Vive hace un año y medio en ese rincón orillero de Villa Urquiza y antes fue vecino de Villa Pueyrredon. “Siempre busqué las fronteras”, dice. Nació en Villa Crespo y fue a un colegio judío, que impulsó su vocación gracias a la lectura de la Biblia. Saltó los límites de la docencia y hoy es un exitoso divulgador, que recientemente sacó su tercer libro y tiene su propio espectáculo. Con su característica oratoria, habla de periodismo y verdad, fútbol, libertad y política.

Por Marcelo Benini y Tomás Labrit
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En Filosofía en 11 frases, su último libro, Darío Sztajnszrajber desarrolla conceptos de pensadores tales como Sócrates, Marx y Foucault y, a la par, cuenta la historia de un incipiente golpe de Estado en la Argentina. “Es un encuentro entre el ensayo filosófico y la ficción”, lo define. Nos llamó particularmente la atención que en uno de sus capítulos, dedicado a Nietzsche y su famosa cita “Dios ha muerto”, el protagonista recorre Villa Urquiza y hay varias referencias del barrio: las estaciones de subte y tren, la Av. Triunvirato, la Plaza Echeverría y la Parroquia Nuestra Señora del Carmen.
Con esta excusa como disparador, lo contactamos vía Twitter para hacerle una entrevista y nos encontramos con que su vínculo con la zona excede la literatura. “Viví una década en Villa Pueyrredon y hace un año y medio me vine a La Siberia”, nos comenta, ya ubicado en su estudio, que montó en el piso de arriba de su casa. El libro, que lleva vendidos más de 50 mil ejemplares, comienza con el asesinato de un joven en el subte a manos de un policía. A partir de ese hecho, desde los medios se empieza a instalar el supuesto regreso de la amenaza terrorista al país y el Poder Ejecutivo decide que las Fuerzas Armadas se hagan cargo de la seguridad interior para preservar el sistema democrático. “Lo escribí hace unos tres años y, justamente, se fue dando en nuestra realidad social y política”, dice con cierta sorpresa.

-Quizás ya sentías un mar de fondo, un cosquilleo…
-Obvio. Hay una relación entre la ficción y la realidad. El libro no tiene la intención de ser una novela, sino que utiliza el recurso de la ficción para ayudar a entender los conceptos filosóficos. Evidentemente, hay un empoderamiento de las fuerzas de seguridad que por lo menos a mí me da miedo y queda de manifiesto en el texto.

-Se percibe también una crítica muy fuerte hacia los grandes medios de comunicación y su influencia en las masas.
-Sí, desde la filosofía se puede trabajar mucho la actual crisis de los medios en relación a su propósito, que es tal vez donde más agua hacen. Venimos acostumbrados a pensar la labor de los medios dentro de un paradigma que hoy, como mínimo, está en crisis y como máximo murió: el paradigma de la verdad. Todavía entendemos a los medios como transmisores de una supuesta verdad, pero desde la filosofía, en términos absolutos, a la verdad se la ha desenmascarado. Nietzsche dice que la verdad ha muerto y esa muerte tiene que ver con que en realidad nunca existió; siempre fue una forma en la cual el poder logró naturalizar sus intereses. Hoy los medios tienen ese conflicto intrínseco: cómo seguir haciendo periodismo en tiempos de la muerte de la verdad.

