Empezó a estudiar Derecho por su esposa y hoy, con casi 20 años de trayectoria, es uno de los penalistas con mayor exposición. Representa legalmente a varios famosos y participó de casos de gran repercusión televisiva, pero encuentra satisfacción brindando consejos jurídicos a los vecinos que lo consultan en la calle.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

-Tenés 49 años y sos abogado desde hace casi 20. ¿Se puede decir que empezaste de grande?
-Sí, arranqué tarde. Trabajaba en el Banco Nación de Constituyentes y Talavera y cuando conocí a mi señora Silvina, que es abogada, me dieron ganas de estudiar. Me recibí y desde entonces me dedico al Derecho Penal. Tengo mi estudio jurídico en el Centro, en la calle Montevideo,  donde trabajamos todas las ramas del Derecho. Los profesionales que me acompañan también son de Villa Urquiza, como yo: Elizabeth Lires, Florencia Parada, Matías Redondo y obviamente mi mujer, Silvina Sánchez.

-¿Cómo es la vida de un abogado penalista?
-Me encanta, creo que nací para esto, pero es muy agobiante porque tenés que estar siempre. Atiendo a todos los que me llaman -tengo dos celulares-, explico tres veces lo mismo si es necesario y los viernes voy a las cárceles a ver a los detenidos. Para desenchufarme un poco del estrés de la profesión, inauguré un sushi en Echeverría y Donado, en la zona del DOHO. Es un proyecto que tenía en mente desde hace mucho tiempo. También soy propietario de caballos de carrera. Es mi cable a tierra.

-Tu nombre es conocido mediáticamente por varios casos de gran repercusión televisiva. ¿Nos recordás algunos de ellos?
-El que más trascendió fue el del robo al Banco Río de Acasuso en 2006, cuando representé a Luis Mario Vitette (“el hombre del traje gris”). Además, actualmente soy el abogado de la familia Menem, de Gustavo Sofovich y de Rafael Di Zeo -soy fanático de Boca-, entre otros famosos. También represento a muchísimos vecinos de Villa Urquiza: me gusta ayudar a la gente del barrio. Cuando llego a mi casa después del trabajo, siempre hay vecinos en la puerta para hacerme consultas penales. Ahí me salta el tipo de barrio y trato de darles una mano. Pensá que nací, me crié y toda mi vida viví en Villa Urquiza, entonces conozco a todo el mundo. Amo a mi barrio.

«Creo que nací para ser penalista», dice Diego Storto,

-¿Por qué zona te criaste?
-Pasé por varios lugares porque mi papá compraba y vendía casas, entonces nos teníamos que mudar a cada rato. Ahora vivo en Burela e Iberá con mi mujer Silvina, mis hijos Alejo y Valentino y mi perro López. Son los pilares fundamentales de mi vida. Mi mamá Delia, mis tíos Liliana y Daniel, toda mi familia y mis amigos también son del barrio. De chico paraba en el Club Islandia, en Núñez y Bucarelli.

-¿Qué te gusta hacer en el barrio?
-Todas las mañanas camino unos 40 minutos por el Barrio Perón y voy saludando a los vecinos. Siempre voy a comer a Cantina Bruno, La Chacha, Estilo Misión y La Farola y los martes desde hace 20 años me reúno a cenar con mis amigos de la infancia. Sigo siendo el mismo que iba a jugar a la pelota al parque o el alumno del Dulcísimo Nombre de Jesús y Nuestra Señora del Carmen.

-¿Pensaste en mudarte alguna vez?
-Por mi exposición, el tema de la seguridad me preocupó un poco pero tuve muchísimo apoyo de todos los comisarios. La verdad es que no me quiero ir del barrio. Como te decía antes, nací, me crié, viví y algún día voy a morir en Villa Urquiza.

«Los martes desde hace 20 años me reúno a cenar con mis amigos de la infancia», cuenta.

