El crecimiento tecnológico de los últimos diez años ha sido directamente proporcional a la despersonalización del trato humano. Cada vez más personas se entregan devotas a una nueva religión, que tiene como eje al Dios Google y a varios de sus productos informáticos. Desde que el buscador por excelencia de Internet monopoliza las respuestas a todos los interrogantes de la humanidad, la intensidad de la relación con otros pares se ha ido apagando. Mejor dicho, ha sido reemplazada por las redes sociales que fueron creciendo a la vera de esa autopista cibernética, una ruta de una sola mano que no para de crecer porque el horizonte se aleja a cada paso.
Hoy es más fácil hacer amigos y tratarlos a través de Facebook, Twitter, Instagram o el chat telefónico, que además tiene la “ventaja” de agrupar contactos y simultáneamente dialogar con todos ellos al mismo tiempo. La telefonía celular ha contribuido de manera decisiva al nacimiento de este nuevo paradigma cultural, al integrar en el mismo dispositivo un sinnúmero de funciones que hasta hace poco eran propias de una computadora. Los smartphones se convirtieron en terminales adictivas desde donde cualquier usuario resuelve sus necesidades sociales sin moverse de su casa o del trabajo, con la sola condición de disponer de una conexión wi-fi y a veces sin ella.
Los aparatos de telefonía móvil, que hasta hace menos de una década apenas servían para desarrollar la función esencial de permitir conversaciones entre personas (y eventualmente enviar mensajes de texto), hoy son dispositivos que concentran la mayor parte del ocio humano. No sólo eso: lo estimulan adictivamente a partir de las miles de aplicaciones que gratuitamente están disponibles en las tiendas virtuales. Compras, entretenimiento, belleza, deportes, finanzas, noticias, negocios y juegos son algunas de las categorías que los celulares ofrecen como espejitos de colores a cambio de la entrega en comodato de nuestra propia identidad.
Porque no vayamos a creer que son realmente gratis los productos y servicios que encontramos en el supermercado “Android”. Cada vez que pulsamos el botón “Instalar”, la aplicación elegida nos requiere acceso a la posibilidad de hacer compras directas y le damos permiso a espiar nuestra intimidad: fotos, archivos, información de conexión wi-fi, ID de dispositivo y datos de llamada, lo que -de mínima- les permite a los dueños de Google conocer más de nosotros e inducir consumos a través de publicidad basada en nuestros intereses y perfil sociocultural. Como dice una canción del Cuarteto de nos, “nada es gratis en la vida”.
El efecto inmediato de esta silenciosa dominación puede verse cotidianamente en los medios de transporte, en los bares, en las universidades y en el propio hogar. La mayoría de nosotros hemos sucumbido sin oponer resistencia al hipnótico encanto de las pantallas resplandecientes de no más de cinco pulgadas. No apartamos la vista de ella aun cuando frente a nosotros haya otras personas. Quizá es por ello que la empatía por el semejante comienza a ser una rareza y cada vez son más recurrentes los conflictos interpersonales. Peligrosamente, se está volviendo más importante que encontrarnos con el otro disponer de buena señal para poder conectarnos al WhatsApp…

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