-¿De ahí surge el concepto de “posverdad”?
-La posverdad es una de las tantas formas de intentar explicar esto que hoy sucede y que viene sucediendo desde siempre: la ambigua separación entre verdad y apariencia o entre mentira y verdad. Todos nos mofamos de tener muy clara una y otra por separado pero en realidad, cuando te ponés a pensar, los límites son bastante vagos y entran como en simbiosis. Ahora, lo que agrega la posverdad es la parte material: la tecnología, la informática. Cómo esta separación dudosa entre lo verdadero y lo aparente hoy se vuelve aún más dudosa en tiempos donde la informática imposibilita un acceso directo a lo que antiguamente se llamaba la verdad, así como algo impoluto. Estamos todo el tiempo atravesados por condicionamientos que nos exceden e imposibilitan la idea de acceder abstractamente a una verdad como si fuese algo incontaminado. Todo está contaminado de subjetividad, de historia, de intereses… Hay que ser muy omnipotente para creer que existe una verdad absoluta, exenta de lo subjetivo, y que aparte algunos tienen la capacidad de acceder a ella. Tal grado de omnipotencia sólo lo puede tener alguien soberbio y el ser humano es soberbio en su relación con la naturaleza.

-Igual imagino que debés creer que, mínimamente, hay algo cercano a la verdad. Aquello que te motiva a cuestionar, refutar, discutir algunas verdades que tienen un carácter impuesto, por ejemplo desde los medios.
-Primero, yo no creo en la verdad. No creo en ninguna verdad en términos absolutos, vale remarcarlo, porque si no siempre uno te sale a decir: si no creés en la verdad, ¿entonces no estás sentado en una silla? La reflexión filosófica sobre la verdad no tiene que ver con la intuición cotidiana e inmediata. Obviamente, estoy sentado en una silla pero también hay que entender que todo lo que converge alrededor de la afirmación “estoy sentado en una silla” es parte de un contexto cultural. Incluye una determinada forma de gramática, un determinado uso del lenguaje, un determinado significado de los objetos que están alrededor nuestro, entonces nada es en sí mismo en términos absolutos, si no que siempre hay una dependencia de un dispositivo semántico. Morir nos vamos a morir; ahora, los significados que le damos a la muerte son varios. Lo que para mí no hay, en términos de verdad absoluta, es una única definición de lo que es la muerte. Al no haber una verdad, lo que la filosofía propone, desde Sócrates hasta Foucault, es salir a cuestionar a quienes se creen sus dueños.

“Filosofía en once frases”, su último libro, lleva vendidos más de 50 mil ejemplares.

-¿Haber elegido once frases de la filosofía fue casual o es analogía futbolera? Sabemos que te gusta mucho y que sos fanático de Estudiantes.
-No, pero una vez que quedaron 11 vino bien. Arranqué con 70 frases, fui bajando, quedaron 20 y pensamos en dos libros, pero después se fue armando el texto que finalmente se publicó. Me quedó una última frase afuera, que saqué con mucho dolor y era de Walter Benjamin: “Todo documento de cultura es a la vez un documento de la barbarie”, que hemos traducido a la Argentina como “La historia la escriben los que ganan”. También estuvo la decisión de ajustarnos únicamente a frases de pensadores, porque había conceptos interesantes de Borges, del cine o del Mayo Francés.

-Al margen del capítulo sobre la frase “Dios ha muerto”, noté que Nietzsche es el pensador que más citás a lo largo de la obra. ¿Es quien más influyó en vos?
Humano, demasiado humano fue el primer libro de filosofía que leí, a los 16 años. Creo que ya había leído algo de filosofía antes, sin saberlo. Yo hice la primaria en un colegio judío de Villa Crespo, donde nací, que -aunque parezca paradójico- de algún modo me incentivó en la disquisición existencial. Me metían tanta Biblia por la cabeza que me obligaron también a cuestionar qué era todo eso que me decían que tenía que repetir. Me interesaban sobre todo los relatos bíblicos. Todo el tiempo era la historia de Moisés, los egipcios… y yo me volvía loco.

-¿Te resultaba atractivo?
-Me resulta atractivo. Si con la muerte viene Dios y te dice que te podés llevar un libro para la eternidad, elijo la Biblia.

