El talentoso volante surgido de Huracán repasa sin nostalgia su carrera futbolística, que abandonó siendo muy joven. Evoca con admiración la lucha de su padre Julio y habla del efecto que tuvo en su familia la desaparición de su hermano Norberto. Revela el dato inédito -según una fuente de AFA- de que nunca fue citado a la Selección porque Julio Grondona “le hizo la cruz” debido a su militancia peronista. Tras una década al frente de la Secretaría de Deporte de la Nación, hoy atiende su inmobiliaria.

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

“Mi viejo sí que era hincha de Huracán… Tan hincha que a mi hermano le puso Norberto por Tucho Méndez. Siempre nos llevaba al Ducó. El domingo el ritual era salir de casa y caminar por Garro, Brasil, Dean Funes… Una vez escribí que empezábamos nosotros tres, la gente se iba acoplando y llegábamos a la cancha rodeados de hinchas. Nos ubicábamos en el sector de la tribuna más próximo a la Platea Alcorta, debajo de la torre de iluminación”.
La conversación con Claudio Morresi (Buenos Aires, 30 de abril de 1962) se inicia, espontáneamente, con la evocación de su padre. Julio, fallecido el 1 de marzo de 2016, fue un conspicuo miembro de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas. Desde principios de 1977 participó junto a las Madres de Plaza de Mayo en sus marchas de los días jueves. La razón de esa lucha es conocida: su hijo Norberto desapareció el 23 de abril de 1976, a la edad de 17 años. Exactos treinta días después del comienzo de la dictadura militar. ¿Su “delito”? Ser militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES).
Hoy se sabe que el hermano de Claudio fue secuestrado y asesinado el mismo día de su detención junto a otro compañero, Luis María Roberto, por tener en su poder ejemplares de la revista Evita Montonera. Después de 13 años, en 1989, los cuerpos de los dos fueron encontrados por los antropólogos forenses, enterrados como NN, en el cementerio de Gral. Villegas. Al ser exhumados los cadáveres se comprobó que a Norberto lo asesinaron de seis balazos en la cabeza disparados a corta distancia.
La desaparición del adolescente quemero coincidió con el debut de Claudio en la 9º división de Huracán. “Tenía trece años y estaba nervioso porque la noche anterior su hermano no había regresado a casa. Yo no pude ir a verlo porque con Irma, mi mujer, estábamos buscando a Norberto. Pero fue el tío y, para que Claudio jugara tranquilo, se acercó al alambrado y le dijo que su hermano ya había llamado por teléfono y estaba bien”, contó alguna vez Julio.
Claudio se formó como jugador en Huracán. Debutó en la Primera en 1981 y brilló durante cinco temporadas. En 1985 pasó a River, donde llegó a ser campeón de Argentina, de América y del mundo, y luego siguió su carrera por Independiente Santa Fe de Colombia, Vélez, Santos Laguna y Platense, donde se retiró a los 30 años de edad. También integró la Selección Sub 20 que disputó el Mundial de Australia en 1981. Tras una corta etapa como DT en las inferiores del Globo, Morresi asumió como Secretario de Deporte de la Nación en 2004 y se mantuvo en el cargo durante una década. Hoy atiende la inmobiliaria familiar, aunque sigue interesado por el fútbol y la política.

-Parte de tu infancia y toda la adolescencia coincidió con el mejor momento futbolístico de Huracán.
-Tuve la inmensa alegría de entrenar y jugar en algunos casos con quienes fueron mis ídolos durante mi infancia y adolescencia. En la pared de mi habitación tenía pegados los pósters de Houseman y Brindisi. Llegué a entrenar con Carrascosa y a jugar con René, el Inglés y Avallay.

-Jugaste en Huracán entre 1981 y 1985. ¿Vislumbrabas en aquellos años que el club podía perder la categoría?
-Sacando un inicio de campeonato en el 82, que estuvimos en los primeros puestos durante varios partidos, por aquellos años el club hacía campañas de mitad de tabla, en algunos casos peores. Mientras hablo con vos voy tratando de acordarme, porque esa etapa la tengo difusa. Se dio que durante tres o cuatro años hice muchísimos goles en Huracán. Fui el cuarto goleador del campeonato durante tres años seguido, creo. Pero el equipo no andaba. Empezaban a darse situaciones de falta de pago y tal vez los refuerzos no eran tan buenos. Empezaron a surgir jugadores de inferiores, como Claudio García, Claudio Cabrera, el Cachorro Gutiérrez y yo, pero no alcanzó.

