Henrik Lundorff es danés, politólogo y especialista en urbanismo y movilidad. Llegó hace cinco años para hacer un intercambio universitario y se enamoró del país. Además conoció a una joven con la que se casó y convive en el barrio. Promotor de políticas públicas que fomentan el uso de la bicicleta, reflexiona sobre la instalación de nuevas bicisendas en la Comuna 12, plantea modificaciones a la red de transporte público y se sorprende por la falta de matices que existe en la sociedad argentina.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

“Hola, amigos de El Barrio. Mi nombre es Kike y vivo en Villa Urquiza. Trabajo en temas de urbanismo y leí con mucho interés la nota que publicaron sobre las bicisendas y los ciclistas. Hay cuestiones y planteos que no comparto, pero hay otros que sí entiendo. En lugar de recurrir a la típica pelea de Twitter, pensé que sería interesante organizar en conjunto una charla abierta en algún lugar del barrio para debatir sobre estos temas. ¿Qué les parece?”.
La última columna de El fiscal de las calles, titulada “De ciclistas, bicisendas y otras yerbas”, tocó una fibra sensible de los vecinos de la Comuna 12. Es que la inclusión de la bicicleta en la vía pública porteña divide aguas entre quienes la rechazan con énfasis y los que militan el uso de este medio de transporte. En el segundo grupo se encuentra Henrik Lundorff, politólogo oriundo de Dinamarca, que es vecino de Villa Urquiza y tiene una historia muy particular para contar.
En 2014 fundó Viking Bike Academy, organización que brinda talleres sobre mapeo colectivo, educación vial para niños y asesoramiento sobre políticas de movilidad sustentable. A diferencia de los activistas locales, que salieron a criticar la nota de Sergio Calandra en las redes sociales, el danés optó por mostrar con respeto su disidencia y se ofreció a venir a la oficina del periódico para exponer su opinión. Al margen de su amplio conocimiento sobre la materia, nos encontramos con un personaje pintoresco, digno de retratar en una nota.

Pedalea dos horas por día -una de ida y otra de vuelta- hasta su trabajo en Puerto Madero. Otra buena opción es repartir el viaje con el tren.

Fútbol, vino y amor
Kike, como lo apodaron en la escuela, nació hace 30 años en Thisted, una pequeña ciudad al norte de Dinamarca con alrededor de 15 mil habitantes. Llegó a Buenos Aires en febrero de 2013, mientras cursaba una maestría en Ciencia Política en su país. Tenía la oportunidad de hacer un intercambio universitario por seis meses y no dudó en venir a la Argentina. “Me interesaba estudiar la dictadura y el peronismo -explica-. Justo coincidí con una corriente de izquierda en Latinoamérica y era interesante ver de qué se trataba. Además ya conocía Perú, donde viví por unos meses en 2009”.
Si bien inicialmente le complicó la rapidez con la que hablan los porteños, lo ayudó su conocimiento del idioma castellano, que había estudiado de chico en el colegio. Hoy en día ya maneja diversos modismos y expresiones del lunfardo, que se forjaron entre charlas con amigos de la facultad y partidos de fútbol, una de las costumbres que más le atrajo del país además del vino.
“Me enamoré de Argentina -dice entusiasmado-. Después de hacer el intercambio sentí que no me había llenado académicamente y decidí quedarme otros seis meses para conocer más la cultura. Hice dos pasantías y, en octubre de 2013, construyendo viviendas en La Matanza con la ONG “Un Techo”, conocí a una chica (Mariana Cagnoli) que también era voluntaria. De los 1.500 jóvenes que fueron a trabajar ese fin de semana nos tocó la misma casa y nos enamoramos. Es una muy linda historia”.
Kike se quedó hasta fin de año en el país y luego regresó a Dinamarca, pero no sería por mucho tiempo: el flechazo ya se había producido. Siguió en contacto por Whatsapp con Mariana y finalmente decidió volver a Argentina en agosto de 2014, “para ver qué onda con ella”. Tenía que terminar su tesis pero la podía hacer desde acá, mandando mails a su profesor. El amor fue más fuerte. “En ese momento no sabía que hoy iba a estar en Argentina, con trabajo, ya instalado y con ganas de quedarme más tiempo”, confiesa.
Kike se casó con Mariana, joven oriunda de Puerto Madryn, en octubre de 2015. Los avatares de la economía argentina hicieron que la pareja tuviera que arrancar el matrimonio de cero, casi sin ahorros: “Planificamos la fiesta para febrero de 2016 pero, después de la liberación del cepo cambiario, se agregó un 40 por ciento al presupuesto del salón y el catering -recuerda-. Este año, cuando el dólar pasó de 30 a 40 pesos, fue la primera vez que mi esposa me planteó la idea de irnos a vivir a Dinamarca. Justo habíamos renovado el contrato de alquiler y hacía meses que veníamos pensando en tomar un crédito para poder comprar nuestra casa. Gracias a Dios no lo sacamos, porque nos hubieran matado. En Argentina podés intentar hacer todo bien, pero no hay previsibilidad y creo que todos sufrimos esto”.
A muchos lectores les sonará descabellado que Kike quiera quedarse a vivir aquí, sobre todo teniendo en cuenta de dónde viene: un país desarrollado, próspero, estable, que según la ONU es uno de los tres más felices del mundo. Pese a todo, el entrevistado dice al borde de las lágrimas: “Crecí un montón acá. Estoy súper agradecido a Argentina porque me ayudó a acomodar algunas cosas en mi cabeza que nunca hubiera podido lograr en Dinamarca. Los argentinos son muy cálidos, muestran interés y afecto y me hacen sentir súper cómodo. Además tienen mucho humor, hacen chistes y tienen ganas de divertirse”.

