Dos décadas después de la publicación de “El anatomista”, novela que le dio prestigio internacional, dice conservar el espíritu del autor inédito. Fue dos veces vecino de Villa Urquiza y actualmente vive con su familia en el límite con Belgrano. En esta extensa entrevista habla de “El equilibrista”, su nueva obra, y cuenta cómo las caminatas por Melián lo ayudaron a reencontrarse con el psicoanálisis, su antigua profesión.

Por Tomás Labrit
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Corría 1995 y Federico Andahazi acababa de terminar de escribir El anatomista. Confiado de que tenía posibilidades de ser exitosa, fue a presentar la novela a una editorial que quedaba en Pompeya. Le comentó a la recepcionista que quería entregar su material pero la mujer, lejos de interesarse, poco menos tuvo que contener la carcajada.
En ese momento salía el editor general y Andahazi lo paró para mostrarle su manuscrito. El hombre, que empezó a retroceder mientras escuchaba la propuesta, se resistió a recibir el escrito y, a modo de justificación, lanzó: “No publicamos autores inéditos”. Como si Cervantes hubiese nacido con el Quijote editado bajo el brazo.
“Después de no mucho tiempo me lo volví a cruzar, cuando El anatomista estaba primero en ventas acá y en otros países -recuerda el autor, 20 años después-. Fue en un teatro, en una presentación de no sé qué cosa. Yo iba por un pasillo y él venía en sentido contrario. No había nadie más. Cuando me vio avanzar, miró para los costados y se escondió detrás de una columna. Lo fui a buscar y lo saludé. No soy una persona rencorosa, pero no pude dejar de disfrutar un poquito el momento”.
Como nunca más se supo de este hombre, le contamos, por si no se enteró, que Andahazi este año publicó un nuevo libro: El equilibrista (Editorial Planeta). Se trata de un compilado de textos dividido en cuatro bloques en donde despunta su póquer de grandes pasiones: la historia, la literatura, el psicoanálisis -su profesión inicial- y la sátira política.
“Lo que un escritor nunca tiene que olvidar es el lugar de autor inédito -reflexiona Andahazi-. Creo que la única forma de escribir con la misma libertad e impunidad es olvidándote de que tenés una editorial -más algún que otro lector- y trabajando como si eso que estás escribiendo nunca fuera a ser publicado. Esa posición subjetiva de autor inédito es la que te permite seguir avanzando. Los escritores que se quedan en su primer o segundo libro es porque justamente se olvidaron de eso. Pensaron que ya estaba todo asegurado y que, de ahí para adelante, no había nada que construir. Sigo siendo ese mismo autor que, sin ninguna certidumbre, se fue con un manuscrito bajo el brazo a una editorial y que lo rechazaron sin siquiera tomar el material. Cada vez que entrego un libro, tengo esa misma sensación”.

Héroes olvidados
En el primer segmento de El equilibrista, Andahazi bucea en lugares recónditos de la historia y reivindica a personajes trascendentales que pasaron increíblemente inadvertidos. Uno de ellos es Remedios del Valle, a la que llama “la Madre de la Patria”, que acompañó codo a codo a Manuel Belgrano en sus batallas. De hecho, perdió a su marido y a sus dos hijos y terminó en la miseria, pidiendo limosna en la recova del Cabildo. “Nuestra Patria no tolera tener una madre negra, pobre y honrada -señala Andahazi-. Esta mujer debería tener una calle, una estatua o algún recordatorio, aunque nadie sabe siquiera qué día nació o cómo se llamaba su familia. La historia cometió el crimen de no recordarla y eso es una injusticia imperdonable. Mostrar estos personajes que no sólo no nos enseñaron en el colegio, sino que nos ocultaron, es sentir que la literatura de alguna forma puede reivindicarlos”.

En mayo de este año, Federico Andahazi publicó “El equilibrista”, su última obra.