-¿Qué es la Biblia para vos?
-La respuesta es un seminario (risas). Primero, no se olviden que, en griego, Biblia significa libro. Es el libro. Y eso tiene que ver con que estamos atravesados por una cultura literaria. Somos hijos de relatos y la Biblia es uno de nuestros relatos fundantes. No importa que creas o no en el judeo-cristianismo, la Biblia es una literatura que viene constituyendo nuestra subjetividad. Cuando pensás en el amor, tenés el fantasma de Adán y Eva. Cuando pensás en el poder, imaginás a Jesucristo peleándose contra los romanos. O sea, es como que instituyeron formatos que después van construyendo nuestra forma de ser en el mundo. Si uno quiere despedirse de la Biblia, tiene que hacerlo en serio. No es negarla, sino directamente vivir en una cultura post-religiosa donde sean otros los relatos fundantes que nos constituyan. Pero estamos lejos de eso: todavía tiene mucha pregnancia. El derecho romano, la filosofía griega y la tradición judeo-cristiana son absolutamente condicionantes de lo que somos. No de manera personal, sino de manera institucional, y les doy un ejemplo tonto. Podés decir que sos ateo, que no creés en el Dios de la Biblia ni en nada, ¿pero creés en el amor? ¿Y eso qué tiene que ver?, me podrían decir. Pero, yo les pregunto, ¿qué es el amor? Es algo trascendente, que me lleva al absoluto de una manera emocional, que es imposible de representar, inefable, pero con una significancia emotiva que hace que uno le encuentre sentido al mundo. ¡Eso es Dios, boludo, pero no lo visualizás!

-¿Creés que la Biblia tuvo ese objetivo: ser el libro fundante y tener una influencia mundial?
-Según la crítica bíblica, que es toda una disciplina de estudio, no es que un hombre se sentó y escribió la Biblia. Para los que creen que Dios fue inspirador o quien escribió parte del texto, tampoco fue así, no fue un momento. La Biblia se fue armando a lo largo del tiempo y, en algún momento, las distintas religiones en sus concilios definieron qué capítulo entraba y cuál quedaba afuera. La que hoy tenemos como Biblia canónica supone de por sí un ejercicio de poder. Hay un montón de capítulos que no están y son los más interesantes. Por ejemplo, Adán tuvo una primera mujer antes de Eva que se llamaba Lilith. Era una mujer que no salió de su costilla y lo prepeaba, le exigía cosas que él no quería y él decide echarla. Esta historia está en un capítulo de la Biblia que no se oficializó y canonizó. Ahora, ¿qué representa la Biblia? De alguna manera, nuestra cultura terminó siendo hija de esa tradición. Podríamos haber sido persas o chinos, pero se dio así y triunfó una cultura. En el modo en que propone ordenar al mundo, tiene algún éxito.

El viernes 22 de febrero a las 19.30 volverá a presentar su espectáculo de filosofía y rock “Salir de la caverna” en Ciudad Cultural Konex.

-¿Antes de la secundaria y la lectura de la Biblia tenías otro objetivo en cuanto a tu vocación?
-Tenía cinco años, era muy chico, pero ya desde muy pequeño me apasioné por todas estas cosas. Quién creó el mundo, el final, por qué las cosas son como son…

-¿Alguien te respondía con interés esas preguntas?
-No, no. De chiquito escribía, por ejemplo. Tenía siete u ocho años y escribía cuentos sobre milagros, cuestiones sobrenaturales, sobre un chico que se peleaba con Dios… Estaba en esa y mis viejos no sabían qué hacer. Yo los he perdonado después de un tiempo, porque era una pregunta tras otra. ¡Pará un poco! (risas) Yo era una máquina y me enganchaba con eso. Mis amigos no me bancaban, yo estaba en el lugar del nerd o del intelectualito.