Se casó con Mariana, oriunda de Puerto Madryn, en octubre de 2015. Viven en Villa Urquiza y comparten la pasión de andar en bici por la ciudad.

Vivir sobre dos ruedas
Henrik convive con su esposa en Juramento y Bucarelli, uno de los rincones más bellos de Villa Urquiza. “Amo el barrio -asegura-. Se nota que tiene un crecimiento fuerte, que hay que contemplar y controlar. Hay unas casas increíbles. Además me encanta Parque Chas, es hermoso. Con mi mujer siempre vamos a las ferias los fines de semana. Hay una en la Plaza Echeverría y otra por Combatientes de Malvinas y La Pampa, que es como una cooperativa. También me gustan mucho Agronomía y los Parques Saavedra y General Paz. Una de las cosas que me haría más feliz es poder trabajar por acá. El problema es que estamos obligados a ir al Centro”.
Kike pedalea dos horas por día -una de ida y otra de vuelta- hasta su trabajo en Puerto Madero y va a hacer las compras con una bicicleta de cargo, más larga y con una suerte de baúl para llevar las bolsas. Adoptó esta costumbre en su país natal, donde aproximadamente la mitad de los ciudadanos se mueve en bicicleta y también hay una notable injerencia del transporte público. El uso del auto particular está pensado únicamente para cuando hace falta.
“Promuevo la bicicleta porque tiene que ver con la cultura de Dinamarca -explica-. De chico fui a la escuela en bici y fue hermoso. Ahora estoy haciendo mi carrera en base a políticas públicas sobre movilidad, particularmente enfocadas a este medio de transporte. En Argentina se vendió a la bici como un divertimento para la chica de Palermo, que va con un peluche en el canastito a pasear por el parque el domingo, cuando en realidad es una solución de movilidad para todo el mundo: ricos, pobres, gordos, flacos, mujeres, hombres, niños y personas grandes”.
Kike observa en Buenos Aires un uso excesivo del automóvil: “Disminuye espacio para jugar y encontrarnos en el barrio, además genera ruido. Me imagino que hace muchos años se podía jugar en la calle y hoy eso se perdió”. Específicamente en la cuadra donde vive, percibe una anomalía en el tránsito. Así la describe: “Hay un montón de autos que congestionan la zona porque vienen de Triunvirato y, para evitar los semáforos y colectivos en Monroe, toman Juramento. Esto, a nivel urbanista, se llama tránsito parásito, porque es inducido por gente que quizás vive lejos pero genera congestión en una zona muy barrial. Es un lugar donde yo tendría que jugar en la calle con mis futuros hijos, pero no lo puedo hacer porque se convierte de facto en una vía rápida. Eso se soluciona colocando bolardos, que permiten llegar al vecino a su cochera pero evitan generar flujo inútil para el barrio”.

