Dicen en el truco, criollísimo juego de naipes, que 33 son mejores. Y que responderle 33 en forma clara a un médico que nos ausculta es síntoma de buena salud. Para la democracia argentina, 33 años recién cumplidos, este número resulta una excelente noticia. Después de décadas infames, revoluciones libertadoras, derrocamientos varios, proscripciones, terrorismo, represión paramilitar y una sanguinaria dictadura iniciada en 1976, nuestro país pudo estabilizarse políticamente y resolver sus recurrentes crisis, básicamente económicas, de manera electoral. Desde el 30 de octubre de 1983 elegimos a través de las urnas a los representantes ejecutivos y legislativos.
Aquel domingo soleado de la aun incipiente década del 80, un año después de la capitulación argentina ante el Reino Unido tras la absurda Guerra de Malvinas, se celebraron nuevamente elecciones generales. Por primera vez en su historia, la Unión Cívica Radical logró derrotar al Partido Justicialista y lo hizo por amplio margen: Raúl Alfonsín obtuvo el 51,75 por ciento de los votos, contra el 40,16 por ciento del peronista Ítalo Luder, y asumió la presidencia con una enorme popularidad. En Capital Federal, la UCR obtuvo el 64,26 por ciento de los votos y el Justicialismo el 27,36 por ciento. La centro derecha, representada por la UCeDé, apenas superó el uno por ciento.
Alfonsín intentó enfrentar a los grupos económicos dominantes y a los medios que hacían lobby a favor de ellos, pero en los cinco años y medio que duró su mandato los paros impulsados por los sindicatos y nuevas intentonas golpistas limaron su poder. Heredó del gobierno militar una deuda externa que había crecido de 7.700 millones de dólares en 1976 a 45.000 millones de dólares en 1983, circunstancia que condicionó su política económica, que pretendía ser inclusiva, al ceder a las presiones del Fondo Monetario Internacional. La inflación se volvió inmanejable y un golpe de mercado lo obligó a ceder el poder antes de tiempo. Cuenta Leopoldo Moreau que el propio CEO de Clarín, cuando Alfonsín pidió apoyo para terminar el mandato, le respondió “ustedes ya son un obstáculo”. Nos referimos a Héctor Magnetto.
Lo que vino luego es conocido por todos y cada uno sacará sus propias conclusiones: una década de neoliberalismo menemista y dos años de una alianza en apariencia progresista pero que terminó aplicando los mismos principios del gobierno anterior. La gestión de Fernando De la Rúa resultó escandalosa y finalizó precipitadamente en medio del incendio del país. Un año de transición de Eduardo Duhalde, 12 años de kirchnerismo y el primer año de una nueva alianza de tintes neoliberales completan el mapa político de estos democráticos 33 años. No significa que hayan desaparecido la represión, la desigualdad social, el hambre y la desocupación de la sociedad, pero son cada vez menos quienes se atreven a cuestionar este sistema político. Hoy es imposible acceder al poder sin la voluntad del pueblo.
Queda como reflexión de estos 33 años la virtual desaparición de la escena política de un partido clave en la democracia, como históricamente fue el radicalismo. Llegó por primera vez al poder hace un siglo, en 1916, regido por sólidos principios éticos. Pero recibió una herida acaso mortal hace 15 años, cuando De la Rúa traicionó esa doctrina. El tiempo dirá si la UCR puede renacer de sus cenizas.

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