Al ser futbolero, quizás compensabas un poco…
-Claro, busqué el fútbol para ser aceptado. Me acuerdo, en segundo o tercer grado, que estaban los que jugaban al fútbol y yo estaba con mis libritos, pero un día dije basta. Recuerdo ese partido, en segundo grado. Mi hijo menor tiene la misma edad y le conté el relato, porque fue muy fuerte. Entré a la canchita y me decían “vos qué hacés acá, si no jugás al fútbol”. Me mandaron al arco… (se levanta de la silla y, con emoción, recrea la escena). Yo miraba para todos lados, pensaba “qué hago”. En eso, desde el otro arco, un defensor tira un pelotazo y me salió embolsarla, sin saberlo. Agarré la pelota sin dar rebote y fue una ovación: “¡Bien, Darío, muy bien!”. Después me metieron goles, pero no importaba: estaba suelto. Ya no tenía la sensación de ser un friki.

-¿En qué andaba por aquellos años tu hermano Mauro Szeta, hoy reconocido periodista de policiales?
-Estaba recién nacido. Es menor, le llevo cinco años.

-¿Cómo es tu relación con él?
-Muy buena. Cada uno trabaja en un área muy distinta pero somos de llamarnos, de aconsejarnos. Nos apoyamos mucho en las problemáticas, sobre todo. Cuando tenemos que tomar decisiones o hay propuestas de laburo, situaciones límite, solemos apoyarnos mucho. Somos muy respetuosos con el laburo del otro, creo que ayudó mucho tener ámbitos disciplinarios muy distintos. Siempre hay productores que nos quieren juntar y hacer el programa de los hermanos Szeta, pero no da.

-A diferencia de él, usás el apellido completo. ¿Hay alguna razón?
-Me di cuenta tarde, si no lo hubiera acortado. No es que yo tenga un arraigue especial y mi hermano un desarraigue: el apellido es imposible (risas). No tiene ninguna lógica que permanezca como está. En su momento, cuando empecé a hacer Mentira la verdad, en Canal Encuentro, me preguntaron qué iba a hacer con el apellido. ¿Quién va a ver el programa?, pensé yo, dejémoslo así. Pero nos explotó… Nadie imaginó que iba a tener la circulación que sigue teniendo hoy, más todos los proyectos de divulgación filosófica que después surgieron. Si hubiese sabido que iba a tener esa proyección tan masiva, lo hubiera cambiado. Hoy me parece tarde, ya está instalado, no tiene sentido.

-¿En el colegio eras un problema al tomar lista?
-Me llamaban por el nombre de pila. Siempre fui Darío, salvo dos o tres profesores que se animaron al apellido. Señor Darío, alumno Darío y así…

-¿Rápidamente desechaste la idea de Dios en el colegio?
-¡Para nada! Yo desecho la idea de Dios que ha impuesto la religión, pero eso no significa que no me pregunte si hay algo más.

-¿Un creador?
-Eso ya me parece una manera bastante estigmatizadora o prejuiciosa de pensar en ese más allá.

-¿Creés en algo?
-Creo en la pregunta. O sea, creo que todo lo que hoy nos rodea y lo que nos da respuesta, no alcanza. No puedo no preguntarme porque toda respuesta es finita y falible. Para mí lo religioso se emparenta con la filosofía en el ejercicio de esa pregunta.  Nosotros ahora estamos hablando acá, ves el cielo, los árboles, sentís el viento que entra… Si vos te detenés dos minutos a pensar cada uno de los fenómenos que convergen en este tiempo, lo podés llevar adelante como te lo marca la rutina cotidiana o podés ir pensando cada uno de sus contornos y es una locura. La filosofía es provocar el extrañamiento que acompaña todo lo que hacemos, lo que pasa es que lo tenemos anestesiado y la vida sigue. Si no siguiera y te detuvieras a hacer filosofía, todo te resultaría asombrosamente impactante y casi como que te detendría. Y no es funcional a la lógica productivista del capitalismo que te detengas a pensar el por qué.

“Lo que la filosofía propone, desde Sócrates hasta Foucault, es salir a cuestionar a quienes se creen dueños de la verdad”, explica.

