Nota publicada en la edición Nº 97 de El Barrio, abril de 2007.

La noche en el Complejo La Plaza estaba tranquila; como era lunes y los teatros no trabajan, el movimiento que se registraba era mínimo. Luego de un sinfín de desencuentros, acordamos que ese sería el punto de reunión con Alejandro Dolina para la demorada entrevista periodística. Ocurre que el creador de las Crónicas del Ángel Gris y conductor de “La venganza será terrible” está preparando una nueva obra de teatro. En parte por los ensayos, en parte por su desencanto mediático, la agenda se complicó más de lo previsto. Pero de tanto ir el cántaro a la fuente… el popular Negro recibió a El Barrio en la Sala Pablo Picasso. Sentado en una de las tantas butacas rojas que noche a noche llenan sus seguidores, nos dejó sus lúcidas miradas acerca del periodismo, la literatura, la radio y… el barrio.

-¿Qué se siente haber influido en casi dos generaciones de oyentes?
-En verdad yo no siento eso. Hemos hecho un programa durante muchos años y un grupo relativamente poco numeroso de personas lo ha escuchado. De ese grupo, una porción menos significativa se ha hecho eco de alguna clase de predilecciones. Más que eso no puedo decir. No creo, sinceramente, que el programa haya hecho mucha escuela.

-Sin embargo hay una huella. Cuando se aplica el adjetivo dolinesco para reflejar ciertas situaciones, ¿no tiene que ver con una marca registrada?
-Puede ser, pero tal vez ustedes apuntaban al hecho de haber generado una posta, una continuación de ciertas formas de pensar. Y yo eso lo veo en una pequeñísima escala. Las personas jóvenes -y particularmente los periodistas- tienen otros modelos que no son éste. No tienen mis hábitos de lecturas, que en el programa de alguna manera se prodigan. Tal vez yo tengo más llegada en otro tipo de carreras, como por ejemplo en letras o en alguna científica. A lo mejor sí pueda compartir algunos gustos con los alumnos, los psicólogos o profesores de letras. Con los periodistas casi no he visto eso.

-Si bien no vive ni vivió en Villa Urquiza, sabemos que algunas veces pensó en el barrio para sus obras, como en Bar del Infierno. ¿A qué se debe eso?
-Yo ando mucho por allí, mis hijos viven en Villa Ortúzar y muchísimas veces hemos ido a comer pizza a San Carlos o a comprar facturas en Triunvirato antes de llegar a Olazábal. Conozco muchísimo el barrio, mi primo vive en él y nos visitábamos. Conozco mucho sus calles, ese corredor entre Villa Ortúzar y Villa Urquiza que es Parque Chas. Es por esa razón que los tres barrios aparecen mencionados en mis cuentos. Suelo andar por Villa Urquiza y me gusta. De hecho paso por allí no menos de una vez por semana.

-¿Por qué un barrio que es frecuentado por cuestiones familiares podría ser escenario de una obra literaria?
-Porque reúne las condiciones indispensables. En algunos sectores del barrio todavía existen las relaciones interpersonales. Cuando se agotan esas relaciones el barrio desaparece. Por ejemplo, este lugar en donde estamos hablando es cualquier cosa menos un barrio. En el Centro o Recoleta la gente no se conoce, en Villa Urquiza sí.

-Un escritor que caminaba mucho los barrios era Adolfo Bioy Casares. Usted tuvo el privilegio de conocerlo y tratarlo.
-Sí, lo he tratado y tuve la suerte de que me profesara, para mí, una inexplicable simpatía. Guardo el recuerdo de su amabilidad, tal vez, como uno de los más importantes de mi vida. Es de las cosas más notables que me han sucedido.

-¿Tiene que ver este reconocimiento con que la sociedad literaria no le dedicó a usted la atención que su obra merece y Bioy sí lo hizo?
-No sé cuál es la sociedad literaria, pero parece que está compuesta por escritores que no tuve el gusto de haber leído. Los que yo he leído me honraron con su amistad, otros con su admiración y otro con su paternal simpatía. Los escritores que en algún reportaje oigo que no me han considerado no sé quiénes son realmente.

-¿A algunos puede molestarles que usted desacralice la intelectualidad?
-Yo no creo que desacralice la intelectualidad, al contrario. No simpatizo con ese personaje que algunos pintan sobre mi persona: el tipo que es un intelectual y un atorrante. Está bien que el intelectual sea un poco solemne o, si no quiere usar la palabra, que sea riguroso a la hora de elegir sus temas. Diría que estoy un poco harto de intelectuales con pasión futbolera. Porque lo que escriben se parece más a una crónica futbolística que a un ensayo. En este maridaje entre el fútbol y el pensamiento, pierde el pensamiento. Todo lo que se lee se parece al comentario posterior al partido del domingo que verdaderamente a un ensayo, con excepciones maravillosas, y en el relato de ficción ni te cuento. Fontanarrosa es extraordinario, pero estoy un poco harto que me cuente esa historia de la tribuna, de que estábamos perdiendo 2 a 1, lo escuché por radio ese cuento. Después te encontrás con gente que está leyendo eso y resulta que está interesado en el fútbol y no en la literatura. Si ya para el fútbol y lo popular hay tanta calle, dejen que los intelectuales se adiestren en lo arduo y difícil. Comentaristas de fútbol hay muchos.