-No sonás como un nostálgico. El fútbol parece una etapa lejana de tu vida.
-Soy un agradecido a la vida. Me pasa con Huracán que después me tocó ser entrenador y viví cosas muy gratas, pero también muy dolorosas. Por eso terminé alejándome también del fútbol. Yo era el coordinador de un grupo de muchachos, entre ellos Omar De Felippe y Jorge Célico. En ese período sacamos a Pineda, Barijho, Casas, Silvera, Peralta, Montenegro, Andújar, Migliore… Quizá estos chicos hubieran llegado a Primera con otros técnicos, pero fueron el resultado de nuestra gestión. Lo que a mí me dolía era, cuando finalizaba el año, decirle a pibes que había tenido durante cuatro o cinco años que no podían seguir. Yo tenía pesadillas y me despertaba por las noches pensando en el tema. De 30 pibes llegan dos o tres. Eso me trajo mucha angustia.

-Y entonces archivaste definitivamente el fútbol.
-Hay dos momentos en los que me di cuenta de que el fútbol dejó de ser una pasión. Cuando volví de México fui a jugar a Platense, con 30 años, siendo muy joven. Pero decidí dejar de jugar, teniendo cuatro o cinco meses más de contrato, porque sentía que ya no podía ser el que era y la gente esperaba de mí lo que yo no podía dar. El otro tema fue el padecimiento que me provocaba ser entrenador de las divisiones inferiores. Cuando Huracán nos dejó de pagar decidimos hacerle juicio, porque yo era responsable laboralmente de un grupo de personas, y lo terminé cobrando cuando el club pudo. Pero ese equipo de trabajo le dejó muchísimo dinero a Huracán.

-¿Te generó algún tipo de resquemor con el hincha ese conflicto?
-No, yo seguí yendo a la tribuna con mi hijo y mi viejo y nadie me dijo nada. Soy una persona que nunca despertó pasiones, respeto tal vez. Los ídolos transmiten otras cosas que yo no generé. No sé si me hubiera gustado ser ídolo. Recibo caricias de la gente, que son inmerecidas porque el jugador de fútbol no es tan trascendente en una sociedad. Siempre cuento una anécdota: estaba con el Dr. Lipovestky, que fue médico de las inferiores de Huracán durante muchos años y era Jefe de Guardia del Hospital Alvarez. Las notas y los autógrafos se los pedían a los jugadores, mientras él salvaba vidas todos los días y era invisible para el resto de la sociedad. El fútbol, por su inmensa caja de resonancia, hace que personas comunes se conviertan en extraordinarias sin serlo.

-No falta el hincha o socio que te acusa de no haber ayudado al club cuando fuiste funcionario kirchnerista.
-La realidad es que yo no podía, porque había trabajado en el club y éticamente no correspondía. La misma situación de incompatibilidad que debería tener Aranguren respecto de Shell. Le busqué la forma con la cancha de hockey: la Secretaría de Deporte le giró el dinero a la Confederación para que construyera varias canchas en el país y una de ellas fue en Huracán.

-La crítica apunta creo al fútbol y a ciertos arbitrajes que perjudicaron a Huracán en el tiempo en que fuiste funcionario: 2007, 2009, 2011…
-Yo tuve muchas discusiones con Grondona. Siempre le dije que eligiera personas que cumplieran sus funciones. Hubo un partido específico donde Huracán fue perjudicado, no te voy a decir cuál, y Julio me dijo: “Claudio, pero si ese árbitro lo pidió el presidente de tu club”. Después, el fútbol tiene vida propia. Durante nuestra gestión descendió Gimnasia, el equipo de Cristina, y Quilmes, el club del que fue presidente Aníbal Fernández, funcionario que manejaba el Fútbol para Todos. Yo estuve en la cancha de Vélez con mi viejo y mi hijo en 2009. Me saqué una foto para atesorar el recuerdo de lo que podía haber significado estar los tres juntos en la cancha viendo campeón a Huracán. Grondona me había asegurado que no iba a pasar lo que había pasado la otra vez. Y pasó…

-¿Y cuál fue tu reacción?
-Le envié una carta al presidente del Colegio de Árbitros, Jorge Romo, en calidad de hincha apasionado de fútbol, no como funcionario. Le dije que entendía que o el árbitro había sido corrompido o había demostrado una gran ineficiencia para dirigir y, en ambos casos, no podía continuar en el referato. Nunca me respondió.

