Nota publicada en la edición Nº 118, enero de 2009.

La abrumadora presencia del automóvil dentro de la metrópoli ya no es novedad. Cruzar una calle e incluso caminar por las veredas porteñas se ha hecho tedioso para cualquier transeúnte. El incremento del parque automotor es de tal magnitud que ya afecta a barrios periféricos como Villa Urquiza y Saavedra. El automóvil se ha transformado en sólo cien años en un mal endémico para las grandes ciudades del mundo. Muchas de estas urbes han tenido que reglamentar los límites de este medio de transporte. Desde la aparición del automóvil en forma masiva, los proyectistas urbanos se han visto obligados a incorporar al auto como un dispositivo complejo dentro del urbanismo.
A principios del siglo XX los artistas futuristas comenzaron a idolatrar a la máquina y tomaron como modelo al automóvil por la velocidad, la energía, el movimiento y la deshumanización. La adoración de la máquina llevaba a estos soñadores a pregonar un apotegma, que decía: “Un automóvil rugiente, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la famosa Victoria de Samotracia”. Incluso arquitectos del movimiento moderno, en sus proyectos urbanísticos, han puesto al auto como un verdadero protagonista dentro de la nueva arquitectura. Pero todas estas propuestas, que ofrecían una mirada fascinante y glamorosa sobre el auto, no se imaginaron los problemas ambientales que provocaría en el futuro.

Playas en los barrios
Por estos días el Gobierno de la Ciudad ha licitado la construcción de once playas de estacionamiento subterráneo en algunos de nuestros barrios. La idea prioritaria de esta medida es disminuir la cantidad de autos que encontramos estacionados en la calle. A su vez, el proyecto ambiciona disminuir el tránsito vehicular en la zona céntrica porteña. La ubicación estratégica de estas playas apunta a conectar los medios de transportes públicos en cada extremo de la ciudad. Además, aquellos proyectos que se aprueben deberán cumplir previamente con un estudio de impacto ambiental (principalmente sonoro y visual) que no afecte a la vecindad. Las ubicaciones son las siguientes:

1) Av. Las Heras y la prolongación virtual de las calles Bulnes y Silvio Ruggeri. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 500 autos.

2) Av. San Isidro, entre Ruiz Huidobro y Pico. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 400 autos (Saavedra).

3) Av. Pueyrredón, Av. Las Heras, Cantilo y Pacheco de Melo. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 400 autos.

4) Av. Cabildo, Manzanares, Vuelta de Obligado y Jaramillo. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 500 autos.

5) Av. Rivadavia, Gral. José G. Artigas, Yerbal y Fray Cayetano Rodríguez. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 400 autos.

6) Barrancas de Belgrano: Virrey Vértiz, Juramento, Zavalía y Echeverría. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 800 autos.

7) Av. Córdoba, Jean Jaurés, Anchorena, Cabrera y Paraguay. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 400 autos.

8) Ex AU3, Av. Ricardo Balbín, Besares, Donado y Holmberg. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 500 autos (Saavedra).

9) O’Higgins, Manuel Ugarte, Franklin Roosevelt, y Arcos. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 500 autos.

10) Amenábar, Ciudad de la Paz, Mendoza y Juramento. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 800 autos.

11) Virrey Loreto, Olaguer y Feliú y Moldes. Estacionamiento cubierto y subterráneo con una plaza mínima para 400 autos.

El solo el hecho de construir unas cuantas playas de estacionamiento no solucionará el problema del tránsito. Se necesitarán medidas conjuntas con el Gobierno Nacional que ayuden a optimizar el servicio público de transporte y crear un proyecto vital, como los de Lisboa y Curitiba, para la ciudad. Asimismo, convendrá tener en cuenta para obtener mejores resultados al primer anillo del conurbano. A contramano de esta idea, por estos días y desacertadamente el Ejecutivo porteño incrementó el valor de peajes y estacionamientos por parquímetro en la ciudad. Incluso amplió los límites de este sistema de estacionamiento, medida aislada que sólo sirve para llenar las arcas de empresas privadas y los bolsillos de los funcionarios pero que no va a enmendar el problema vehicular.

La vuelta del tranvía
Para que el automovilista desista de llevar su auto al centro de la ciudad será ineludible mejorar y aumentar el servicio de transporte público, porque si esto no es tomado en cuenta se corre el riesgo de que las futuras playas queden abandonadas. Además será imperioso que los precios de los estacionamientos sean accesibles y no como sucede con los estacionamientos del centro porteño, donde se hace económicamente insostenible dejar el auto. En grandes ciudades del mundo con problemas similares, producto del uso masivo del automóvil, se han explorado programas que entre otras cosas impulsan al ciudadano al uso de la bicicleta, dando prioridad a las bicisendas. También se magnifica la red de subterráneos, aunque hoy se ha comprobado que el uso del monorriel y la vuelta del tranvía han dado mejores resultados con menores costos. De igual forma se ha incrementado el número de peatonales en los lugares más conflictivos de la ciudad. Cabe agregar algo tan importante como los programas de descentralización que sin duda surgirán a partir de poner en marcha el Plan de Comunas, que aportaría autonomía a cada sector de la ciudad. Pero como ya sabemos, desde que asumió el nuevo gobierno porteño las comunas volvieron a fojas cero.
Existen curiosas prácticas urbanas como la realizada en Londres, donde se han comenzado a construir edificios de oficinas sin estacionamientos. Esto tiene como finalidad obligar a los empleados a no llevar el automóvil hasta el centro londinense. Por supuesto que los medios de transporte en una ciudad de vanguardia como Londres pueden responder a las necesidades de los usuarios. También cabe mencionar un singular ensayo realizado en una ciudad del Japón, donde en el área céntrica de la metrópoli se implementó el uso de unos pequeños autos del tamaño de un carro de golf. Con la utilización de una tarjeta magnética uno pude acceder a cualquiera de estas unidades, una especie de changuito de supermercado que se toma y se deja según la necesidad y sólo puede ser utilizado dentro de ese radio de la ciudad.
A pesar de la hacinación y otros tipos de problemas provocados por estos bólidos de acero, la adoración por el automóvil cada día es mayor. Nos queda la sensación de que vivir dentro de estas máquinas de cuatro ruedas pasó a ser una realidad y costará mucho acostumbrar al hombre contemporáneo a bajarse de allí. Así como en el cuento El barón rampante, de Italo Calvino, su personaje principal decide vivir arriba de un árbol para no bajar nunca más, hoy su protagonista elegiría vivir arriba de un automóvil donde podría comer, realizar operaciones bancarias, mirar televisión e incluso darle el uso de dormitorio. Todo esto nos debe hacer repensar cuál debe ser el rol del automóvil dentro de la ciudad, de cara al futuro.

Foto de portada: Estacionamiento de automóviles y tránsito congestionado en Palermo. Buenos Aires, 1932. (Archivo General de la Nación)

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