El 4 de abril de 1999 un grupo de muchachos treintañeros soltó amarras y se lanzó a la aventura de viajar en un barco de papel prensa. Lo armaron con ocho páginas blanco y negro y salieron a navegar por las aguas correntosas. Eran tiempos económicamente delicados, con pocos muelles seguros. Pudieron naufragar antes del año, pero capearon milagrosamente ese primer temporal. Antes de que las aguas se calmaran debieron sobrevivir a la tormenta perfecta de 2001.
Dos décadas más tarde, sentimos que hemos vuelto al punto de partida. Que completamos una maravillosa vuelta al barrio con más alegrías que reproches. En este punto podemos empalmar con el editorial que escribimos hace apenas dos años. Si es mucho o poco el tiempo transcurrido, dependerá de la percepción de cada uno. En Estados Unidos gobernaba Bill Clinton y en nuestro país Carlos Menem transitaba los últimos meses de su segundo mandato. Apenas 300.000 personas tenían acceso a Internet y la banca electrónica era una rareza. Considerando estos apuntes históricos, la fundación de El Barrio se produjo hace mucho tiempo, en una Comuna muy lejana.
Hay un hilo conductor entre 1999 y 2019. Lo advertíamos en nuestra primera columna editorial: “En el actual contexto de contracción de la actividad económica que afecta al mundo en general y a la Argentina -cuando no- en particular, resulta poco menos que una aventura temeraria poner en marcha cualquier microemprendimiento. Podríamos casi comparar esa decisión a una apuesta de casino: la suerte, casi siempre, está del lado de la banca”. Ya habíamos transitado por la experiencia de poner en marcha una publicación fugaz en Saavedra en una época económicamente brava, a comienzos de la década del 90, y sabíamos de las dificultades que se avecinaban.
Pretendíamos entonces, igual que ahora, que lectores y anunciantes encuentren en estas páginas las respuestas a sus inquietudes informativas y comerciales, al tiempo que anunciábamos uno de los lemas que mejor explican por qué El Barrio alcanzó puertos tan lejanos: “A partir de hoy, la cita será religiosa: el primer domingo de cada mes”. El encuentro dominical se volvió tan sagrado como una misa y para que ello fuera posible contamos con los canillitas de la zona, a quienes jamás nos cansaremos de agradecer.
Sostuvimos siempre que era tramposo aludir a la condición gratuita de una publicación como una coartada para no asumir responsabilidades acerca de la calidad de sus contenidos y tirada. “No debemos olvidar que detrás de un periódico o revista hay vecinos expectantes y anunciantes que buscan obtener un rédito de su inversión publicitaria, por más pequeña que sea”, repetimos como un mantra y volvemos a recordarlo desde este espacio.
No fueron fáciles los últimos años, ni para nosotros ni para cualquier otra actividad comercial. Aprovechamos la ocasión para destacar en esta coyuntura el aporte de todos los anunciantes, muchos de ellos de la primera hora, y del diario La Prensa, que nos bonificó la impresión de 500 ejemplares en un momento económicamente incómodo. Finalmente, queremos abrazar a cada uno de nuestros lectores y recordar a los que ya no están, que nos recuerdan que el tiempo es veloz. A todos ustedes, muchas gracias.

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