-¿Cómo se hace para que el parque automotor, que creció exponencialmente en el último tiempo, se estabilice o incluso disminuya?
-Yo lo comparo con el complejo militar-industrial estadounidense. Construyeron tanta maquinaria para la Primera y Segunda Guerra, con tanta gente dependiendo de eso como su fuente de trabajo, que en algún momento tuvieron que seguir haciendo guerras. Lo mismo pasa con los autos: hay tantos argentinos que trabajan en la industria automotriz que la economía se mide por la venta de autos y patentamientos. Se pensó como avance no sólo por el hito social de tener tu propio auto sino porque hay mucha gente que trabaja en talleres que dependen de eso. Obviamente esas personas necesitan un trabajo, pero también el número de autos en la calle tiene que disminuir de alguna forma. Si yo tuviera la respuesta a esta pregunta estaría mucho más tranquilo, porque es el gran desafío en todo el mundo. Mercedes, Audi, Peugeot, Renault son empresas con un montón de dinero e intereses, sin embargo no podemos mencionar una empresa de bicicletas que realmente tenga impacto.


-¿Está demostrado que, a mayor eficiencia del transporte público, disminuye el uso del auto?
-Hay que preguntarnos si queremos atraer gente al transporte público o empujarla. Hay mucha gente que, aunque haya asientos de seda y el mejor aire acondicionado en el subte, nunca va a dejar el auto. Entonces en algún momento tenés que complicarles un poco la vida para que elijan el transporte público o la bicicleta. No digo poner clavos en el piso para que pinchen las ruedas, pero por ejemplo establecer que cruzando Pueyrredon hay que pagar X dinero porque no conviene que ingresen autos al Microcentro. De hecho, ya se hicieron muchos avances en limitar los autos en el centro de la ciudad y volverlo un lugar más seguro para peatones y ciclistas. Ahora tenemos que pensar en la versión 2.0. Otro problema: estacionar en las calles del barrio es gratuito. Esto no desincentiva el uso del auto. De todas formas, que quede claro que hay una cantidad de viajes que sí tiene sentido hacer en auto, por ejemplo si tenés una familia grande o personas mayores o con discapacidad.

-Claro, nadie habla de desterrar el automóvil de la faz de la tierra. ¿Qué puntaje le pondrías al sistema de transporte público de Argentina?
-Es uno de los mejores de Latinoamérica, pero lo más llamativo es la falta de coordinación. En los colectivos no hay un ordenamiento. Si ves las líneas de colectivos, están compitiendo por tener los mismos trayectos, se entrecruzan entre sí y a veces no contestan a demandas básicas. Si estoy acá en Villa Urquiza, un día el subte no anda y quiero ir al Centro, puedo tomar el tren pero no hay ningún colectivo que vaya directo por Corrientes.

-¿Habría que rediseñar la red de transporte público?
-Para mí, sí. Imaginate tener un colectivo que vaya de la Estación Urquiza hasta el Obelisco y que luego vuelva por Córdoba. Lo que se hizo con el carril exclusivo por Córdoba está buenísimo, pero debería seguir hasta Álvarez Thomas. Sería genial tener más carriles exclusivos para el transporte público, porque con esto ganamos todos.

-Una muletilla que tenemos los argentinos es “No somos Dinamarca”. ¿Es tan así?
-Eso es lo que es tan doloroso. Todo el tiempo conozco gente que tiene educación, formación e ideas, sin importar el estrato social, la procedencia o el género. El argentino en general tiene la cabeza súper abierta pero a veces se autoboicotea por pelear con alguien que quizás opina un poco diferente. Eso no lo puedo creer. Por ejemplo con el tema de la bici: veo actitudes muy prepotentes tanto de los que la impulsan como de los que están en contra. Siento que todo es blanco o negro y las discusiones siempre terminan en pelea. Hay gente que se puso en contra de las bicisendas sólo por una diferencia ideológica con el Gobierno de la Ciudad.

Más bicisendas
De acuerdo con la Resolución 339/2018 de la Secretaría de Transporte, publicada el 27 de julio de este año, hay proyectadas nuevas bicisendas para la Comuna 12. En Saavedra (un tramo circula por Belgrano) habrá una en la calle Amenábar entre Echeverría y García del Río, lo que totaliza unas 17 cuadras. Partiendo desde Coghlan, también se instalarán bicisendas en Superí entre Tamborini y García del Río y, pasando el Parque Saavedra, desde Vilela hasta la General Paz (14 cuadras en total). Por otro lado, Villa Urquiza tendrá una en Miller entre Blanco Encalada y Manuela Pedraza (diez cuadras) y otra en Blanco Encalada entre Superí y Ceretti (unas 20 cuadras), casi llegando a la frontera con Villa Pueyrredon.

