Nota publicada en la edición Nº 89 de El Barrio, agosto de 2006.

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

La noticia nos golpeó fuerte mientras estábamos cerrando la edición del mes de julio de este periódico: Fabián Bielinsky, el director de las películas Nueve Reinas y El aura, vecino de Coghlan, falleció el 28 de junio en Brasil a los 47 años. Al momento de su sorpresiva muerte, el realizador cinematográfico se encontraba en el Hotel Marriott de San Pablo, donde realizaría un casting para una publicidad que iba a emitirse en toda la región. El personal del establecimiento debió derribar la puerta, ya que estaba trabada por dentro. El motivo del deceso fue un infarto agudo de miocardio y trascendió que el joven cineasta sufría problemas de hipertensión.
Días atrás Bielinsky había participado de la entrega de los premios Cóndor de Plata y se había alzado con seis estatuillas -entre ellas a mejor director, mejor actor y mejor película- por El Aura, filme que -al igual que Nueve reinas– protagonizó su amigo Ricardo Darín. Este periódico intentó un contacto con el actor para pedirle unas palabras, pero su vocero de prensa nos hizo saber que no se sentía con ánimo de hablar.

Aquella entrevista
Este cronista tuvo la suerte de conocer a Bielinsky hace cinco años, en ocasión de una entrevista que le hizo y publicó en la contratapa de la edición de julio de 2001 de este periódico, por entonces incipiente, bajo el título “Debut y gol”. La frase hacía referencia a que en su primera película un director argentino lograba simultáneamente la adhesión de la crítica y del público, un combo nada fácil de obtener. Las circunstancias nos impulsan hoy a reproducir casi textualmente aquella nota, que se produjo una fría mañana de lunes. Fue en el bar de un hipermercado de la avenida Congreso, casi lindero a su vivienda.
Debieron pasar cinco meses entre el primer llamado telefónico y el encuentro con Bielinsky. Sus continuos viajes demoraron el reportaje, pero el cineasta no olvidó el compromiso y se prestó generoso al diálogo con El Barrio. Nos contó que su primer acercamiento al séptimo arte se produjo en 1972, con apenas 13 años, cuando formó parte del grupo de cine del Colegio Nacional de Buenos Aires y dirigió su primer cortometraje, Continuidad de los parques, basado en el cuento homónimo de Julio Cortázar. Los veranos de aquellos años adolescentes los vivía dentro del Cine Lido, de la avenida Cabildo, donde daban dos películas diferentes cada día. “La mía es una vocación muy temprana”, aseguró.
En 1983 egresó del Centro Experimental y de Realización Cinematográfica del Instituto Nacional de Cine e inició una dilatada trayectoria como asistente de dirección de cortos comerciales y de largometrajes. Algunos de ellos fueron Eterna sonrisa de New Jersey, de Carlos SorínNo te mueras sin decirme a dónde vas, de Eliseo Subiela; y Sotto voce, de Mario Levin. Más adelante participó como coguionista en Bajamar, la costa del silencio (en la que también asistió y fue director de segunda unidad) y La sonámbula, ambas dirigidas por Fernando Spiner. “La asistencia de dirección es un lugar de aprendizaje clave, te coloca en el ojo del huracán”, afirmó Bielinsky. En 1998 ganó el primer premio en el concurso “Nuevos Talentos”, organizado por Patagonik Film Group y otras empresas, lo que le permitió filmar Nueve reinas. Cinco años después llegaría El aura, una de las pocas películas nacionales que obtuvo excelentes críticas en todos los medios periodísticos.
Cuando le preguntamos a Bielinsky por qué había demorado tanto en filmar su primera película -a los 40 años- nos explicó lo siguiente: “Muchos me decían que debí haber filmado mucho tiempo antes, pero por las razones que fueran -temor o responsabilidad- no terminaba de decidirme. El momento surgió cuando debió aparecer. He visto mucha gente con un serio desconocimiento sobre cine que se largó a dirigir, en general con muy malos resultados. Me tocó trabajar con alguno de esos delirantes. Por un lado les admiraba la audacia, pero por el otro notaba una falta de respeto hacia una actividad muy compleja”.
Con respecto al argumento de Nueve Reinas, Bielinsky, reconoció que el tema de la estafa callejera le parecía apasionante y lo conocía desde antes de escribir el guión. “Leí muchos libros y artículos periodísticos relacionados y vi las pocas películas que se hicieron al respecto -señaló-. Más de uno me preguntó si alguna vez me dediqué a esto, pero la verdad es que no. Me nutrí como cualquiera puede hacerlo. Una vez que acomodé las ideas y los personajes en mi cabeza, el guión salió de un tirón, demoré sólo un mes en escribirlo. Estuve un año y medio tratando de producir la película y nadie se interesaba. En 1998 presenté el guión en el concurso de Patagonik y gané el primer premio, lo que me posibilitó hacer Nueve reinas”.

