Nota publicada en la edición Nº 86 de El Barrio, mayo de 2006.

Julio Cozzi es una gloria del Club Atlético Platense que lució su estampa alta y delgada de arquero en la década del 40. También pasó por el fútbol colombiano pero, hombre sensible, se emociona hasta las lágrimas cuando recuerda un partido con los muchachos de Saavedra, su barrio. “Una vez volvimos de pescar con un amigo y fuimos a ver un partido en la canchita. A uno de los equipos le faltaban dos jugadores. Yo entré a jugar y tuve la suerte de atajar un penal. Ganamos 1 a 0 y salimos campeones. Todavía guardo un trofeo chiquito. Ese fue el mejor penal que atajé en mi vida”, reconoce Cozzi.

El arquero calamar le atajaría penales a varias figuras de la época, pero eso lo dejaremos para más adelante. No es cuestión de andar apurados. Tenemos tiempo. La conversación se desarrolla en las oficinas de la familia Sapienza y Juan Carlos, el anfitrión, trae café y medialunas. Cozzi agradece pero no toma nada, porque “ya desayuné en casa y hasta el mediodía no pruebo bocado”. El cronista acepta el convite. Es una picardía dejar que se enfríe un pocillo de café. En esas cosas estábamos cuando llegó el fotógrafo del periódico. “Tome tranquilo mientras me sacan las fotos”, sugiere Cozzi y se presta sin reparos a los pedidos del paparazzi.

Luego de los flashes se reanuda la charla y viajamos a la infancia, esa patria chica que todos llevamos en el corazón. “Yo nací el 14 de julio de 1922 en Crámer y Bebedero, cerquita de la vieja cancha de Platense. Toda mi familia era hincha fanática. Mi papá, que se llamaba Juan, era el intendente del club y cuando iba a comprar clavos a la ferretería de Republiquetas y Crámer el dueño no le quería fiar porque el club le debía plata. Entonces él le decía al ferretero que pusieran ese gasto en su cuenta”, relata Cozzi con orgullo.

Cuando Don Julio era un purrete lo llevaron al predio de Manuela Pedraza y Crámer, esquina inolvidable para los hinchas del tablón. “Para que la gente no viera los partidos sin pagar la entrada ponían un lienzo y después colocaron chapas. Había una tribuna techada que daba sobre Crámer”, explica Cozzi, quien tiene ganas de hablar y busca en su memoria formaciones de equipos que recita con precisión. “Me acuerdo mejor de los jugadores de antes, como el arquero Sebastián Gualco”, sonríe. De los actuales le gustan Gastón Sessa y Sergio Agüero.

Cozzi debutó en la primera de Platense en 1941, cuando tenía 18 años, oportunidad en la que le ganaron a Atlanta 2 a 0. Pero su acercamiento al club fue en diciembre de 1937. “Me engrupieron para llevarme, porque me daba vergüenza. Me dijeron que era un amistoso y les faltaba el arquero. Ahí arranqué y pasé por la sexta categoría, la quinta y salimos campeones con la cuarta”, detalla. Cozzi está sentado en un sillón y apoya su espalda contra el respaldo. Sus manos descansan sobre sus rodillas y mira a un punto indefinido en el espacio de la habitación.

De pibe comenzó a practicar fútbol en El Tábano. “Me vino a buscar Pío, que era delegado del Club Tren Mixto. Tenía 12 años y jugué con Juan Carlos Echeverría y el negrito Sánchez, que vendía maníes en la puerta de Platense”, rememora con entusiasmo. En esa época también practicaba basquet y eso lo ayudó a tener fuerza en los brazos, a pesar de su delgadez. “El día que debuté en Platense, el aguatero -que se llamaba Gorro– le dijo al presidente, conocido como El Inglés, que me iban a poner. El hombre se asustó porque pensaba que me iba a quebrar por mi contextura, ya que era delgado y alto. Esa tarde ganamos y nos salvamos del descenso”, rememora.

Su etapa internacional

“Para cualquier jugador, vestir la camiseta de la Selección Nacional es el máximo anhelo al que puede aspirar”, dice con conocimiento de causa. Cozzi salió campeón del Torneo Sudamericano de 1947, que se jugó en Ecuador. “Sólo me hicieron tres goles”, aclara. También estuvo a las puertas de integrar el seleccionado que participó del Mundial de Suecia. “Julito, mirá que vas a Suecia”, dice que le aseguró el relator José María Muñoz, pero Cozzi no se hizo muchas ilusiones. “Yo le dije que me lo iba a creer una vez que estuviera en Europa”, cuenta. En efecto, por cuestiones internas viajó un dirigente en su lugar y, en verdad, se salvó de participar de uno de los mundiales más ingratos para nuestra Selección, que perdió de manera catastrófica.

