Junto con su colega Alicia Beltrami, la periodista y vecina de Villa Urquiza abordó en “Los Oesterheld” la tragedia que golpeó a la familia del autor de “El Eternauta”. El escritor, sus cuatro hijas, sus tres yernos y dos de sus cuatro nietos fueron secuestrados y desaparecidos en los primeros años de la dictadura de Jorge Rafael Videla. El libro, editado por Sudamericana, reconstruye el tortuoso camino de todos ellos hacia su destino fatal.

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

-Empiezo preguntándote por Villa Urquiza. ¿En qué zona vivís y cómo es tu relación con el barrio?
-Mi identidad geográfica es bastante errática y, sin embargo, si hoy me preguntan de dónde soy, digo de Villurquiza, así, todo junto. Nací en Morón, viví en Mar del Plata, volví a Buenos Aires para estudiar derecho primero y después periodismo. A los 18 ya me había mudado 15 veces y hace sólo cinco años que vivo en el barrio con mi marido, sus hijas y nuestro hijo. Pero a los dos nos gusta decir que somos villurquenses. Quizá una marca de iniciación fue la muerte del Flaco Spinetta: ese 8 de febrero de 2012 llevábamos dos meses en el barrio y, ni bien nos enteramos, abrimos la puerta, caminamos dos cuadras por Iberá, nuestra calle, y ahí estábamos, en la vereda de la que fue su casa-estudio con sus vecinos, ahora también los nuestros, como parte de una comunidad. Y de ahí en más fue, simplemente, dejarnos llevar por el ritmo de un barrio que puede prescindir de la vorágine de Buenos Aires porque tiene identidad propia. En Villa Urquiza recuperé eso que tantos añoran y que viví en mi infancia: el sentido de cercanía con los otros, de espacio compartido. Yo sé que puedo tocarles el timbre a mis vecinas de PH y pedirles lo que necesite; o que Lucy, del súper Chino, me va a fiar todas esas veces que voy y me olvido la billetera; o que Norma, del Sunderland, nos redondea la cuenta para abajo mientras nos cuenta cómo le está yendo a su hijo en las inferiores de River. Todo eso sucede porque existen lazos solidarios: la calle no es la intemperie y el otro no es una amenaza, como muchos creen o nos hacen creer.

-Trabajaste en las revistas TXT y Noticias, el diario Crítica y desde hace dos años dirigís la revista Brando, medios de características disímiles. ¿Cómo te definirías profesionalmente?
-Creo que no existe el periodismo objetivo, porque no existe la objetividad: cada uno viene con una ideología o si, se prefiere, con una manera de mirar el mundo y desde ahí construye una realidad. Y como para el peronismo existe un principio rector, la justicia social, el periodismo que a mí me interesa también tiene un principio rector: estar del lado del más débil, del que no tiene voz o no tiene recursos para imponer su discurso. ¿Cómo se hace esto cuando se trabaja para un medio que no es precisamente afín a la propia ideología? Como dice un amigo periodista y escritor, Fabián Casas: traficando información. En todos los medios uno encuentra rendijas, espacios, modos de decir, que permiten quebrar los discursos monolíticos y hegemónicos. Y si uno lee con atención los diarios, va a encontrar, todavía, periodistas desafiando los intereses de los dueños de los medios con sus notas.

-Tu esposo, Alejandro Caravario, también es un respetado periodista gráfico. ¿Se conocieron en Crítica? ¿Cómo vivieron la caída del diario fundado por Jorge Lanata y el rol que posteriormente comenzó a jugar este periodista?
-Con mi esposo nos conocimos antes, en la una mítica revista independiente que aún sale: Llegás a Buenos Aires. En cuanto a Lanata, nunca tuve vínculo directo con él pero coincidí en dos oportunidades: en Perfil y en Crítica. Guardo dos anécdotas de esas experiencias que pueden resultar de síntesis a tu pregunta. En uno de los conflictos de Perfil por salarios -es una de las editoriales que peor paga, históricamente- él usó su espacio como columnista para defender a Jorge Fontevecchia, dueño del medio, y atacar a los que éramos sus compañeros y ganábamos diez veces menos que él. Y en Crítica lo vi en una sola oportunidad: el primer día, y el único, que bajó a la redacción. Después, para salvarse de una nueva quiebra le vendió el diario -y así selló el destino de nosotros, los laburantes- a una persona que él mismo había denunciado previamente por vaciamiento de empresa: Antonio Mata, actualmente condenado por la justicia española. No sé si vale la pena o es interesante mi opinión personal sobre él, pero lo podría definir como un ex periodista que tiene como prioridad mantener un estándar de vida demasiado costoso y toma decisiones exclusivamente en relación a eso.