-¿En esa sintonía podemos mencionar a los historiadores que tratan de novelar capítulos de la historia?
-No, porque sería lo contrario. Sería tratar de acercar asuntos nobles a la gente, siendo que la gente no está interesada en la historia. Pero en el caso anterior se trata de capitalizar el interés de la gente por el fútbol dedicándose el tipo que por ahí es un epistemólogo a cuestiones futbolísticas. Es un desperdicio.

-¿Sus preferencias literarias se frenaron en el tiempo?
-Estuvieron frenadas en el tiempo alguna vez y remedié semejante despropósito. En los últimos años estuve leyendo escritores contemporáneos. En general no he tenido suerte con los escritores de ficción sino con ensayistas o pensadores. Mi preferido, mi novio de estos tiempos, se llama Jorge Wagensberg, que es epistemólogo y estupendo escritor de Barcelona que relaciona el pensamiento científico con el pensamiento artístico con una increíble habilidad.

-Volviendo a Bioy, él decía que no le gustaban los reportajes porque sentía que eran la publicación de un borrador. ¿A usted le pasa lo mismo?
-Sí, claro, tiene razón. El reportaje es desprolijo, implica un pensamiento urgente, perentorio, deshilachado probablemente, sin plan. Pensar sin plan es como un oxímoron. El pensar es un plan, entonces suele uno arrepentirse al menos de la forma exterior que el reportaje reviste. En caso de Bioy, él era un hombre realmente muy tímido que necesitaba su tiempo para pensar, no era un buen orador y él lo sabía. Incluso a él le gustaba exagerar esa condición de timidez, modestia y temor a la improvisación. Yo creo que para evitarse algunos compromisos mundanos, para que no lo invitaran a dar charlas, pero un poco era así y otras personas con menos luces que él podían dar la impresión de mayor facundia en las mesas redondas o al contestar un reportaje. Yo estoy de acuerdo con él al tener temor a los reportajes.

-Siguiendo con los reportajes, usted presenció uno de los más brillantes de la radiofonía: el de Antonio Carrizo a Jorge Luis Borges…
-Sí. Junto al trato con Bioy es uno de los recuerdos más intensos de mi vida, primero porque eran pocos los que estaban autorizados a permanecer y yo era el único que no tenía nada que hacer allí. Todos los demás tenían alguna función y el único colado me parece que era yo. Estaba también Roy Bartholomew, que era el mirón que traía Borges, pero por lo menos lo acompañaba a Borges desde la casa, lo asistía en ciertas cuestiones de producción. Pero yo estaba por mi amistad con Antonio y su generosidad. Yo trabajaba por aquel entonces en Radio Rivadavia, era un empleado de la casa, no tenía ningún programa ni ninguna función artística y Antonio me permitió asistir a todos esos reportajes, que fueron muchos. Están grabados y se convirtieron en el libro Borges, el memorioso. Habremos estado allí unas veinte tardecitas que fueron inolvidables para mí. Porque ver a un hombre como ése en acción fue una de las experiencias más intensas de mi vida. He conocido gente admirable, pero ver a Borges pensando… Se le proponía que explicara línea por línea un verso, en verdad no que lo explicara sino que lo pasara por encima, y él lo hacía con gran habilidad ya que leía el verso primero y después contaba las alternativas desechadas y lo comentaba con un espíritu crítico. Esa actividad mental era algo digno de ser presenciado. Después tuve la oportunidad de escuchar opiniones que él no hacía pública sobre escritores y amigos de él.

-La escritura evidentemente concentra la mayor parte de su vocación, incluso como definición. ¿Ante todo se considera escritor?
-Sí, por varias razones. La radio es muy amable, un lugar muy grato, pero es muy fácil. Uno viene aquí, empezamos a improvisar y es fácil por definición, no necesita doble o triple lectura, no necesita un plan. Si uno es inteligente y se prepara, si uno tiene la destreza, el programa sale con facilidad. En cambio la escritura requiere de un gran esfuerzo. Con respecto al otro gran amor mío, que es la música, digo que puedo componer música popular con cierta solvencia pero no tengo allí la preparación que sí poseo para la escritura. Hecha esa pequeña cuenta, desde luego vendría a quedar la escritura como el asunto principal.

-Recién hablábamos de los barrios y de lo impersonal que se está volviendo esta ciudad. ¿La elección de Núñez como su lugar de residencia tiene que ver con eso?
-A mí me gusta esa clase de barrios. Yo vivo en un primer piso, pero no de un edificio de departamentos sino de una casa vieja. Creo que la propiedad horizontal es una verdadera desgracia, la gente ha sido manipulada para desear vivir en unos engendros que no tienen relación con una falta de espacio como ocurre en Tokio. Ver torres en Caseros, como yo he visto, es un verdadero despropósito.

Comentarios

Comentarios

http://periodicoelbarrio.com.ar/wp-content/uploads/2017/03/Dolina-150x150.jpg