En 1950 Boca Juniors acercó una oferta por el arquero calamar, pero la comisión directiva rechazó la propuesta y el jugador emigró a Colombia. Fue fichado por Millonarios de Bogotá. “Me hicieron debutar enseguida, para que la gente me vea. Yo estaba sin ritmo y me gritaban de todo para que me fuera. Por eso me sentí muy mal. Gracias a Dios, mi señora Nélida me ayudó a sobrellevar el mal momento. Me empecé a entrenar y en un partido muy difícil me sacaron en andas porque fui la figura. Guardo los recortes de los diarios, donde me llamaban El arquero del siglo”, afirma. Julio atajó para los colombianos durante cinco años y salió campeón cuatro veces con la valla menos vencida. Durante su etapa en el exterior se sintió muy cómodo, porque “si uno está bien consigo mismo está bien en cualquier parte”.

En esos tiempos la vida política estaba convulsionada por la existencia de grupos guerrilleros. “Una vez veníamos de jugar un partido en unos coches que formaban una caravana y de repente salieron del camino los guerrilleros y nos obligaron a parar. Tenían fusiles y nos hicieron bajar. Estaban Alfredo Di Stéfano y Adolfo Pedernera, entre otros. Los guerrilleros se dieron cuenta que éramos del Millonarios y nos dejaron seguir tranquilos”, señala.

Julio se acuerda de los últimos faroles a querosene que iluminaban la zona donde en la actualidad se levanta el Barrio Mitre. Y de un anécdota para fanáticos del fútbol que tiene que ver con el pase de un jugador de Deportivo Saavedra a All Boys. “Ojo que estoy hablando del All Boys que juega en la Primera B. El jugador era un puntero izquierdo que se llamaba Acri. Fue un acontecimiento enorme en aquella época”, explica. De pibe Julio seguía al Deportivo Saavedra por todos lados.

“Ibamos en un camión que se usaba para el reparto de verduras. El dueño era Draco y lo lavaba los sábados; mi papá ponía en la caja dos bancos de madera para que viajásemos sentados. Un señor que se llamaba Barrile tocaba la verdulera. En la cancha del Canal San Fernando, cuando alguien pateaba fuerte, la pelota iba a parar al río. Al terminar el partido se ponían caballetes con tablones de albañil forrados en papel blanco y los locales servían sándwiches con bebidas sin alcohol y nos invitaban a nosotros, que éramos del equipo rival. Como el tercer tiempo que se usa en el rugby. Se ganaba o se perdía pero sin problemas, porque existía la camaradería”, destaca Cozzi. Ese vínculo respetuoso y cordial entre rivales suena lejano y extraño si nos remitimos a nuestros tiempos violentos, con hinchadas que pasaron de la cargada tolerable a los golpes y los tiros. “Ojalá que se pueda retomar esa costumbre”, suspira.

Diabluras de un calamar

“En 1957 jugué en Independiente y de cinco penales ataje cuatro. Uno a Omar Oreste Corbatta. El partido estaba empatado, le agarré la pierna a él y fue penal. En una revista había dicho que iba a hacer un gol, tomó la pelota y la besó mirando a la hinchada de Racing. Vino corriendo y yo amagué para un lado, me tiré para otro y la atajé. Entonces le dije que le diera un besito a la pelota y me insultó de la bronca que tenía”, evoca. De esos logros deja para el final un penal con sabor a justicia. Ferro Carril Oeste una vez lo mandó al descenso a Platense en la cancha de Caballito. “Juré que si me tocaba ganar un partido a mí solo ese día lo iba a mandar al descenso a Ferro. Y, gracias a Dios, llegó la oportunidad. Integraba el Rojo y Ferro si empataba se salvaba de perder la categoría. Nosotros ganábamos uno a cero, pero vino un penal a favor de los rivales. Atajé el penal y los mandé al descenso”, confiesa.

De Independiente guarda gratos recuerdos y hasta posee una carta muy elogiosa de las autoridades. “Ya estaba retirado y me llamaron del club porque había venido a jugar Millonarios de Colombia la Copa Libertadores. Me pidieron que les contase cómo eran los jugadores del equipo contrario. Fui al partido e hicieron un gol los colombianos. Les dije a todos que no se pusieran nerviosos porque Independiente iba a ganar, a pesar del mal momento. Y así fue. Toda la comisión directiva me abrazaba de la alegría”, revela. Julio también supo aguarle el grito de gol a Angel Labruna y se dio el gusto de jugar en la cancha de Barracas contra el músico Aníbal Troilo en un amistoso. “Te estoy hablando de hace muchos, muchos años”, dice como para ubicar al cronista.

Sin darnos cuenta hemos pasado un buen rato y el partido jugado en la cancha de la nostalgia se termina. A la hora de la despedida cabe la pregunta de rigor para saber algo más del ídolo.

-Don Julio, ¿va a ver a Platense?

-No quiero ir porque me pongo muy nervioso y me sube la presión -dice resignado.

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