-Desde hace pocas semanas sos mamá. La gestación de tu hijo fue coincidente con la aparición del libro que escribiste con Alicia Beltrami,
Los Oesterheld. Hablame de la experiencia de ambos “partos”.
-La “gestación” del libro nos llevó cinco años, durante los cuales hicimos más de doscientas entrevistas para poder reconstruir las vidas de esas personas -la familia Oesterheld, incluidas las parejas de las hijas, tres de ellos también desaparecidos- a través de compañeros de militancia, del barrio, del colegio. Fue un trabajo intenso que copó nuestras vidas y, de algún modo, no dejó espacio para otra cosa. No es casual, entonces, que finalmente haya quedado embarazada después de haberle puesto el punto final al libro. Ahora que Los Oesterheld está en las librerías, me doy cuenta de que la experiencia de recuperar la memoria de una familia pero, sobre todo, de reconstruir y comprender la relación entre un padre, una madre y sus hijas, se completó el día que nació mi hijo: ahí me di cuenta de todo lo que estaba en juego en esos vínculos. Y terminé de entender, especialmente, el lugar de Elsa, única sobreviviente junto a dos nietos, en toda esta historia.

-El libro narra el martirio de una familia de clase media de San Isidro, con el protagonismo de uno de los escritores de historietas más importantes del país. ¿Cómo fue la metamorfosis que lo llevó a convertirse en un militante activo de las causas populares después de los 50 años?
Héctor Oesterheld era, en esencia, un humanista y desde su primer guión sabía que no quería hacer historietas de superhéroes al estilo de los norteamericanos sino contar historias a través de personas comunes y corrientes que de pronto se encontraban frente a situaciones extraordinarias. Es lo que pasa, precisamente, en El Eternauta: Juan Salvo es un vecino de Vicente López al que una invasión extraterrestre lo lleva a convertirse en líder de la resistencia. Eso hacía que Héctor siempre estuviera interesado por la esencia humana y por las posibilidades de las personas de cambiar realidades. Cuando a comienzos de los setenta, en el living de su casa de Béccar, sus hijas y los amigos de ellas empiezan a traer lecturas y discusiones de la época -desde la Revolución Cubana y el Mayo Francés, hasta el Cordobazo y la aparición de la militancia armada- él iba a la par de esos jóvenes en lecturas y charlas.

-Da la sensación de que las hijas y yernos de Oesterheld tuvieron una gran influencia en su cambio, pero a la vez él resultó fuente de inspiración para ellos. ¿Dónde colocarías la bisagra de esta historia, el punto de no retorno hacia un destino trágico?
-En el libro reproducimos un diálogo que Héctor tuvo con compañeros, en tiempos en los que ya había pasado a la clandestinidad y vivía en una casa de Devoto. Una noche, él les dice: “Yo escribí sobre esa familia de clase media que a la noche se juntaba a jugar a las cartas y que de repente encuentra una causa mayor por la cual salir a luchar. Y a mí y a mis hijas nos pasó eso mismo… Entonces a veces me pregunto quién fue primero, si ellas con su militancia o yo con algunas ideas que ya estaban ahí…”.

-Aun hoy, a más de 40 años de la represión ilegal, un sector de la sociedad se siente incómodo con las historias sobre desaparecidos y elige colocarlos en el lugar de victimarios. ¿Por qué creés que subsiste esa mirada prejuiciosa?
-El prejuicio suele estar anclado en el desconocimiento o en el miedo a saber y a comprobar que lo que uno piensa se basa en falsedades. De todos modos, a esta altura, cuando hablamos de desaparecidos ya no estamos hablando de derecha, izquierda o si se está de acuerdo o no con el uso de la violencia para cambiar un orden establecido, sino del hecho de que hubo un Estado que perpetró un genocidio contra sus ciudadanos, no sólo torturándolos y asesinándolos sino quitándoles la identidad, con lo que eso implica para las familias, los padres y los hijos. Eso es terrorismo de Estado y no hay nada que lo justifique. Bajo esta premisa, la teoría de los dos demonios se desvanece. Cualquiera que lea nuestro libro, o algún otro que dé cuenta de las historias de militancia, tiene la posibilidad de desarmar el prejuicio construido en base a hechos falsos o estereotipos de “montoneros tirabombas”. Vale la pena tratar de entender por qué estos jóvenes eligieron el camino que eligieron a través de sus historias personales y el contexto de la época, del país. Por dar un ejemplo: Beatriz Oesterheld, la tercera hija de Héctor, a los 17 años dejó una vida cómoda en su casa de Béccar y vivió, hasta último momento, en las villas La Cava, la Sauce y la Uruguay. Una patota la secuestró en junio de 1976. Cuando su cuerpo apareció un mes después, junto con el de otros militantes de su edad -ninguno superaba los veinte años- en el diario se publicó que habían muerto en un enfrentamiento: se los describía como parte de un pelotón que había atacado un destacamento militar. Los diarios reproducían los comunicados oficiales sin cambiarles una coma, aún sabiendo que eran falsos. Hoy está comprobado que esos chicos fueron fusilados después de haber estado en cautiverio y sido torturados en Campo de Mayo, uno de los campos de concentración más salvajes de la Argentina.

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