-¿Qué opinás de estos cambios? ¿Creés que el formato actual de bicisenda es el adecuado?
-Hoy hay calles sin nada o civlovías de un diseño en particular, pero hay más infraestructuras posibles para la bicicleta. La discusión no es “ciclovía sí o no”, sino que debe ser más amplia porque hay muchas soluciones para llegar a la meta: calles más tranquilas. Por ejemplo en Once y en Microcentro se instaló la llamada “calle de convivencia”. Se nivelan la vereda y la calzada, la calle queda más angosta y se baja la velocidad del auto, que no puede circular a más de diez kilómetros por hora. La bicicleta comparte la calzada con el auto y la calle queda prácticamente peatonal. Esto ayuda al peatón a cruzar, crece la vereda, hay más actividad comercial y la bicicleta se siente más segura. En Villa Urquiza existen varios lugares comerciales donde esto podría ser una buena opción. Por ejemplo se me ocurre en la salida del tren, en Monroe desde Triunvirato hasta dos o tres cuadras más.

En 2014 fundó Viking Bike Academy, organización que brinda talleres sobre mapeo colectivo, educación vial para niños y asesoramiento sobre políticas de movilidad sustentable.

-También hay que tener en cuenta la cultura e idiosincrasia de los países. Quizás todavía no estemos preparados para estos cambios. Por ejemplo, a pesar de haber bicisendas, hay ciclistas que circulan por la vereda o por la mitad de la calle.
-Pero eso es por una cuestión de seguridad o comodidad. Si tenés una ciclovía llena de baches y al lado un asfalto todo liso, ahí el ciclista se pregunta por qué lo empujan afuera de la calzada. Hay muchas calles en las que prefiero andar entre los autos porque es incómodo por donde en realidad debería circular. Es difícil mantener la ciclovía porque, con el tamaño que tiene, cuesta asfaltarla. Pensemos en otra cosa importante: ¿cómo arranca y termina un viaje en bicicleta? Con una bicicleta estacionada. ¡No hay anclajes! Fíjense la cantidad de bicis que están atadas a postes; no es seguro. El dueño de la bici queda descuidado y también se estorba el paso del peatón. Me pasó el otro día, cuando fui a un consultorio médico en la calle Bauness y no encontré lugar donde dejar la bicicleta. En algunos comercios ponen unas tiras de acero, que llamo “rompe-ruedas” y sólo sirven para publicitar el lugar. Por cada cuadra debería haber cinco anclajes.

-¿De qué se trata “Argentina en Bici”, el movimiento del que formas parte?
-Es un proyecto federal, con integrantes de todo el país, que intenta crear un lugar de encuentro y ser la voz de los ciclistas, para tener más injerencia en las políticas públicas. Cuando hay discusiones todo es blanco o negro: los ciclistas quieren prender fuego todos los autos y del otro lado exigen un ciclista modelo con casco y chaleco. “Argentina en Bici” existe para acompañar y mejorar las políticas públicas para la bicicleta. Si el lector quiere saber más, puede escribir a contacto@argentinaenbici.com.ar o buscarnos en las redes sociales.

-¿Hay una preocupación excesiva por la seguridad en el uso de la bicicleta?
-Sí. Andar en bici no es peligroso, es peligroso cuando te choca un auto, una moto o un colectivo. Si podés limitar o evitar ese peligro, no pasa nada. Miren los niños de cuatro años que andan a toda velocidad por el Parque Sarmiento. ¡Nunca caen! El equilibrio no se pierde nunca. Yo personalmente no uso casco, pero soy totalmente consciente de que si voy por Córdoba y Álvarez Thomas hay un riesgo y lo asumo. Pero no le digo a alguien que está empezando a andar en bici que haga lo mismo. Lo que quiero hacer entender es que el problema no es que el ciclista sea imprudente, sino que hay cosas que le resultan peligrosas al ciclista. En ese marco está bueno que se hagan ciclovías para que haya un lugar seguro para andar. Después se pueden debatir el diseño y la forma.

Si querés debatir con Kike el uso de la bici en la Comuna 12, acercate el lunes 19 de noviembre a las 15 al Museo Histórico Saavedra, Crisólogo Larralde 6309. En sus jardines se desarrollará -con entrada libre y gratuita- el taller “Por qué las bicicletas salvarán a los barrios”.

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