La plazoleta que se extiende desde Roosevelt hasta casi las vías del Ferrocarril Mitre es uno de los lugares más fascinantes que tiene Coghlan. Se trata de una especie de cul-de-sac, rodeado de una gran vegetación, que junto al empedrado y un entorno arquitectónico armónico crean un clima que invita al regocijo de los paseantes.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

Haciendo un recorrido por algunos blogs en Internet, me topé con un sitio muy particular que llamó mi atención. Allí se mencionaba un largo listado que, de forma caprichosa, designaba cuáles eran las ciudades más bellas del mundo. Digo caprichosa debido a que no se usaba ningún parámetro para justificar ese registro. Más bien se emplearon fotos impactantes de muchos edificios popularmente conocidos que nunca dejan de atraernos, como por ejemplo la torre Eiffel en París, la Plaza San Pedro en Roma, la iglesia de Santa Sofía en Estambul y otros paisajes que no pasan desapercibidos a nuestros ojos, pero que no en todos los casos justifican la belleza de una ciudad.
La lista, además, incluía dos ciudades, que sí me sorprendieron. Una es Marrakech -Marruecos- y la otra es Hanoi, en Vietnam. Me asombró la presencia de esta última, ya que debemos recordar que hace unas pocas décadas esa tierra había sido arrasada por una cruenta guerra. Sin duda, cuando uno ve el largo registro de ciudades, instintivamente trata de buscar al lugar en el que uno vive. Y, aunque no era de extrañarme, Buenos Aires no se encontraba allí. A pesar de que nuestra ciudad no pasó por un conflicto bélico, los desaciertos a lo largo de los últimos 50 años hicieron que gran parte de la metrópoli perdiera su encanto.
Debemos tener presente las profundas heridas que dejaron las trazas de las autopistas, tanto las construidas como las que no llegaron a concretarse, ya que estas últimas causaron un reguero de demoliciones a lo largo de la ciudad: manzanas enteras se transformaron en hediondos baldíos. Por otro lado, también sabemos lo poco que se han valorado un sinnúmero de edificios de valor patrimonial que terminaron bajo la piqueta. Y a esto hay que sumarle muchas construcciones de baja calidad que se vienen realizando desde hace largo tiempo en nuestra metrópoli.
Como para dejar en claro que esto no es una mera fantasía de este cronista, recomiendo leer dos libros importantes escritos en estas últimas décadas donde están reflejados varios de estos problemas. Uno de ellos es Mí Buenos Aires Herido, del arquitecto Juan Molina y Vedia; y el otro Buenos Aires a la deriva, de Max Welch Guerra. Aquella frase célebre de Borges -“no nos une el amor sino el espanto”- en nuestra ciudad es algo que cada vez se hace más real.
Ahora bien, como alguna vez hemos analizado, la belleza de un lugar es algo bastante subjetivo y va más allá de la enumeración a través de fotos o vistas aéreas impactantes. Sabemos que influye más de un factor social y cultural para poder determinar la riqueza que tiene un sitio.
Siempre que intento esbozar un análisis de un rincón de una ciudad, preferentemente acudo al libro El paisaje urbano, del famoso arquitecto y paisajista inglés Gordon Cullen. Él nos muestra que un bello lugar está compuesto por las cosas cotidianas y simples. O sea que a través de un buen paisaje urbano, sin tener que ser un espacio majestuoso, se puede aportar una buena dosis de goce. Como también señala Cullen, una ciudad es un diagrama de trabajo sobre papel en un medio viviente tridimensional para seres humanos, que debe satisfacer a quienes viven y trabajan en él o simplemente lo contemplan.