-En esa parte del libro hablás de San Martín y del dolor que le significó la muerte de Cabral. También de la pobreza de Belgrano. ¿Cuál es el prócer que te genera más admiración?
-Hay muchos y por diferentes razones. Por supuesto tengo una enorme admiración por San Martín. Viniendo un poco más en el tiempo, más allá de que uno pueda estar más o menos de acuerdo con algunos aspectos políticos, Sarmiento mostró una honestidad a toda prueba. Es más, cuando liquidaba sus gastos de viaje, incluía hasta las orgías. En lugar de poner “gastos reservados”, él mostraba cómo era su vida por Europa, lo que hablaba de la transparencia con la que procedía. También destaco la figura de Illia, que siempre tuvo la estatura de un prócer.

-Con el paso del tiempo, resulta cada vez más difícil encontrar estadistas o grandes líderes que vayan a pasar a la historia. ¿Se va apagando la llama?
-Sí, pero me parece que es saludable. En los países más adelantados del planeta (Suecia, Finlandia, Noruega) no hay ningún líder que sea demasiado famoso. Pero se destacan muchísimo por los avances en materia social, de libertades públicas e igualdad. Nosotros venimos de muchos siglos de monarquía, donde el gobernante era elegido por Dios, y eso impregnó a la política del personalismo. Después de la revolución francesa, el soberano pasa a ser el ciudadano, pero todavía el gobernante sigue teniendo esa investidura especial. Cuando uno piensa en los grandes líderes mundiales del siglo XX, están cargados de rasgos más bien negativos: Hitler, Mussolini, Franco, Stalin… A medida de que van evolucionando las sociedades, las personalidades se van diluyendo y el ciudadano-soberano pasa a tener mayor preponderancia. Creo que el proceso que se abrió en la Argentina hace un año y medio es justamente eso: nadie espera un líder iluminado y mesiánico que venga a salvarnos.

Fahrenheit 451
En el segundo bloque de su obra, titulado “Escritor en primera persona”, Andahazi revela las experiencias que lo forjaron en el oficio. Entre otras, habla de su pasión por las motos (en su casa atesora unas cuantas) y describe el día en que decidió dedicarse a la literatura. Fue el 24 de marzo de 1976, cuando su abuelo, que era editor y militante comunista, descubrió que la voluminosa biblioteca que tenía era muy peligrosa para su familia. En la madrugada posterior al golpe militar decidió bajar los libros de los anaqueles, los cruzó a un terreno baldío -en Ayacucho entre Corrientes y Sarmiento- y los prendió fuego.
“Vi esa escena desde el balcón y me prometí que algo tenía que hacer. Hoy, cuando termino de escribir un libro, tengo por lo menos la ilusoria sensación de estar devolviéndole un ejemplar a esa biblioteca”, confiesa su célebre nieto. También destaca la influencia que tuvo Osvaldo Soriano y relata viajes y encuentros con otros escritores, como Gabriel García Márquez, además de anécdotas con su amigo Roberto Fontanarrosa y más vivencias que lo fueron formando primero como lector y después como autor. “Más allá del reconocimiento, lo más valioso es la relación que uno establece con los lectores”, sentencia el también autor de, entre otras novelas, Errante en la sombra, El conquistador y Los amantes bajo el Danubio, además de la célebre tríada Historia sexual de los argentinos.
La tercera parte de El equilibrista está dedicada al psicoanálisis, su primera profesión. Andahazi se graduó en la Universidad de Buenos Aires y ejerció durante poco tiempo, a la par que escribía sus primeros cuentos y relatos. En su momento trabajó en los hospitales Alvear y Tobar García, pero tras la publicación de exitosa de El anatomista, que se tradujo en lugares tan lejanos como Finlandia, China o Japón, tuvo que abandonar esa faceta.
“Hace poco me reencontré con mi profesión de una manera bastante particular -relata-. Me gusta mucho caminar por Belgrano, Villa Urquiza y Coghlan. Me sirve para pensar y acomodar las ideas antes de escribir. Venía caminando por Melián y me detuve a elongar en un árbol, porque estaba medio acalambrado. Una mujer, con la cual me cruzaba todos los días, me comentó que había leído varios de mis libros y me pidió que la analizara. Yo le respondí que no tenía tiempo pero me dijo que era mentira, porque siempre me veía caminando un par de horas por día. “¿Por qué no me analizás mientras caminamos?”, me propuso. Y acepté.

