Ahí encontré el primer obstáculo, que era cruzar en barco a Panamá: porque es un lugar bastante caldeado.

Imagino que ya ahí, nada te iba a parar…
-Claro, la idea original era llegar a México y luego ver. Pero cruzar a Panamá fue muy loco: son sólo 100 kilómetros desde donde termina el camino en Colombia hasta donde sigue en Panamá. Es la selva, el “Tapón del Darién”, la zona más peligrosa de América entera. Es muy conflictiva, por el narcotráfico. Ahí me alojé en la estación de bomberos y gracias al coronel, que dio buenas referencias, pude meter la moto en un barco: llegó tres días después. Esa era la opción barata: la otra eran 800 dólares, que los tenía pero los quería guardar. Así que más o menos un año después de haber salido de acá entré a México, un país de la puta madre.

¿Con cuánta plata te fuiste?
-Me fui hace tres años, pero hace cinco años y medio abrí un espacio cultural en Maipú y Laprida, que se llamaba Club Maipú. Ese lugar me permitió juntar unos manguitos, porque no pagaba alquiler y vivía ahí. Lo gestionaba con un amigo y durante el día trabajaba como cadete con la moto. No salí con mucha plata, fueron tres mil dólares. Pero por suerte fui descubriendo todo lo que ayuda la comunidad motociclista, porque sino tres mil dólares para el viaje que hice es nada. Tanto en Colombia como en México trabajé en el proyecto del viaje, porque tengo el logo y vendía eso. Stickers, postales, destapadores de cerveza, imanes para la heladera, gorras, remeras. En México logré juntar el dinero para cruzar a Europa en barco.

¡Qué coraje! Porque eso sí no lo tenías planificado…
No. Fue tomar decisiones y jugárselas. No tenía tarjeta de crédito, carta de invitación, pasaje de vuelta, los de la empresa naviera no me dieron la documentación de que la moto estaba en viaje… Llegué en pelotas. Sabía que si me mandaban de vuelta perdía la moto, porque las multas eran de cinco mil dólares aproximadamente. Pero la actitud y las ganas pudieron más: llegué al puerto de Barcelona.

¿Y luego?
Me puse en contacto con la comunidad motociclista española y gracias a ellos pude financiar Europa y Asia. Con lo mismo que había hecho en México, en España junté plata para recorrer 16 países en Europa y seguir camino para los países nórdicos.

-Veo baúl, imagino que tenías alforjas, ¿pero tenías ropa para tanto frío?
-Sí, llevé ropa. Pero imaginate que cuando llegué a Europa era invierno y me estaba muriendo de frío. Pero los motociclistas me dieron guantes, campera, una chaqueta de moto. Pasa que en América Latina, calor puro, andaba en bermudas. La gente me ayudó mucho, los rusos me dieron una bolsa de dormir del ejército.

Platense 1
¿Cómo te comunicabas? Porque en Noruega hablan en noruego, en Rusia en ruso…
-Me salvó el portugués. Hay muchos portugueses distribuidos por toda Europa, así que iba tratando de contactarme con ellos porque hablo muy bien ese idioma. Después manejo inglés nivel 5 ponele. Pero después en Rusia, Mongolia, Uzbekistán, Kazajstán y Corea fue difícil. En Rusia estuve tres meses y aprendí lo básico. A ellos no les gusta que hablen en inglés, te piden que hables en tu idioma, así que el Google Traductor y las señas ayudaron, mostrando mapas o fotos, porque hay países donde no hay Internet.

¿Siempre con la camiseta de Platense puesta?
-Siempre: camiseta, buzo y pantalones. Pero fui regalando todo, la bandera inclusive. Era como ir dejando algo en agradecimiento.

-¿Cómo llegaste y cómo volviste de Japón?
-En principio iba a ir a Australia, pero yo fui haciendo un proyecto personal y era ir visitando distribuidores de Yamaha. Ellos me financiaron el 30 por ciento del viaje.

