Como Mozart, que al momento de su muerte dejó sin terminar su célebre Réquiem, en nuestros barrios tenemos varias obras incompletas. Las interminables remodelaciones de las estaciones Coghlan y Drago, ambas del ramal Mitre, generan un perjuicio para usuarios, vecinos y comerciantes. Un panorama completo de cómo está la situación.

Por Sergio Calandra
fiscal@periodicoelbarrio.com.ar
Twitter: @scalandra

Todos sabemos que, cuando se encara una refacción en una propiedad, además de invertir dinero hay que tener paciencia por todos los inconvenientes que se pueden generar. Quien haya tenido que pasar alguna vez por esta experiencia notará que al principio abunda la buena onda y la predisposición, pero luego pueden surgir problemas inesperados. Cuando otros nos contaban lo que les había sucedido durante sus obras, uno minimizaba la situación y pensaba que no habían estado lo suficientemente organizados como para evitar que apareciera algún contratiempo.
Como sea, lograr que una refacción termine en tiempo y forma y no se convierta en un verdadero tormento es en la mayoría de los casos una utopía. Al principio, la relación con los arquitectos, maestros mayores de obra y albañiles es cordial, ya que se cumple con los tiempos estipulados, se les abona el dinero acordado y todo funciona medianamente bien. El conflicto se desencadena cuando el presupuesto original no va alcanzando, se rompen cosas que no estaban previstas, no hay stock de materiales disponibles y los obreros no cumplen con sus horarios y días de trabajo, quizás porque están llevando a cabo otros trabajos en paralelo.
Los plazos iniciales se prolongan, el polvillo y la suciedad se tornan insoportables y se le pide por favor a obreros y arquitectos que se vayan, que dejen todo en condiciones mínimas de ser utilizado, pero que no nos hagan renegar más. Todo aquel que diga que no ha sufrido alguna de estas situaciones podría decirse que está mintiendo. Salvo que haya tenido una suerte realmente única.

El andén hacia Bartolomé Mitre se encuentra tapiado y no permite saber qué se hizo o no detrás de las maderas.

Dos tristes obras
Si estas cosas ocurren con las pequeñas refacciones hogareñas, ni pensar todo lo que puede suceder en aquellas obras de mediana y gran envergadura, como por ejemplo la puesta en valor de las estaciones de ferrocarril Coghlan y Drago, ambas ubicadas dentro de la Comuna 12 y que abarcan los barrios de Coghlan y Villa Urquiza. Bien es sabido que, hasta que se ponen en marcha, estas grandes obras llevan mucho tiempo de organización, sumado al estado deplorable en que se encontraba previamente el lugar, con décadas de desinversión y abandono total. También hay que reconocer que no es nada fácil llevar rápidamente a la práctica las tareas sin tener que cortar los servicios.
El Gobierno anterior, luego de la tragedia de Once, primero procedió al recambio de las vías y los durmientes, para luego comprar nuevas formaciones con mayor tecnología en comparación con los viejos vagones y trenes. Dicho sea de paso, todavía la Línea Urquiza sigue utilizando las antiguas formaciones Hitachi, que esperemos en breve sean reemplazadas. Por último se renovaron las estaciones, pero no todas corrieron la misma suerte por la cantidad de mano de obra utilizada, los materiales y el dinero invertido. Dicen los que entienden que, a la hora de realizar un trabajo de dimensiones importantes, se debe hacer de golpe y con saturación de tareas hasta que se termine con casi la totalidad de la obra. En algunas estaciones, como la de nuestros barrios, no se hicieron los trabajos de esta manera.

En Drago los accesos por Mariano Acha permanecen cerrados, con el agravante de que los puestos de diarios perdieron clientela.

En vez de terminar rápido, se transformó todo en una verdadera pesadilla, lenta e interminable. En un momento los trenes no paraban en la estación Coghlan y hasta se habilitaron andenes provisorios en Luis María Drago. Nunca se pudo ver a legiones de trabajadores abocados a terminar las obras sino, por el contrario, eran muy pocos los empleados que estaban en cada estación. Durante meses, directamente no hubo nadie trabajando. Cuando esto sucede en una obra privada, puede ser porque: a) no hay plata, b) quebró la empresa contratista, c) hay algún desfalco o desequilibrio financiero de caja o d) se tomaron varios emprendimientos a la vez pero con la misma cantidad de mano de obra que va rotando.
Es por esto que se producen grandes baches y, en algunos casos, se llega hasta la paralización absoluta de los ritmos de trabajo.

