Por Luis Alposta
luisalposta2016@fibertel.com.ar

Así como los bisontes de Altamira nos reflejan el mundo paleolítico y los afiches de Toulouse-Lautrec nos llevan al París del Can-Can, el arte de nuestros fileteros nos devuelve en sus tablillas un Buenos Aires que se nos piantó hace tiempo con el último carro. Recordemos, de paso, que filete viene de filet, palabra ésta de origen francés que, más que el de los esmaltes y pinceles, nos despierta el recuerdo de una pálida merluza. Pero, tanto franceses como catalanes, la tomaron a su vez del fileto latino, cuyo significado es hilo.
Alguien dijo del filete que, al tener que recurrir a modelos preelaborados, carece del contenido esencial de todo arte, o sea el de la creación formal, no pudiendo, por ello, superar su condición de artesanía.
Hablemos entonces del arte de esta artesanía que tiene, como los perfumes, el poder de la evocación. La evocación de un tiempo de “costados sentenciosos” en el que no había carro ni camión que no luciese el suyo, ¡y fileteado!, como los colectivos. El arte del equilibrio y el buen pulso que, entre florcitas y dragones, entre espirales con brotes y caballos alados, entre gardeles y guirnaldas, le ha sabido robar al olvido colores de una nostalgia que nos pertenece.
Y un maestro del filete fue Carlos Carboni, quien nació en Pavía (Italia) el 6 de junio de 1901 y falleció en Buenos Aires en 1989. Llegó al país siendo muy pequeño y desde los cuatro años residió en Villa Urquiza.
Sin temor al equívoco se podría afirmar que el filete porteño es una de las manifestaciones más representativas del arte popular, que se gestó, entre nosotros, a fines del siglo XIX, cuando el país fue receptor de una importante y disímil corriente inmigratoria.

Regalo de Carboni a Luis Alposta.

Así como el tango supo amalgamar todas esas diferencias y enhebrar con su hilo musical múltiples historias de vida, el fileteado se constituyó en el arte plástico más apto para plasmar símbolos, frases e imágenes íntimamente ligadas al sentimiento popular. Esta historia, que alcanzó su máximo esplendor en la década del 30 y se prolongó hasta los años 60, atravesó por momentos el olvido y la indiferencia. Sin embargo, el fileteado ha vuelto a florecer en los últimos años. En la actualidad es valorado y reconocido en el país y en el extranjero como un arte original y clásicamente porteño. Sus artistas, todos y sin excepción, coinciden en considerar a Carlos Carboni como al auténtico maestro; como al fileteador más fino y armonioso que ha dado este arte. Alguien, muy acertadamente, dijo que “Carboni ha sido al filete porteño lo que Troilo fue al tango”.

Distinciones y reconocimientos
En 1983 la Junta de Estudios Históricos de Villa Urquiza, en acto público, en el que hizo uso de la palabra el ingeniero Roberto Conti, lo nombró Vecino Ilustre, entregándole medalla y diploma que lo acreditaban como tal.
En 1984 fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires y en septiembre del año siguiente expuso su obra en el Salón Oval del Hipódromo de Palermo, en oportunidad de correrse, en el día de su inauguración, el Premio Carlos Carboni.
Jorge Prelorán, uno de los más grandes cineastas de cine documental, se ocupó, en su momento, de don Carlos Carboni, por considerarlo un artista popular por antonomasia. Muchas de sus “tablas” fileteadas se exhiben en el Museo de la Ciudad de Buenos Aires, en el Museo de Arte Contemporáneo “Luis González Robles” de la Universidad de Alcalá de Henares (España) y en importantes colecciones privadas, tanto en el país como en el extranjero. El cantero central de la Av. Mendoza, entre Bucarelli y Andonaegui, lleva su nombre.

Comentarios Facebook
http://periodicoelbarrio.com.ar/wp-content/uploads/2019/03/Carboni-150x150.png

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.