El escritor mantuvo una larga charla con El Barrio en su casa de Belgrano.

-Vendrías a ser una suerte de psicólogo y preparador físico…
-Yo venía pensando en ese tema desde varios puntos de vista. Durante la mayor parte de su existencia, el ser humano fue nómade. Cuando se quedó quieto -hace muy poco tiempo- y estableció la agricultura y la ganadería, le surgieron tres problemas: se volvió obeso, codicioso y neurótico. El caminar es constitutivo del hombre y lo predispone de otra forma a hablar. Por otra parte, cuando Aristóteles funda la escuela peripatética concibe al conocimiento en el acto de caminar y conversar con sus discípulos. La caminata está completamente asociada al conocimiento. Y es lógico, porque es pensar en el mundo y no abstraerse y encerrarse. En un consultorio, vos encerrás al paciente y lo aislás de su medio. Esa privacidad tiene sentido en la medicina, porque el paciente se tiene que desvestir, pero en el psicoanálisis no. Por ahí una fobia te llevaría varios meses descubrirla, pero cuando salís a caminar con el paciente lo ves proceder, cómo cruza las calles, si se asusta con los perros y podés ver sus tendencias fóbicas. Es impresionante cómo los pacientes se pueden desembarazar de un montón de cosas con el sólo acto de caminar. Además de hacer ejercicio físico, la caminata libera una cantidad de endorfinas que facilitan muchísimo la conversación. En los días de lluvia prefiero cancelar la sesión; pierde sentido estar en el consultorio.

Es una metodología de terapia inédita que Andahazi llama “Psicódromo” y que recorre, entre otros paisajes del barrio, la avenida Melián y la Estación Coghlan. En el programa que integra en radio Mitre (Le doy mi palabra, conducido por Alfredo Leuco), los viernes desarrolla una sección en la que responde consultas de oyentes. Fobias, TOC, ataque de pánico, amor y matrimonio son algunos de los temas que más inquietan a los pacientes radiales. “Trato de reflexionar, desde la psicología, sobre cuestiones tan corrientes y extrañas a la vez. Los seres humanos somos entes bastante extraños”, dice.

La kryptonita de los políticos
Por último, la cuarta faceta que Andahazi despliega en El equilibrista es el sátiro político, un género literario casi en extinción que tuvo su apogeo con Caras y Caretas, Satiricón y Humor, entre otros clásicos editoriales. “Cleptopatra”, la arquitecta egipcia, y “Kirchnerstein” son algunos de los personajes creados entre la realidad y la fantasía. “La única forma de entender y afrontar la política en este país es desde el humor -sentencia-. Los políticos pueden soportar juicios, difamaciones y escraches, pero no toleran la sátira. Se perciben a sí mismos como próceres, creen que su destino es la gloria y la posteridad, pero cuando les mostrás lo que realmente son no lo soportan. Podés decirles que son corruptos, pero si te reís de ellos se descolocan. La kryptonita verde de los políticos es el humor y la sátira. Es una forma saludable de perderles el respeto”.

-En el libro planteas que el político argentino comparte la esencia del conquistador: el saqueo. ¿Estamos condenados a una dirigencia corrupta?
-Los primeros conquistadores que llegaron a América vinieron a saquear los templos con oro para llevarlo a España y creo que lamentablemente quedó instalada esa matriz. Los políticos, en vez de llevársela a España, se la llevan a su casa o a las Islas Seychelles. Afanan todo lo que pueden en cuatro años. Cuando ves que tiran bolsos por los muros de los conventos o la cantidad increíble de guita que están contando en La Rosadita, te das cuenta de que los tipos vienen a saquear. Dejan el campo completamente yermo.