El patrimonio porteño naufraga
Ante todo vale aclarar que, si bien Buenos Aires no figuraba en el informe antes mencionado, no hay duda de que nuestra ciudad posee atractivos indiscutibles y paisajes urbanos y arquitecturas que poco tienen que envidiar a otras urbes del planeta. Pero prestemos atención a una serie de medidas que desde hace décadas se vienen tomando en la ciudad, que en muchos casos surgen de intereses especulativos y que poco favorecen al embellecimiento de la metrópoli.
Cuando hacemos un cronograma de los desaciertos hechos en estos últimos tiempos podemos enumerar a la reducción de los espacios verdes, la demolición de edificios de valor patrimonial (protegidos por ley), la ruptura del paisaje urbano en distintos barrios y la nueva modalidad de cambios de monumentos de un lugar a otro como piezas de ajedrez (el caso de la escultura de Cristóbal Colón, por ejemplo).
Sin duda todo esto sirve para que empecemos a reflexionar, ya que Buenos Aires cada vez tendrá menos oportunidades de mantener su belleza si se le sigue faltando el respeto a su identidad a casusa del beneficio de unos pocos. No me imagino a un alcalde parisino tomando la determinación de trasladar alguna escultura del Jardín de las Tullerías a otra parte de la ciudad o mover la columna de la Plaza Vendome por mero capricho, como sucede con mucho de nuestros gobernantes. Obviamente todas estas críticas tienen un sentido constructivo, no sólo para poner en conocimiento al vecino de lo que nos está pasando sino además para que nuestras autoridades puedan rever que en muchos casos lo que se está haciendo es erróneo.
Entonces la pregunta que nos tenemos que hacer, y que nuestros gobernantes deberán revisar, es por qué hay que dejar solamente en manos de los desarrolladores privados el futuro de la ciudad. Hoy la participación ciudadana sólo existe en los papeles, porque el vecino es llamado simplemente para la foto o para mirar cómo cortan la cinta de inauguración. Aunque, por suerte, los propios ciudadanos son los que toman la determinación de convocarse para manifestarse y luchar en contra de varias medidas que vienen avasallando a nuestros barrios.

Un boceto de ilusión
Más allá de todo lo antes dicho -críticas y demás observaciones que pueden parecer muy injustas- la idea es intentar de trasladar al lector una mayor concientización sobre los valores urbanos y arquitectónicos que tiene Buenos Aires, que son muchos y muy bellos. Ahora dejemos de lado los edificios y lugares del centro porteño bien conocidos y admirados por los visitantes. Apartémonos de lo que es Puerto Madero, Recoleta o Palermo Chico. Incluso alejémonos de las escenografías de La Boca, Palermo Soho y Hollywood y vayamos a la esencia de nuestros barrios, a aquellos lugares llenos de historia y ambientación no disfrazada. Esos sitios que no figuran en ninguna guía de turismo, pero que muestran la naturaleza de nuestra Capital Federal.
Como deja entrever Cullen, digamos que la ciudad se va haciendo de pequeños espacios, de rincones distintos, donde importan los detalles y la suma de sus componentes. Son como bocetos de ensueño; allí no son necesarias ni la monumentalidad, ni el esplendor, sino el regocijo por lo distinto, lo armónico, lo que nos ayuda a recrear la vista.
Un desnivel, un cambio de solado, alguna calle que se corta, un rincón con una fuente, un pequeño mirador, un arbolado colorido y otras tantas situaciones pueden ser mucho más trascendentales que una mega-arquitectura que se manifiesta descollante.
Ahora bien, ya sabemos de la belleza de la avenida Melián, del bulevar San Isidro Labrador, del Parque Saavedra y de otros tantos lugares de nuestros barrios. Pero en esta oportunidad quiero destacar un pintoresco rincón de Coghlan que muchas veces pasa desapercibido hasta para algunos vecinos. Estamos hablando de la pequeña plazoleta que va desde Roosevelt y Estomba hasta casi las vías del Ferrocarril Mitre, un lugar donde verdaderamente se vive distinto. El sendero invita a entrar a ese estrecho mundo de árboles con un solado de granitullo, que se cruza con la traza del tren.
En el lugar se forma una especie de cul-de-sac, palabra francesa de traducción literaria que significa “culo de bolsa”. Este término se emplea cuando nos referimos a una calle sin salida, aunque en este caso ese punto muerto fue transformado en una elegante plazoleta. Al atravesar la plazuela da la sensación de traspasar el jardín de las casas linderas, ya que tiene la singularidad de que algunas de las viviendas tienen salida directa a este espacio. Aquí lucen hermosas especies arbóreas y un camino de empedrado que remata en un mástil, embelleciendo este escondido rincón de Coghlan.
Cicerón decía que el vuelo de una mariposa puede cambiar el mundo. Son las pequeñas cosas las que transforman nuestro universo.

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