Espíritu perfeccionista
Para Bielinsky poder filmar en buenas condiciones era su máxima expectativa: no esperaba un suceso semejante. “Aunque suene extraño, tengo algunos reparos con respecto a la película. Hay cosas que haría de nuevo o incluso no haría”, se cuestionó, dejando en evidencia un alto grado de autoexigencia. Sobre el cine argentino, reconoció que durante mucho tiempo hubo una media profesional muy pobre que repetía una y otra vez los mismos clisés, con honrosísimas excepciones. “Yo también he sido muy crítico y cuando empecé a hacer mi película tenía muy claro que debía evitar los problemas endémicos de nuestro cine, como el excesivo discurso”, razonó.
Acerca de sus influencias artísticas, expresó sentirse más cómodo como espectador con las variantes narrativas del cine clásico norteamericano. “Dejé de lado todos los prejuicios y rápidamente me di cuenta de que una película de género puede ser tan personal como una que se muestra claramente ‘de autor’ -definió-. Acepté que me daba un enorme placer ver ‘Cine de Superacción’ los sábados a la tarde y descubrí que muchas de esas películas estaban hechas por cineastas indiscutibles”.
Pese al éxito fresco de Nueve reinas, Bielinsky nos adelantó que no pensaba volver a filmar en breve y cumplió: “Lo primero que dije cuando comenzó este suceso fue ‘no voy a filmar nada por ahora’. Ante el canto de las sirenas lo mejor que puedo hacer es taparme los oídos con cera, al revés de lo que hizo Ulises. Trato de no creerme nada de lo que pasa. Estoy buscando otras actividades alternativas, como la publicidad, hasta que aparezca la oportunidad de volver a filmar una película que me convenza”. Esa película fue El aura, estrenada el año pasado. Una obra maestra del cine nacional que economiza diálogos sin olvidarse de contar una historia.
Nacido el 3 de febrero de 1959, hasta los 20 años Bielinsky vivió con su familia en Belgrano y luego se mudó con ellos a Coghlan. A los pocos años se fue a vivir solo a Washington y Manuel Ugarte, a tres cuadras de donde vivió hasta su muerte con su esposa Cristina y su hijo Martín, de once años. “El barrio es fantástico, es uno de los mejores de la ciudad -pensaba de Coghlan-. Me gustan su serenidad y su buena onda. Es sorprendente vivir en la Capital Federal y escuchar los pajaritos a la mañana. Si hay algo que odio es que a cuatro cuadras de tu casa se produzca un embotellamiento. Por suerte eso aquí no ocurre, porque se trata de un lugar tranquilo, abierto y espacioso”.

La vida de Fabián Bielinsky fue una película breve pero extraordinaria: se fundió en negro a los 47 años y dejó a la platea en un estado de conmoción e incredulidad, del que sólo se puede salir recurriendo al aplauso.

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