-Ni siquiera la idea de la muerte nos detiene, la naturalizamos bastante bien.
-Porque no la pensamos, la disuadimos. Cada vez que reaparece o irrumpe, te la sacás de encima porque si no no sos productivo. No harías el 90 por ciento de las cosas que hacés si te acordaras, una vez por semana, que naciste para morir.

-Te paralizaría…
-Te paraliza bien, para mí. Lo que pasa es que nos han hecho creer que te paraliza mal o que toda parálisis es negativa, porque se asocia a la improductividad y al desaprovechamiento del tiempo. Hay un ideal ahí que está impuesto.

-Tu espectáculo, “Salir de la caverna”, es una versión de la Alegoría de la caverna, de Platón, que explica conductas que hoy todavía tiene el ser humano masivamente. ¿Progresó la especie humana?
-Partamos de acá: yo no creo que salir de la caverna suponga una idea lineal de progreso. Creo que hasta la idea de progreso, que inocentemente traen en la pregunta, es también parte de una caverna. Es creer que progresar es salir de un condicionamiento y ser libre y autónomo, siguiendo el relato de Platón. Creo que no podemos no estar condicionados. En mi espectáculo lo que trabajamos es que, si salís de una caverna, entrás a otra más grande y si salís de esa después entrás a otra todavía más grande y así, entonces te preguntás si la vida es salir de cavernas y nada más. Tal vez ahí, en lugar de nada más, es nada menos, porque ya es un montón. El tema es que, si hay un afuera de la caverna, como creía Platón y también Marx, progreso es pelear por desenmascarar tu cotidianeidad como algo opresivo y alcanzar ese lugar verdadero. Los que no creemos en la verdad no podemos pensar que hay un afuera de la caverna. Para mí, progresar es estar peleándote todo el tiempo contra vos mismo, descubriendo las nuevas cavernas que de algún modo te continúan estructurando. Si estamos más cerca o más lejos, ni idea. Hoy nos sentimos mucho más libres y autónomos que en otra época, pero hay cavernas mucho más profundas que juegan con nuestro imaginario de libertad. No hay poder más eficiente que el que no se ve y la eficiencia de la normalización en la caverna es creer que dentro de ella uno está viviendo en la vida real. Entonces está bueno hurgar en nuestra idea actual de libertad, de igualdad, y hasta qué punto esas ideas no están al mismo tiempo estructuradas.

-¿Tenés algún ejemplo para graficar?
-Siempre doy uno que es muy pavo, para hablar de nuestra libertad individual de elección. Uno entra a un supermercado y cree que puede elegir lo que quiere, pero al final terminás eligiendo entre góndolas que te imponen qué podés comprar y siempre elegís entre dos gaseosas. En realidad ser libre es poder no entrar a un supermercado, pero nunca la vas a pensar así.

-O tener la televisión apagada…
-Es lo mismo. Pero, de nuevo, ¿podés no entrar a un supermercado? Sí, pero Coca y Pepsi va a seguir siendo la grieta de nuestro tiempo. ¿Podés tener la televisión apagada? Sí, pero la vida social se rige por la agenda televisiva, aunque te hagas el hippie.

-Vivís hace un año y medio en La Siberia, un sector de Villa Urquiza marginal. ¿Puede que tenga que ver con tu forma de ver la realidad y tu práctica filosófica?
-Es un llamamiento a la poética (risas). Tenía como predestinada la dramaturgia urbana de venir a vivir acá, porque es la frontera. ¿Por qué Siberia, no? Hurgué un poco en el historial y me dicen muchas cosas: el mito de Gardel, unos rusos que vivían acá tipo gueto… Es un barrio muy particular porque es Urquiza, pero está como en los límites, entonces no está atravesado por lo urbano, sobre todo el edificio y el comercio. Además, la cercanía con la General Paz lo coloca como un barrio de frontera. Siempre busqué vivir en la Capital, pero en sus fronteras, para no estar contaminado por la locura del Centro. Antes viví diez años en Villa Pueyrredon, que es muy parecido a esta parte de Urquiza pero tiene su identidad propia. La Siberia todavía no se la cree, nos pensamos más desde lo que falta que desde lo que somos. Quedó como la parte de atrás de Villa Urquiza y estaría bueno replantear eso.