-Sos muy amigo de Miguel Ángel Pierri, colega y también vecino.
-Sí, él vivía en frente de la Embajada China. Mi señora es muy amiga de la sobrina de Miguel y a partir de eso entablamos una relación muy fuerte. Somos muy compinches porque aparte tenemos un estilo similar de defensa: vamos los dos al frente como loco (risas). También soy muy amigo de Fernando Burlando, que es el número uno, y del periodista de policiales Paulo Kablan.

-En la nota que le hicimos hace dos años, Pierri nos confesaba entre risas que sabía mucho más de derecho civil y comercial que de penal, pero “lo que pasa es que me gusta el quilombo”. ¿Te pasa algo parecido?
-Yo soy penalista de raza. Siempre digo que, si me tuviera que separar, tendría que contratar a un abogado (risas).

-¿Influyen a la hora de dedicarse al derecho penal la visibilidad mediática y la remuneración económica?
-Depende de cada uno. Hay situaciones o casos que necesitan ser mediatizados como parte de una estrategia para darle una mayor exposición. También hay abogados que no llegaron a los medios pero sin embargo son excelentes profesionales. En cuanto al tema económico, es importante aunque llega un momento de la profesión en que uno tiene que elegir las causas. Pero la motivación del penalista siempre está: el día que no la tenga me voy a retirar. Vos me llamás a las cuatro de la mañana por un quilombo y a las 4.30 ya me estoy moviendo para encontrar una solución.

Storto tiene un estrecho vínculo con sus colegas penalistas, como Miguel Pierri y Fernando Burlando.

-¿Cómo te llevás con la exposición mediática?
-La verdad, me gusta. Cuando tenés un caso mediático te suena el teléfono 20 veces más que lo normal, entonces tenés que saber manejar esa exposición. Soy amigo de todos los periodistas, no le tiro fruta a ninguno. En 19 años de trayectoria tuve solamente un problema feo con un periodista. Fue cuando logré que Luis Mario Vitette, después del famoso robo al Banco Río, se pueda ir en libertad a Uruguay. Ricardo Canaletti me dijo al aire que yo era tan delincuente como Vitette, entonces le corté el teléfono porque me sentí atacado en mi labor. Pero, más allá de eso, me gusta estar en los medios porque además me genera laburo. En ese sentido, tengo que agradecerle a mi mujer por el aguante. Es una fenómena.

-¿Cómo tomás los cuestionamientos éticos por defender a clientes socialmente repudiados?
-Yo defiendo todas las situaciones salvo las de homicidio, violación y abuso. En el caso de los barras, por ejemplo, el Código Penal no estipula ese término dentro de sus tipificaciones. Entonces, cuando me hablan de barra, yo pregunto cuál es el delito. Si roba es un ladrón y si vende droga un narco. No es un delito ser barra. No tengo pruritos o límites a excepción de los casos que te comenté anteriormente.

Está casado con Silvina Sánchez y tiene dos hijos: Alejo y Valentino.

-Te pregunto por…
-(interrumpe) Hay una intimidad que me gustaría contar. Una vez, un amigo mío del barrio, que es como un hermano, me contó que su hija había sido abusada por un familiar. Me detalló cómo fue la situación, que había ocurrido hace unos diez años, y me pidió que fuera yo el que querellara al abusador. A partir de ese momento, ese caso pasó a ser mi principal preocupación: no dejé pasar ni una audiencia ni una pericia. Hace un año y medio conseguí que el acusado quedara preso con prisión preventiva y ahora estamos a la espera del juicio oral. Fue uno de mis mayores logros jurídicos.

-¿Es el caso que más te marcó?
-En lo afectivo, sin dudas. Pero el caso perfecto fue el de Vitette, porque diagramé una estrategia que le permitió recuperar la libertad, me dio un nombre y mucha publicidad y además un rédito económico. Salió todo redondo.

Crédito de foto de portada: DYN/Rodolfo Pezzoni

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