Junto con su esposo José, fue la anfitriona de la calesita de la estación durante casi cuatro décadas. Al menos dos generaciones de chicos se treparon a los juegos del carrusel en busca de la preciada sortija. Las instalaciones dejaron de funcionar hace cinco meses y se encuentran en venta, a la espera de algún soñador que apueste por la continuidad de este tradicional pasatiempo.

Cerrada desde hace cinco meses, con su lona verde cubriendo autos, aviones y corceles, la calesita de Coghlan exhibe un cartel de venta colgado en una escalera abierta. El sombrío panorama se confirma al llamar al teléfono allí exhibido. No lo atienden Elvira ni José, sus dueños. La voz es la de uno de los hijos del matrimonio. “Mi mamá murió el 19 de noviembre del año pasado. Y mi viejo no tiene fuerzas para seguir adelante solo”, nos confirma con resignación.
Hace cuatro años el carrusel había vuelto a funcionar, luego de un parate obligado por las obras del viaducto de la Av. Monroe y una remodelación de las instalaciones. En una nota publicada por este periódico, saludábamos esa reapertura. José y Elvira Vázquez, un matrimonio de españoles residentes en Coghlan, adultos mayores, había llegado al oficio por casualidad. “Mi marido trabajaba en una fábrica de papel glacé y yo era costurera. En 1978, al enfermarse mi madre, necesitaba un trabajo con menor carga horaria y que estuviera cerca de nuestra casa. Así fue como decidimos comprar una calesita e instalarla en este predio, que para entonces estaba vacío”, recordaba Elvira.
En el camino para adquirir la calesita, José y Elvira tuvieron que caminar localidades remotas. “Habían puesto a la venta la del Parque Lezama, pero resultaba muy costosa para mi bolsillo. Y por eso, luego de buscar durante mucho tiempo, llegué a un aviso que ofrecía la vieja calesita de Burzaco a un precio muy bajo. La traje desde esa zona del sur del conurbano y la puse a funcionar. Al no tener rejas adecuadas que previnieran la inseguridad, era frecuente que tajearan el techo de lona y rompieran la luminaria. Una vez hasta prendieron fuego la casilla”, contaba José.
La primera calesita de Coghlan se había instalado en 1975, en el mismo lugar, pero su encanto duró hasta 1977. Un año después se inauguró la de Elvira y José, que giró por última vez en noviembre de 2016. La muerte de Elvira le puso puntos suspensivos a un paseo que hizo feliz al menos a dos generaciones de vecinos. Fueron casi cuatro décadas de giros de tres minutos, sortijas fáciles y caramelos masticables como bonus track, para asombro y felicidad de los chicos.
Ahora el silencio se apoderó de ese rincón de la estación, a la espera de algún soñador que apueste por el negocio de los viajes circulares a mundos imaginarios.

 

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