-Es probable que, cuando recién empezabas, muchas veces te hayan dicho que te ibas a “morir de hambre” con la filosofía. ¿Cómo te resuena ahora esa frase, siendo acaso el divulgador más influyente de este tiempo?
-Cuando empecé a estudiar filosofía nunca me enganché en ese debate. No es que dije los voy a cagar a todos y voy a tener un buen pasar haciendo filosofía. Me vaya bien o mal materialmente, mi postura siempre es apostar a dedicarle mi vida a mi vocación. Estaba convencidísimo de que, si estudiaba lo que quería y podía trabajar de lo que quería, la iba a pasar bien. Siempre supe que iba a ser docente y viví casi toda mi vida con lo que hoy gana un docente en la Argentina, que es un desastre pero te permitía por lo menos sobrevivir. Nunca lo viví como una restricción. Mi única restricción era no poder dedicarme a lo que quería. El no estar obsesionado por el tema hizo que hoy esté viviendo bien. Con esto tampoco estoy dando un mensaje de que no hay que darle importancia a la salida laboral, porque estudié filosofía sabiendo que iba a ser docente. Yo creo en la carrera docente, tal vez es en lo único que creo: en la capacidad de transformación para con el otro que se produce en el ámbito educativo. Hoy, ese trabajo docente excedió el aula y se convirtió en algo más masivo, pero la vocación está intacta. Mi realización pasa por ahí, no por lo económico.

-Uno de los colegios nocturnos que cerró es el Guillermo Rawson, de Villa Urquiza. Imagino que tendrás una mirada más que crítica de estas políticas.
-Bueno, son las políticas que la sociedad argentina votó y este año tendrá la posibilidad de renovar o no su apoyo. Calculo que muchos de los que votaron a este Gobierno estarán contentos y volverán a hacerlo. Tal vez hay muchos que lo votaron sabiendo que venía con este tipo de propuesta económico-social pero no para tanto, entonces votarán otra cosa. Y quizás hay otros que están tocados de manera personal por las consecuencias de estas políticas, pero igualmente voten a este Gobierno porque priorizan su oposición a la gestión anterior o les cae bien alguna otra medida. La política es muy irracional, pero nos metieron el verso de que es racional y que uno vota pensando con la cabeza. Ahora, a los que estamos en contra, estas medidas nos demuestran que no hay una decisión de sostener políticas públicas para compensar las derivaciones negativas del mercado. No hay una apuesta a un Estado que se convierta en el compensador de los grandes excluidos de la sociedad capitalista. Ese modelo hoy está con mucha vigencia en toda Latinoamérica, pero yo todavía sigo creyendo en la democracia y en la posibilidad, en octubre de este año, de elegir otra cosa.

-¿Qué hay a la salida de la caverna? ¿El regreso del peronismo?
-Creo que está tan instalado este modelo en una red que incluye política, medios y empresas que, para ganarle, hace falta una alianza muy amplia. No me cabe duda de que el peronismo la tiene que comandar, pero no alcanzan los cenáculos. No es momento para salir a defender purismos, sino para hacer una gran alianza entre todos los sectores a los que nos une la idea de una sociedad para todos. Cuesta, porque hay que vencer egos y traiciones previas, pero es el único camino.

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2 Respuestas

  1. Juan Ercole

    Millones de gracias por poner en palabras lo que pienso y no sé cómo decir. Me identifico en ese preguntarse “¿y por qué es así?”. Y me da fuerzas para no aflojar los brazos cuando hablo con alguien que no duda de nada.

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