Nota publicada en la edición Nº 96 de El Barrio, marzo de 2007.

En la década de 70, en terrenos cercanos al cruce de las avenidas General Paz y De los Constituyentes, se instaló un autocine llamado “Buenos Aires”. El predio se ubicaba dentro de lo que hoy es parte de Villa Martelli, partido de Vicente López. En aquel entonces, y por imperio de la Ley 12.336, las tierras de la sucesión “Saavedra-Zelaya” fueron expropiadas por el Poder Ejecutivo Nacional con el único fundamento de “evitar su loteo y convertirlas en reserva urbana para las generaciones venideras, valorando su importancia para la preservación de la salud y el bienestar de la población”.
Como antecedente de las irregularidades que rodean al ex centro de detención que funcionó en el Batallón 601 durante la nefasta época de la dictadura, cabe destacar que “a partir del año 1953 la fuerza militar comenzó a ceder espacios para otros fines: relleno sanitario de residuos domiciliarios, centros recreativos, viviendas para su personal, autocine, oficinas, laboratorios, etcétera”.
En el asunto que nos interesa, hemos mantenido un encuentro con Jaime Pocera, quien trabajó muchos años como operador del autocine. Este tenía su entrada por la Av. General Paz a través de un portón donde, en la parte superior, se había construido una estructura que soportaba la carrocería colorada de un auto, marca Ford Falcon. La curiosidad reside en que, según Pocera, se trataba de uno de los laterales del vehículo, al que -por supuesto- se lo había vaciado completamente. La idea de instalar un autocine nació de los señores PerticaroLococoSaragusti y Pill, dueños de innumerables salas tanto en Capital Federal como en la zona norte del conurbano.
En primer lugar se tuvo que preparar el terreno formando una especie de barranca con lomas desde la entrada hasta cerca de la pantalla, con un suave declive. La pantalla se apoyaba sobre una estructura de hierro y era de chapa, ya que la común de tela no hubiese aguantado mantenerse al aire libre. La sala de transmisión era de material, estaba ubicada sobre lo alto de la barranca que hemos comentado, contaba con dos proyectores de origen italiano y poseían una lámpara de 5.000 watts. Asimismo, disponía de un grupo electrógeno por cualquier emergencia. Para el sonido de la película que se proyectaba en un principio se instalaron dos sistemas de audio: uno era un parlante chico enganchado en un poste a la altura de la ventanilla -que se colocaba dentro del automóvil- y el otro era simplemente un cable que se conectaba a la antena, de modo que se escuchaba por la radio del auto en una determinada frecuencia.
Este último sistema no duró mucho tiempo, pues las instalaciones para su uso producían interferencias en las transmisiones del Batallón 601 y debió ser eliminado. El otro, el del poste, también tenía sus inconvenientes porque muchos asistentes, una vez finalizada la función, apurados para salir primeros, arrancaban el auto con el parlantito dentro, que en muchos casos terminaba por romper el vidrio de la puerta del coche. Un tiempo después se modificó el sistema y en vez de un cable se colocaron alambres de acero. Igual se rompía el vidrio, pero al menos el parlante no se iba.

Al cine en chancletas
Las funciones comenzaban a eso de las 19.30 -en invierno a las 18- y finalizaban a la medianoche. Se proyectaba una sola película y los sábados, a la trasnoche, se pasaban filmes para mayores de edad. Es muy difícil determinar si el autocine funcionó como “Villa Cariño”. Las personas estaban dentro de su auto y no era del caso andar inspeccionando para ver qué pasaba. Además, todo funcionaba de otra forma y ¡eran otros tiempos! El autocine contaba con un servicio de restaurante y la clave era llamar a los mozos mediante una guiñada de luces. Entonces venía el mozo, se hacía el pedido y luego lo traía al auto. Por supuesto, los mozos caminarían toda la noche…
La concurrencia al autocine era formidable. Hubo casos, me han comentado, que se llegó a hacer una cola de autos de ocho cuadras. Claro, agregaron estos conocidos, “lo bueno es que vos podías ir como estabas en tu casa. En chancletas, por ejemplo, o en shorts”. El autocine contaba con un administrador, cinco o seis acomodadores (de los autos, por supuesto) y cuatro boleterías atendidas por personal femenino. Muchas veces llegó a inundarse a causa de que el arroyo Medrano, que venía desde el partido de San Martín, elevaba su nivel. Al llegar al cruce de la Av. de los Constituyentes, atravesando parte de Villa Martelli, este curso de agua ingresa entubado al barrio de Saavedra para desembocar en el Río de la Plata.
Por supuesto, el autocine “Buenos Aires” hacía su propaganda en los diarios y venía gente de San Martín, Munro, Villa Martelli y, especialmente, vecinos de Villa Urquiza y de Saavedra. La primera película que se proyectó -según manifiesta Pocera- fue La novicia rebelde, con gran éxito de asistentes. La verdad es que el tránsito en la Av. General Paz se congestionaba bastante porque solían detenerse los coches, pero igual no podían escuchar el sonido. Un buen día, hablamos de fines de la década del 80, el autocine finalizó sus actividades. La razón más convincente es que los integrantes de la sociedad consideraron que ya el negocio no brindaba las ganancias que esperaban. La última profecía fue la película final.
En aquellos años existían varios autocines en Buenos Aires: los más conocidos eran el “Panamericano”, ubicado en la bajada de la ruta Panamericana y Mariano Pelliza, y el de la Ciudad Deportiva de Boca. Pocos años antes se había instalado un autocine en el Supermercado “Todo”, ubicado en la calle Empedrado esquina Artigas, en Agronomía, que tenía la característica de estar sobre la terraza del local y al que se llegaba por medio de una rampa bastante difícil de subir con el auto.

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