“De acá a la China”: un viaje en supermercado

El saavedrense Federico Marcello es director, guionista y protagonista de la película. En esta entrevista nos cuenta de qué se trata y recuerda las grabaciones en la provincia de Fujian.

El saavedrense Federico Marcello es director, guionista y protagonista de la película. Cuenta la historia de un hombre que intenta vengar a su padre, quien en la década del 80 tenía un almacén en el barrio pero se quedó sin trabajo a raíz de la proliferación de los mercados atendidos por orientales. Fueron tres meses intensos pero inolvidables de grabación en la provincia de Fujian, en el país más poblado del mundo.

Por Pablo Riggio
priggio@periodicoelbarrio.com.ar

Más de cien personas permanecen sentadas en sus sillas y miran con atención la pantalla gigante donde se está proyectando la película De acá a la China. La secuencia no transcurre en un cine, sino en el Club Apolo. Lugar tradicional de Saavedra si los hay. De fondo, si se agudiza el oído, no se escuchan las manos revolviendo las bolsas de pochoclos ni los sorbetes buscando las últimas gotas de gaseosa; de la cocina se filtra algún hilo de luz que deja en evidencia las empanadas y los sándwiches de milanesa que se popularizaron entre los espectadores, quienes en su mayoría decidieron acompañarlos con un porrón de cerveza.
La escena se repitió varias veces, siempre a “sala” llena, en el marco de Noches de Chine. Así fue cómo Federico Marcello, director, guionista y protagonista de De acá a la China, apodó a las jornadas de proyección de la película en el Club Apolo. El film se estrenó este año y ya fue vista por más de seis mil personas en diez provincias de la Argentina. Él mismo se encargó de plotear una camioneta y llevarla a un pueblo distinto todos los días. Se proyectó en iglesias, centros culturales, parques y en cualquier lugar donde fuera autorizado a desplegar una pantalla gigante. Porque el cine independiente nace, crece y se reproduce a pulmón.

Un viaje en supermercado
Marcello, 38 años, egresado del Instituto Santa María de los Ángeles, hincha de Platense y vecino de Saavedra de toda la vida, recuerda cuando la calle Tamborini, entre Tronador y Plaza, se convertía en la sede pública de un campeonato de paleta. Se formó en publicidad y producción de televisión, pero su pasión por contar historias lo llevó a trabajar, desde hace dos décadas, como guionista de cine y televisión.
Estaba enfocado en su tercer documental, sobre el fenómeno de los llamados supermercados chinos en la Argentina, cuando la ficción y los personajes lo llevaron a dar un golpe de timón. “Surgió la idea de un argentino que se va a vengar y la ficción fue tapando al documental, que quedó solapado sólo en un par de escenas. No tenía la proyección de actuar, sino que iba a ser quien entrevistara en el documental, pero después de eso pasé delante de cámara”, contó el creador de la película De acá a la China al periódico El Barrio.
El largometraje cuenta la venganza de Facundo (Marcello), cuyo padre tenía un almacén en Saavedra, pero a mediados de la década del 80 lo tuvo que cerrar a raíz de la proliferación de los supermercados chinos que se impusieron en la Ciudad de Buenos Aires. Por eso viaja a la China, más precisamente a la provincia de Fujian, de donde proviene el 85 por ciento de los inmigrantes que atienden estos negocios, para encontrarse con un viejo amigo, Pablito (Pablo Zapata, actor y productor ejecutivo de la película), y poner un típico almacén barrial argentino.
La pregunta surge inevitablemente: ¿por qué sucede este fenómeno? Marcello conoce la respuesta: “Fujian es una provincia que está encerrada por montañas y tiene una fuerte cultura migratoria hacia el mar, por el Mar Chino. Frente a Fujian está Taiwán, de donde vinieron los primeros orientales a la Argentina en los 80. Entonces, cuando desde Fujian cruzan el mar, se encuentran con Taiwán y siguen su línea migratoria. Ponen supermercados porque no los obliga a tener conocimientos en el idioma, solo necesitan una calculadora. Y eligen Argentina como también otros países de todo mundo: no hay país que no tenga inmigrantes chinos. El fenómeno que se da acá es el del supermercado”.

La película fue filmada durante tres meses en la provincia china de Fujian.

