La Compañía Ítalo Argentina le otorgó una nueva arquitectura al paisaje urbano porteño. La primera obra que construyó fue un edificio de estilo medieval ubicado en La Boca, donde hoy funciona la Usina del Arte. Luego le siguieron pequeñas estaciones para abastecer de electricidad a los barrios, entre ellas la de la calle Pinto 3379.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

La arquitectura industrial surgió como una necesidad de respuesta constructiva a las funciones industriales. Siempre ocupó un lugar intermedio entre la ingeniería y la arquitectura. Ya en la época preindustrial se había realizado algún tipo de construcción para las primeras fábricas, como el caso de los molinos, los depósitos de productos del agro, algunos edificios portuarios, las bodegas y otras construcciones menores.
Con el advenimiento de la Revolución Industrial finalizó el crecimiento generado por el trabajo manual y fue reemplazado por la producción en serie. Apareció, así, el sistema conocido como capitalismo industrial, ligado a la fábrica. El sistema fabril aportó la automatización del proceso productivo, la producción a gran escala y la segmentación del trabajo. A partir de esta revolución se incrementaron las necesidades constructivas para tales fines y es allí donde surgió una infraestructura de carácter industrial, principalmente la textil y del hierro. De esa manera fueron surgiendo, luego, acerías, refinerías, fábricas, silos, estaciones y anexos ferroviarios, usinas eléctricas, elevadores de granos y otras construcciones que se desempeñaban para el uso del servicio.
Estas transformaciones provocadas por la Revolución Industrial dieron como fruto una nueva arquitectura, también llamada arquitectura del hierro, que venía a simplificar sus formas y a darle prioridad a la función, característica que luego adoptaría la arquitectura moderna. La funcionalidad se basaba en el uso de materiales, como hierro y vidrio, que empezaban a ser vistos con buenos ojos por arquitectos visionarios como Louis Sullivan, quien aseveraba que cualquier proyecto arquitectónico debería cumplir dos premisas: la simplicidad y la funcionalidad.
Recordemos que a este arquitecto estadounidense se le atribuye la célebre frase “la forma sigue a la función”, algo que había nacido sin lugar a duda con la arquitectura industrial. Pero esta rama de la arquitectura tardó más de un siglo en ser reconocida por su valor, ya que no se encontraba dentro de los cánones de belleza de la época. De allí que solo se la considerara desde el punto de vista funcional y de servicio: por eso muchos edificios tenían un telón estilístico que ocultaba su verdadera función.
Así lo podemos ver en estaciones ferroviarias, depósitos, usinas y otros edificios industriales, que tenían un manto arquitectónico del estilo que se deseara. El ejemplo más acabado, con el cual comprenderemos mejor de qué estamos hablando es el edificio de la ex Obras Sanitarias de la Nación. Ubicado en la manzana comprendida por las calles Riobamba, Ayacucho, Viamonte y la Av. Córdoba, es una cáscara de estilo neo-renacimiento francés que contiene en su interior los 12 tanques de agua potable que necesitaba la ciudad de finales del siglo XIX. Esta carcasa venía a tapar aquello que era considerado feo y de mal gusto.
En la Argentina, la Revolución Industrial se remonta al llamado período de la generación del 80. Sin embargo, como en nuestro país funcionaba un modelo agroexportador la venta de granos traía aparejada la importación de todo tipo de productos, lo que dio como resultado un retraso comparado con Europa y un escaso crecimiento de la industria. Para tener una idea, en la Argentina de los años 30 la tornillería y remaches se importaban del viejo continente. Sólo surgieron algunas fábricas para consumo interno y algunos talleres para la manutención del servicio ferroviario, como también las que suministraban el servicio eléctrico a partir de 1883.