-Cabe aclarar que tu moto es una Yamaha XTZ 125, que es de muy baja cilindrada, y no un monstruo con dos ruedas…
-Claro. Pero yo visitaba los distribuidores. Tomaba fotos y escribía pequeñas historias. Por suerte tuve la posibilidad de estar en contacto con gerentes importantes de Moto GP, de Francia, Italia, España, con los más altos mandos. Hasta que los japoneses me propusieron ir a Japón y ellos me hicieron entrar. Primero fui a Corea del Sur, tomando barcos, y desde ahí me crucé a Japón. Esa fue una de las experiencias más adversas que tuve en mi vida.

-¿Por qué?
Cuando llegué a Yamaha tuve una discusión con uno de los directivos más importantes. Me sentí mal porque me había comprometido con todos los distribuidores a mandarles una foto de ese lugar. Pero por un tema de comercio me censuraron la posibilidad: yo me calenté, me puse a discutir con mucho respeto y me fui muy enojado de la planta. Ahí quedé solo en Japón y sin posibilidades de sacar legalmente la moto del país, no había manera. El embajador argentino en Japón, Raúl Dejean Rodríguez, trató de ayudarme, lo volví loco, pero no había manera de sacar la moto por temas aduaneros.

-¿Y qué hiciste?
-Estuve dos meses intentando de todo, pero las empresas me rebotaban. En Tokio me costaba el inglés porque era muy técnico, pero yo quería volverme con la moto. Estaba casi por desistir y de repente me llegó un mensaje de un amigo de Saavedra diciendo que tenía un amigo en Japón. Le dije que me pasara el contacto. Yo estaba en un momento donde había hasta pensado en desarmar la moto y enterrarla en el Monte Fuji. Pero llamé a este amigo de mi amigo, un tal Federico: él también era de Saavedra y me dijo “venite”. Eran 300 kilómetros; llené el tanque y me fui para ahí. Resulta que cuando llego y lo veo, tanto él como los hermanos habían estudiado en el mismo primario que yo, vivían a la vuelta de casa y los padres tenían una tintorería en Miller y Jaramillo; eran la única familia oriental en el colegio. Cuando nos dimos cuenta de que nos conocíamos, me terminé quedando como 15 días. No lo podíamos creer.

¿Y al final qué pasó?
-Ellos me presentaron a la comunidad paraguaya, que son los que “me sacaron” la moto de Japón y me la mandaron a Asunción como chatarra. Y los motociclistas de Clorinda, en Formosa, me la cruzaron a la Argentina. Fue mi compañera durante tres años, viví momentos buenos, malos, tuve frío, pero nunca me dejó y no podía abandonarla. Hubo algunas ciudades en donde me la vi venir y me tuve que fugar: siempre me respondió.

-¿A qué país volverías como para vivir?
En primer lugar a México, segundo a Rusia y tercero a Corea del Sur.

-¿Tenés alguna nueva “locura” entre manos?
Sí, estoy planificando cómo, arrancando desde España, hacer Turquía, Pakistán, Afganistán, la India, Nepal y todo el sudeste asiático. Irán también. Será para dentro de un año, pero la idea es ir grabando, hacer un documental. Pero ahora estoy arrancando de cero: todas las comodidades que tenía no están más. Igual mucho no hace falta para ser feliz. Ni siquiera dinero, mirá sino el viaje que hice con muy poquita plata. Sólo se necesita la energía para hacer las cosas.

-¿Sería con otra moto o esta sigue aguantando?
-No sé, pero esta moto igual no se vende. Esta moto late.

-¿Seguiste a Platense a la distancia?
-Lo seguí como pude. Luego de aquel partido que empatamos con Chacarita en la cancha de Racing, en 2005, me deprimí mal. Estuve como cuatro días sin levantarme. Desde ese día hice un cambio y decidí alejarme un poco. Esperemos que todos se pongan de acuerdo, porque somos pocos y nos conocemos mucho. No sirve estar peleados. La unión hace la fuerza. Me quiero matar en esta categoría: yo conocí el país viajando con Platense a todos lados, en Primera o en el Nacional.

¿Algo que quieras agregar para como despedida?
-Muchas veces escucho a la gente decir “no tengo tiempo”. Si no tenés tiempo, estás perdido. Creo que tendríamos que aprender a ser más solidarios, en todos los aspectos. Podríamos aprender mucho de algunos países vecinos.

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