No tan distintos
La película se grabó casi en su totalidad en la isla de Xiamen. Habitada por unas seis millones de personas, es una de las localidades más pobladas de Fujian. Allí estuvieron trabajando full time durante tres meses, lo máximo permitido por la Visa china. Entre técnicos, productores y asistentes, con Marcello a la cabeza, fueron unas diez personas las que se dedicaron al rodaje del film, aunque no hubiera sido posible sin la colaboración desinteresada de los chinos que actuaron y dieron una mano con el idioma. Hu Xiao Song y Chen Mo fueron sus “ángeles mandarines”, según el director. “Al igual que ellos, fuimos conociendo chinos que se sumaron a la película con la mejor predisposición del mundo. Cosas que suceden de una manera mágica. Yo fui con un guión escrito de principio a fin pero lo fui modificando a medida que la gente iba apareciendo y se sumaban personajes a la película, que tiene un solo actor profesional”, contó.

-¿Cómo hicieron para conseguir el equipo de grabación y la locación?
-Al hacerlo tan independiente solo llevamos una cámara pequeña y allá alquilamos dos luces. Durante el primer mes y medio todos asumimos diferentes tareas: la mía era hacer un relevamiento de supermercados y fui a ver unos 25. Cuando vi el que finalmente termina siendo el elegido para la película, ni lo dudé. Pero esas cosas llevan mucho tiempo porque teníamos un presupuesto acotado. Le dije a Momo (N. de la R.: Otro vecino con quien Marcello entabló buena relación y actuó en la película) que hablara con el dueño. Le dijo algo en mandarín y a los 20 segundos se dio vuelta y me aseguró: “Listo, está todo bien”. No lo podía creer, lo cerró enseguida.

-Todo se gestionó directamente allá.
-Obviamente, todo podría haber salido mal. Tiene mucho que ver la suerte y estar focalizado totalmente en el trabajo. Creo que si lo quiero hacer de vuelta de la misma manera no saldrían las cosas como me salieron.

-¿El supermercado estaba cerrado al público mientras grababan?
-¡No! Estaba abierto. Era como cuando jugabas a la pelota en la calle, que frenabas cuando pasaba un auto. Nosotros grabábamos cuando no había clientes y si venía alguno parábamos.

-¿Qué similitudes y diferencias hay entre un porteño y un vecino de Xiamen?
-Nosotros somos muy tradicionalistas, nos gusta continuar con nuestras costumbres. Allá me llamó la atención que se combinan las dos cosas: conviven lo ancestral de China y la modernidad absoluta. En una misma imagen tenés un rascacielos espejado y al lado unos arrozales con tipos laburando con un palo.

-¿Recordás alguna historia que haya marcado tu viaje?
-Tengo miles. Pero hubo un día que estuvimos al borde de la muerte. Habíamos alquilado una camioneta para ir a grabar en las afueras de la ciudad. Nos encontramos a las cinco de la mañana con el dueño de vehículo, que nos tenía que llevar. Ni bien lo vimos, nos dimos cuenta de que estaba re fisurado, no había dormido. Veníamos por la ruta y el tipo se pasó, entonces ¡hizo un giro en “u”! Atrás venía un camión que tuvo que clavar los frenos porque si no se lo llevaba puesto. Se desprendió el acoplado y empezó a girar por toda la autopista, a lo Terminator. Pasó a dos metros: nunca en mi vida escuché tantos gritos. Por suerte no pasó nada.

Objetivo cumplido
De acá a la China fue distinguida en Cine a la Vista, el festival de San Martín de los Andes, y ganó un premio por la paz en un festival de Indonesia. Durante 50 días Marcello y Zapata se encargaron de realizar 50 funciones: se trasladaban en su camioneta y la proyectaban en espacios públicos, todo autogestionado, y en la mayoría de los casos con entrada gratuita.
“Con la gira sólo pagamos la nafta. Lo más importante para nosotros era qué le pasaba a la gente con la peli: algunos lloraban y otros no se paraban de reír. Esa convivencia de sensaciones me emocionó. Mi objetivo con todo eso claramente no era que fuese redituable, sino que quería hacer las cosas de una manera diferente, encontrar algo que me generase placer y mandar un mensaje positivo”, confiesa.
Dos integrantes del equipo que viajó a Fujian decidieron quedarse. Uno estuvo allí un tiempo y ahora vive en México, mientras el otro se gana la vida dando clases de inglés y de fútbol. Marcello, por su parte, volvió a su barrio. Al de siempre: “No me imagino viviendo en otro lugar”.

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