La primera obra que construyó la Ítalo Argentina fue un edificio de estilo medieval ubicado en La Boca, donde hoy funciona la Usina del Arte

Que se haga la luz
Hasta la llegada de la Ítalo, el servicio eléctrico de la ciudad estaba acaparado principalmente por la CATE (Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad), que funcionó de 1898 a 1921. Luego fue comprada por la CHADE (Compañía Hispano Argentina de Electricidad), para finalmente en 1936 ser renombrada como CADE: Compañía Americana de Electricidad.
En 1912 se instaló una competidora que vendría a expandir el mercado del suministro de electricidad. Se trató de la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad (CIAE), más conocida como la Ítalo, aunque la competencia no fue tal porque ambas empresas terminaron por conformar un mercado monopólico. La empresa fue fundada por Juan Carossio, un sagaz empresario italiano apodado “el señor del rayo”, debido al poder que llegó a adquirir con la nueva compañía.
La primera obra construida por la Ítalo fue un edificio en La Boca, parecido a una fortaleza medieval, donde hoy funciona la Usina del Arte. Se destaca una gran torre de ladrillo colorado con importantes ventanales, que intentaba asemejarse a aquellos castillos de la región Toscana y Lombarda. Si observamos el estilo del Palazzo Vechio en Florencia podremos identificar la semejanza estilística con el ejemplar porteño. Los edificios de la empresa tenían un escudo de armas donde estaba inscripta la leyenda “Domito fulmine”, que en latín significa “rayo dominado”. El modelo fue realizado por Giovanni Chiogna.

La Ítalo en Coghlan
El objetivo de la Ítalo era proveer de electricidad al pequeño consumidor familiar y no a las grandes empresas, como lo hacía la CATE, por ejemplo con los tranvías. Es por eso que la distribución de la energía se hacía a través de pequeñas plantas -los famosos castillitos eléctricos- que abastecían a cada casa. Chiogna construyó subestaciones, como las de Pacheco de Melo 3031 (ya desaparecida), Montevideo 919, Tres Sargentos 352, San Antonio 1077, Balcarce 547 y Moreno 1808 con su hermosa torre neo-medieval. La demanda fue creciendo y se agregaron unas 120 construcciones más pequeñas, tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en el conurbano.
En la actualidad, muchas de estas edificaciones de menor escala fueron demolidas y las que se mantienen en pie están cumpliendo diferentes usos. Incluso algunas se transformaron en viviendas, como por ejemplo la ex subestación de la calle Julián Álvarez 1714, aunque su fachada está irreconocible ya que fue muy alterada. Frente al Jardín Japonés, en el paseo Infanta Isabel, se construyó una subestación que, si bien respeta el estilo, tiene el aspecto de una capilla religiosa. Por su parte, el edificio de Montevideo 919 fue transformado en el Museo del Holocausto, lo que muestra que el valor patrimonial puede mantenerse a pesar de que se modifique la función.
En los límites entre Coghlan y Saavedra, más precisamente en la calle Pinto 3379, nos encontramos con una de estas joyas arquitectónicas que suministraban energía eléctrica al barrio. Si bien es una de las construcciones más sencillas que hizo la Ítalo en la ciudad, eso no le quita valor. Es interesante la composición de su fachada totalmente simétrica. Está dividida en tres secciones: las dos laterales están revestidas con un ladrillo colocado en forma de aparejo inglés o belga, con el resalte de la junta a la cal rematando en unas tejas musleras.
La parte central está prácticamente revestida en símil piedra y luce un almohadillado suave. Allí se encuentra el acceso, que está enmarcado por pilastras de orden clásico. Así también se destaca el arco de medio punto que bordea un tragaluz superior. Esta parte central se eleva un poco más que sus laterales, formando una especie de frontis que acaba en unos pequeños dentículos. Los escalones y la sensación de pesadez de la puerta muestran solidez constructiva y cierta restricción al lugar.
De las más de 50 plantas que subsistieron a los cambios de la ciudad, sólo 35 están catalogadas por el Gobierno porteño. Esperemos que aquellas que aún marcan una historia, una época, puedan seguir mostrando su identidad.

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