-¿La temporada 1985/1986 en River fue el cenit de tu carrera, la caja de resonancia de la que hablabas antes?
-Fue un año muy parecido a tres o cuatro que tuve en Huracán, donde había convertido 46 goles. Me habían hecho alguna nota en la página 29 de un diario. Tras el primer gol que hice en River fui tapa de El Gráfico y salí en Clarín.

-Claro. Encima eras el socio perfecto de Enzo Francescoli.
-El equipo comenzó a funcionar y se creó una dupla muy efectiva: él hizo 25 goles y yo 16. Entre los dos marcamos más que los goles totales de diez equipos. Y salimos campeones. En Huracán jugué partidos muy buenos, incluso en algún partido hice cuatro goles. Pero River me potenció, aumentó mi visibilidad.

-¿Por qué creés que nunca te convocaron a la Selección Mayor?
-A fines del 85, principios del 86, vinieron Pumpido y el Negro Enrique para avisarme que Bilardo me iba a llevar a la Selección. Al nivel que venía jugando, un partido amistoso ante Deportivo Rompevasos (sic) merecía haber jugado. Nunca me llamaron y el convocado fue Tapia. Creo que debí tener una oportunidad. Mucho tiempo después un tipo en la AFA me dijo “a vos Grondona te hizo la cruz porque hablabas mucho de política”. Imaginate, después de esta revelación, la sensación que tenía cada vez que me cruzaba con Julio.

-¿Es correcto decir que tras la venta de Francescoli nunca recuperaste tu nivel?
-Cuando se fue Enzo me cambiaron el puesto. Yo pasé a jugar de Francescoli y el Beto Alonso ocupó mi lugar. El equipo no rindió de la misma manera: me tocó salir, entró Centurión, luego Funes y el equipo volvió a potenciarse. De los trece partidos de la Copa Libertadores, jugué ocho. Después pasaron cosas que uno no pudo superar, como acoplarme a un nuevo esquema de juego.

-¿Te superó por momentos el mundo River, siendo una persona tan tranquila y de bajo perfil?
-Me fui adaptando. De última hay que evaluar los resultados. El balance marca que fue entre excelente y muy bueno al principio y luego entre bueno y regular. Recuerdo que al primer entrenamiento fui con el coche de mi tío, un Fiat 125 color celeste, y lo dejé afuera: entré caminando al Monumental. Ya sabía que en River era todo glamour, que los autos eran importados. El futbolista de las grandes instituciones se embarca en un mundo desconocido pero que quiere vivenciar. Por ejemplo, seis o siete jugadores decían “salió tal camioneta” e iban a comprarla. Eso a mí nunca me llamó la atención.

-¿Cómo vivías las concentraciones? ¿Había conexión con tus compañeros?
-Siempre fui respetado. Además fui flexible, esto lo digo sin sentirme superior a nadie. Yo iba a manifestaciones. En 1985, el día en que Huracán me entregó una plaqueta de reconocimiento tras mi venta a River, las tribunas de ambos equipos me ovacionaron. Ese día hubo elecciones internas en el Partido Justicialista y yo había estado votando.

-¿Desde cuándo militaste en el peronismo?
-Me acuerdo estar pintando paredes a los 11 años, acompañando a mi hermano cuatro años mayor. Pero mi cabeza en ese momento estaba en Huracán; soñaba jugar en Primera.

-Cuando tenías 13 años y abandonabas la infancia, desapareció tu hermano Norberto. ¿Cómo viviste aquellos días, coincidentes con tu debut en la 9º división de Huracán?
-No tenía lógica. Algo que vos estás logrando con tus preguntas es que recupere parte de mi historia. ¿Era normal que desapareciera una persona? La desaparición de mi hermano convirtió a mi casa en un lugar de mucho dolor e incertidumbre. Cuando desapareció Santiago Maldonado reviví la terrible situación de levantarte a la mañana con la esperanza de encontrar a una persona y acostarse con la inmensa tristeza de no haberla encontrado. Eso sucedió en mi casa durante un par de años.