Sin excusas
El proyecto de renovación de las estaciones fue atravesado por un cambio de Gobierno. Hasta que la nueva gestión se hizo cargo de la totalidad de las áreas las obras se tornaron inactivas, como si no hubiera dinero ni contratos pendientes que cumplir entre ambas partes. Anteriormente, la excusa era que el Gobierno de la Ciudad no podía interceder para agilizar estas tareas porque se desarrollaban en terrenos pertenecientes al Estado Nacional y bajo la órbita del Gobierno anterior. Pero ahora, desde hace casi dos años, es el mismo signo político el que abarca la Ciudad de Buenos Aires y el país. Sin embargo, las obras no se lograron agilizar y siguen tan paradas como antes.

Dentro de la estación y los andenes en Drago estas media sombras son el indicio de que está todo a medio terminar.

Estaciones marginadas
A la hora de la remodelación, pareciera que sólo se tuvo en cuenta a las grandes estaciones con mucho movimiento de pasajeros, ya que las pequeñas e intermedias, ubicadas en barrios más tranquilos y con baja densidad habitacional y de tránsito, cayeron en desgracia. Vecinos y usuarios se sienten ciudadanos de segunda, olvidados y abandonados a la buena de Dios. ¿Alguna vez los funcionarios encargados de estas áreas habrán tomado un tren?
Las personas de a pie ya están cansadas de caminar muchas cuadras extra para poder llegar a sus hogares porque están cerrados los accesos básicos. Y además tienen que esquivar escombros y cruzar empalizadas provisorias, lo que genera una pérdida de tiempo y a veces implica perder el tren. ¿Cuándo será el final de esta desidia? Pareciera que nunca se piensa en el pasajero, ni que hablar de la gente mayor y personas con discapacidad y movilidad reducida. El estado en que hoy se encuentran estas estaciones, sin sus mínimos accesos terminados, no se condice con los lineamientos publicitarios que piden dejar de utilizar los vehículos particulares para no saturar el tránsito.

Si John Coghlan viviera…
Además de tierra, materiales, hormigón y otros restos, en Coghlan también hay un gran obrador instalado en el lado oeste de la estación, que afea el paisaje y es proclive a generar hechos de inseguridad. En el andén este hacia Retiro tampoco se terminó con el sector central, donde tendrían que estar las boleterías y el lugar de espera para los pasajeros. Todo está tapiado sobre el andén, sin saber qué se hizo hasta el momento.
En la otra plataforma, al nivel de la planta baja, descansa una vieja caja fuerte de color verde inglés que quizás sea una metáfora de lo que pudo haber ocurrido con la paralización de las obras: no alcanzó el dinero porque quedaron vacías las arcas. Cada uno sacará su propia conclusión…
El estado de las obras en Luis María Drago es mucho más problemático aún, ya que se trata de un lugar donde circula gran cantidad de pasajeros por la presencia del CBC de la Universidad de Buenos Aires y la nueva sede de la Comuna 12. Aparentemente estarían terminadas desde hace tiempo las casillas para el control de pasajes con los nuevos molinetes, pero hoy siguen estando ausentes.
Las entradas y salidas a ambos andenes desde la calle Mariano Acha están inhabilitadas. Comercialmente hablando, los puestos de diarios perdieron durante estos años un importante caudal de clientes, que al no poder subir ni bajar del tren ya no pasan más por allí y tienen que dar la vuelta y salir por Donado o Holmberg.

En la estación Coghlan, esta caja fuerte descansa a la vista, quizá como metáfora de que no hay más plata para terminar las obras.

Invitación a la tragedia
Lo más grave de esta situación es que, para evitar el rodeo y la entrada por la calle Donado, algunas personas se trepan de manera temeraria por la reja de la plataforma cuando ven que se aproxima el tren. Hasta que no ocurra una tragedia, como por ejemplo que una formación atropelle a quien quede trabado o caiga ante la presencia del tren, no se va a tomar real conciencia de que hay que habilitar, de una vez por todas, el acceso a los andenes desde Acha.
También están a medio terminar las plataformas en el centro de la estación, sin el piso, con desniveles y pastizales crecidos justo donde están las escaleras en los ingresos peatonales a los andenes por la calle Donado. No se puede entender por qué no se termina todo de una vez.
Ojalá que, con la difusión de estas falencias, se pueda agilizar el tema y conseguir que todo vuelva a la normalidad. Bah, estas sólo son ilusiones del viejo y de la vieja, como dirían nuestras abuelas.

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