-Cuando Macri asumió la presidencia prometió más transparencia, pero en su Gobierno también hay funcionarios con sospechas de corrupción. ¿Cómo lo evaluás?
-Yo veo que los grandes bolsones de corrupción que se instalaron en los últimos años están estallando por el aire. Todos los días vemos cómo están desguazando camiones con toneladas de droga. En este gobierno yo no conozco ningún acto de corrupción. No veo que haya un afán de corrupción, sino de terminar con las grandes mafias.

Andahazi es columnista del programa “Le doy mi palabra”, que conduce Alfedro Leuco en Radio Mitre.

-¿Cómo analizás el escenario de cara a las elecciones legislativas? ¿Son tan trascendentes para el futuro del Gobierno y la ex presidenta?
-Son elecciones de medio término que no van a definir las presidenciales de 2019. Cuando perdió Scioli, Cristina estaba políticamente muerta. Pero el gran error del Gobierno fue dejar crecer al kirchnerismo para seguir polarizando. Me parece una puesta carente de sentido político a largo plazo, porque no se puede terminar con el peronismo. Está muy acendrado y tiene muchos años de construcción. Uno debería aspirar a un peronismo más democrático e institucional, alejado del chavismo y la efervescencia de Hebe de Bonafini. En vez de construir una oposición valiosa, el Gobierno apostó a jugar con fuego. En el libro planteo el afán de Durán Barba (asesor de Macri) por resucitar al monstruo. Y ahí lo tenés…

-¿Le ves posibilidades Cristina?
-La primera resistencia la tiene en el propio peronismo: es una presencia muy nociva.

-Hace unas semanas sufriste una amenaza en la puerta de tu casa, lo que te obligó a ponerle rejas por protección. La grieta a veces llega a límites extremos…
-Uno puede discutir y tener diferencias, pero esto va más allá. No hay que tomarlo con naturalidad. En los 70 ya viví la grieta en mi familia. Mi abuelo, militante comunista, padeció horrores el peronismo y mi abuela estuvo presa porque participaba de grupos de lectura.

-Para finalizar, hablemos un poco del barrio. Estás viviendo en Belgrano, una zona que te trae buenos recuerdos porque cerca de acá concebiste “El anatomista”.
-Me considero una persona bastante nómade. Nací y me crié en el Centro, era un chico de departamento. La primera vez que vine a vivir a Villa Urquiza fue a principios de los 90, en la calle Bucarelli, después de separarme de una novia que había tenido durante muchísimos años. Fui a la casa de un amigo y de verdad que esa sensación de libertad, de barrio bajo y de verde, para mí fue una revelación. Era un PH que tenía un patio propio y podía ver un poco de cielo. Sólo concebía la vida en el Centro, no sabía cómo era vivir en un barrio. Y me enamoré muy rápidamente de Villa Urquiza. Después volví a mis pagos, Callao y Corrientes, pero al tiempo me mudé a Olazábal y Cambatientes de Malvinas. Creo que es el único PH que quedó en la cuadra, porque antes eran todas casas bajas y ahora hay edificios tremendos. En Olazábal y Pacheco tenía el bar donde todas las mañanas desayunaba y escribí la mayor parte de El anatomista. Hace poco se representó Errante en la sombra en el Teatro 25 de Mayo, que queda a una cuadra y media de donde yo vivía. Ver mi obra en Villa Urquiza fue la consagración.

-Hasta hace un tiempo vivías en Villa Crespo y luego decidiste venir a Belgrano con tu mujer y tus dos hijos. ¿Qué te atrajo del barrio?
-Está muy protegido, no se puede construir en altura. Es como estar en Villa Urquiza. Estoy muy contento de haber vuelto y ahora sí ya es definitivo.

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