Henry David Thoreau elaboró su reflexión sobre la desobediencia civil a partir del rechazo a pagar un impuesto del gobierno de la época destinado a financiar la guerra de Texas contra México.

Desobediencia civil
Así tituló el escritor estadounidense Henry David Thoreau una conferencia histórica,  publicada en 1848. Elaboró su reflexión a partir del rechazo a pagar un impuesto del gobierno de la época destinado a financiar la guerra de Texas contra México, lo que le valió la cárcel hasta que sus amigos pudieron pagar para liberarlo.
La desobediencia civil, según la enciclopedia de ciencias sociales de Christian Bay, dice que con ella “se debe dar a conocer a los representantes de orden público de una manera que se sientan identificados sobre la cuestión por la que van a luchar y sus fines deben ser públicos y limitados. Su objetivo manifiesto no puede ser el beneficio particular o económico; debe guardar cierta relación con una concepción de la justicia o del bien común”. La idea revolucionaria de Thoreau influyó a enormes personalidades, luchadores por la libertad y los desposeídos, como lo fueron  León Tolstoi, Gandhi y Martin Luther King, lo que llevó a afirmar por ejemplo a Mahatma Gandhi que “cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer”.

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Por esto resulta una herramienta de gran potencial para liberar cuando las leyes no están para dar derechos, proteger o mejorar la sociedad, sino para servir a intereses recortados o para favorecer económicamente a una minoría; pero a su vez necesita de enorme responsabilidad y reflexión. En lo que refiere a estas páginas, no se trata ni de alentar ni de condenar la Desobediencia Civil sino reflexionar alrededor de un aspecto delicado de la ética: confundir lo legal con lo bueno y lo bueno con lo legal. Algo que muchos ciudadanos siguen sin poder distinguir.


Obedecer, cuestionar
Tarea delicada, pero que no puede eludir cualquiera que pretenda participar de una mejora en la sociedad. tarea difícil pero necesaria la de separar entre lo que es legal y lo que es bueno. Si no cuestionásemos nunca la ley, además de no producirse progresos sería como afirmar implícitamente que llegamos a la perfección, donde ya no hace falta cambiar nada. así es como piensan los llamados conservadores en nuestra sociedad: se resisten al cambio, generalmente al cambio que nivela las diferencias, las enormes diferencias tanto de oportunidades como de ingresos y beneficios. Pero cuidado con esa palabra, cambio, porque depende de la dirección a la que pretendemos ir. En el ejemplo concreto de la desobediencia civil, siempre se tuvo cuidado de hacerlo a favor de desprotegidos, marginados y de la ampliación de derechos para todos y no para las partes. Lamentablemente, muchas personas no pueden entender -o no desean comprender, o tal vez les cuesta mucho- que algunas cosas de nuestra sociedad son amparadas por las leyes, pero no deberían ser admitidas.
Un caso histórico es el de Rosa Louise McCauley, conocida por su nombre de casada Rosa Park: el 1 de diciembre de 1955 se negó a ceder el asiento a un hombre blanco en el ómnibus e irse al asiento del fondo, lo que le valió la cárcel; ella no fue la primera en plantarse ante una legislación absurda, pero sí fue la que provocó la reacción en cadena.
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La ley habitualmente favorece a los más poderosos de una sociedad porque, como reza el dicho: “La regla de oro: el que tiene el oro, hace las reglas”. Este principio explica por qué las acciones no éticas de los que detentan el poder se consideran legales; por ejemplo, los intereses usureros de bancos internacionales, la depredación de algunas naciones sobre otras desprotegidas, las invasiones y asesinatos en nombre de guerras provocadas… Todo ello puede ampararse en la ley, justamente porque los que hacen esas acciones hacen -o mandan hacer- las leyes que los amparen. A todo esto falta agregar que estas personas inmorales no podrían hacer sus perversiones de no contar con una numerosa masa de personas que, aún siendo los sometidos, los defienden. O por su inacción e irresponsabilidad no intervienen, con excusas absurdas como “la política no me da de comer” o, la más ridícula de todas, “soy apolítico”.

La ley y el hombre
Si de antecedentes se trata, podemos recopilar una enciclopedia al respecto. Pero basta poner como ejemplo histórico-religioso a Jesús. Su filosofía, si me permiten llamarla así, tenía como uno de sus ejes la reflexión sobre la ley, idea que puede resumirse en la frase “la ley está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la ley”.
Él pregonaba y actuaba en consecuencia, incluso contraviniendo muchas leyes como la de cortar espigas para comer un sábado (cosa no permitida en su época), enseñando así que la ley es “letra muerta” que requiere interpretación. Esto lo tiene bien en claro el mundo jurídico actual, pero además esa interpretación debe ir en dirección al bien del hombre. Si está prohibido ayudar, entonces se debe hacer lo prohibido. Por eso curaba en sábado. A veces pareciera que a propósito, pero al mismo tiempo instaba a atenerse a las leyes en determinadas circunstancias.
Doy por descontado que las leyes deben cumplirse, que organizan nuestra sociedad, pero ese “debe” es un condicional evaluado por la reflexión, el pensar en los demás, la conciencia de que no todos tienen las mismas oportunidades y que, como dijimos, teniendo en cuenta que muchas leyes son presionadas por lobbies internacionales para favorecer a esos pocos. Y luego alabadas por medios de comunicación interesados, que buscan que con nuestra ingenuidad las defendamos, aún cuando nos hacen mucho daño.

Siglos de obediencia
Pasaron muchos siglos y la historia humana sigue fluyendo mal que le pese a Francis Fukuyama, que afirma que la lucha entre ideologías ha concluido y ha dado inicio a un mundo basado en la política y economía de libre mercado. Postura que invita claramente a abandonar el mundo humano en brazos del injusto mercado. Como dice Thoreau, invitando a lo opuesto: “Estimo que debiéramos ser hombres primero y súbditos luego. No es deseable cultivar por la ley un respeto igual al que se acuerda a lo justo. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en todo momento lo que considero justo. Se dice con verdad que una sociedad mercantil no tiene conciencia; pero una sociedad de hombres concienzudos es una sociedad con una conciencia. La ley jamás hizo a los hombres un ápice más justos y, en razón de su respeto por ellos, incluso los mejor dispuestos se convierten a diario en agentes de la injusticia”.

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