En nuestro país, cada 7 de junio se celebra el Día Del Periodista. Conmemora la aparición, ese día de 1810, del primer número de Gazeta de Buenos Ayres. Este periódico, inicialmente redactado por Mariano Moreno, circuló hasta el 12 de septiembre de 1821 con el objetivo de promocionar los actos de gobierno de la Primera Junta. Fue el segundo medio de nuestro país luego de la fugaz trayectoria del Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata, que fundado por Francisco Cabello y Mesa circuló entre abril de 1801 y octubre de 1802. Más de dos siglos después, la prensa argentina atraviesa uno de sus peores momentos.
Hace 22 años, el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez leyó, en la 52ª Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa, un texto de su autoría sobre el periodismo. Interrumpimos en este punto cualquier opinión personal y le cedemos la palabra al maestro: “A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: Los periodistas no son artistas. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario. Hace unos cincuenta años no estaban de moda escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes”.
“Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de lo mismo, era porque querían o creían ser periodistas pero en realidad no lo eran (…) La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo, como nosotros mismos lo llamábamos”.
“La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar. Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV y ahora no se llama periodismo sino Ciencias de la Comunicación o Comunicación Social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas”.
El artículo completo, publicado por el diario español El País el 20 de octubre de 1996, es una clase magistral -y gratuita- de lectura obligatoria para los aspirantes a periodistas y, por qué no, para los consumados. Incluso aquellos que se extraviaron en senderos ajenos a la profesión para convertirse en simples publicistas.

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