-¿Cómo fue esa búsqueda?
-Mi vieja iba a la Plaza de Mayo y mi papá la acompañaba, pero a los padres les recomendaban no quedarse porque reaccionaban fácilmente a las provocaciones y además los podían hacer desaparecer. Era una manera de preservarlos. Mi viejo se ocupó entonces de buscar a mi hermano: se vio con curas, comisarios y hasta siguió pistas falsas, que le costaron mucha plata (N. de la R.: Una mujer lo llamó por teléfono de parte del “Capitán García” y le dio varias citas prometiéndole la libertad de Norberto. Un día le dijo que, en lugar de cena, la noche anterior había pedido tres manzanas verdes, uno de sus postres preferidos. Julio e Irma reunieron los ahorros de toda la vida, pidieron prestado y les entregaron cincuenta mil dólares a la mujer que prometió la libertad de su hijo. Pero resultó ser un dato falso). Eso fue muy perverso, porque mi vieja hasta le tejió un pullover para que se lleve a su exilio a Noruega o Suecia.

-Decís que esa agonía duró un par de años. ¿Qué pasó luego?
-Mi hermano cayó en el 76 y el resto de los compañeros en el 77. En 1978 o 1979 ya empezó a haber cierta información y aparecieron cadáveres. Nunca quise preguntarles a ellos, pero percibí que habían asumido el desenlace. Igual nunca abandonaron la lucha. Hasta que 13 años después, ya en democracia, se pudo encontrar el cuerpo.

-¿Qué efecto tuvo en la familia la aparición del cadáver de Norberto trece años más tarde?
-Sin duda fue reparadora. Para toda familia, conocer el final de la historia de su ser querido y poder llevarle una flor es un alivio. Al día de hoy mi vieja sigue yendo al cementerio. Dentro de todo, mi hermano tuvo la suerte de que no lo torturaron sino que lo asesinaron apenas lo detuvieron.

-El peronismo siempre ha sido el eje de las historias más trágicas, en 1955 y en 1976…
-El peronismo cometió errores, pero cuando uno hace el balance fueron muchos más los aciertos. La calidad de vida de grandes sectores de la población mejoró a partir de las políticas implementadas en aquellos años y en los últimos doce años. Hay una batalla cultural que lamentablemente estamos perdiendo. Hay un 30 por ciento de la población en la Argentina, con poder económico, que tracciona ideológicamente a la clase media y que incluso irradió su mensaje a las clases más populares. Hoy el gobierno tiene todo el poder: gobierno nacional, provincial, Justicia y medios.

-¿El kirchnerismo equivocó su manera de comunicar?
-Nosotros gobernamos en un clima de agresión constante que nos hizo perder mucho tiempo y energía en tratar de responder los ataques mediáticos en vez de estar gestionando. Yo estaba en la Secretaría de Deporte y tratábamos de defender las medallas de oro obtenidas en los Juegos Olímpicos porque no eran valoradas, pese a que habían transcurrido 60 años sin ganar una. No tengo dudas de que si Cristina hubiera cerrado algún negocio con el Grupo Clarín, tras ganar en 2011 con el 54 por ciento de los votos, todo hubiera sido muy diferente.

-¿Cómo definirías el tiempo que te tocó compartir en ese espacio político?
-La gran mayoría de quienes estuvimos allí trabajamos para que la gente viviera mejor, especialmente los sectores más postergados. La mayoría de nosotros hoy labura para vivir. Manejé miles de millones de pesos y hoy atiendo una inmobiliaria. Por supuesto que hubo traidores en nuestro espacio, como ocurrió en 1955, 1976 y 2001. Los que estuvieron en nuestro gobierno y se llevaron la guita para su casa son unos hijos de mil putas. En cambio quienes nos gobiernan hoy fueron siempre así. Estos no pagaron impuestos, se cagaron en las clases populares y nunca tuvieron muertos ni ideales.

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