Esta corriente artística nació a principios del siglo XX y nunca perdió vigencia. En la arquitectura se manifiesta con modelos vanguardistas, que se empiezan a evidenciar en los nuevos edificios de la Comuna 12. A pesar de los beneficios de la modernización, es innegable la deshumanización que estos cambios pueden provocar en la vida barrial.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

El futurismo es una corriente artística desarrollada a principios del siglo XX que abarcó todas las artes, incluso el cine y la arquitectura, y que destaca entre sus ideas principales al maquinismo, una premisa algo deshumanizante de esta vanguardia artística. Con las modernas construcciones que se emplazaron en los últimos años, Villa Urquiza parece experimentar un revivir de esta corriente. Tal es la influencia del futurismo en nuestra cultura que en la actualidad conserva su vigencia y comienza a llegar a nuestros barrios con hechos concretos en la construcción.
Para entender de qué hablamos cuando nos referimos a una obra futurista, es necesario retrotraerse a los orígenes de este movimiento. En 1909, el poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti firmó el Manifiesto Futurista, luego publicado en el diario francés Le Fígaro, en el que establecía las bases de una nueva corriente que intervendría en todas las artes, incluyendo al cine. Películas como la alemana Metrópolis, escrita por Fritz Lang en 1927, muestran desde un punto de vista crítico la postura futurista.
Prácticamente diez años después, Charles Chaplin nos llevaría a la reflexión con su obra Tiempos Modernos, que también refleja la ambición por el maquinismo, en un mundo cada vez más deshumanizado y que de alguna manera fue llevando al hombre a ser esclavo de la máquina. Este nuevo movimiento de vanguardia planteaba un quiebre rotundo con el pasado, encontrando sólo la belleza en la velocidad.
En la música, el ruidismo del compositor italiano Luigi Russolo muestra una nueva tendencia sonora. Este reconocido autor, que basó su propuesta en el movimiento, es considerado el padre de la música experimental. Por su parte, en la arquitectura el Art Déco fue pionero de las ideas futuristas y pasó a ser el estilo propio de esta corriente. Sus líneas alargadas transmiten la sensación de infinitud y sus formas zigzagueantes reflejan el movimiento.
Las bases de la arquitectura futurista quedaron plasmadas en los proyectos del urbanista italiano Antonio Sant’Elia, quien consideraba que el espacio arquitectónico debía estar ligado al tiempo. La “Città Nuova” (“Ciudad Nueva”) es el proyecto más anheloso de este autor, en el cual imaginaba la Milán del futuro. Su muerte prematura durante la Primera Guerra Mundial es la causa por la que no se concretaron sus sueños en forma material, aunque sentó los cimientos para el desarrollo de una nueva arquitectura. El futurismo pretendió cambiar las ciudades, pero la utopía y la realidad chocaron.
Más adelante, parte de este pensamiento sería tomado por el Movimiento Moderno, con el prestigioso arquitecto Le Corbusier y su máquina de habitar, y luego continuaría en los años 60 de la mano de los Archigram, un grupo de arquitectos ingleses que proyectaron utopías y fantasías basadas en algunas de las propuestas de Sant’Elia, como “A Walking City” (“La ciudad caminante”).
El futurismo es un acercamiento a la arquitectura y ha tratado de ser interpretado por diferentes generaciones de profesionales durante varias décadas. Arquitectos como el brasileño Oscar Niemeyer, quien logró trasmitir sensualidad en sus creaciones, el español Santiago Calatrava y el argentino César Pelli, transfieren en sus obras estos conceptos vanguardistas.

Futurismo a la Argentina
Los primeros latinoamericanos que trataron de expresar estas ideas fueron el poeta chileno Vicente Huidobro, en su revista Azul, y el escritor uruguayo Joaquín Torres García. En nuestro país el futurismo dejó sus huellas en todos los rubros artísticos. En la pintura, Emilio Petorutti fue el máximo representante de esta tendencia, con obras de la talla de Espansione dinamica o Movimento nello spazio. Asimismo, en su paso por Italia se impregnó de futurismo el conocido pintor argentino Xul Solar. En su célebre Vuel Ville, se puede apreciar una acabada idea de la ciudad del futuro, que en algunos aspectos se entremezcla con el surrealismo.
En la escultura, las obras del argentino Pablo Curatella Manes también abrazaban la nueva corriente. La dinámica espacial del futurismo aporta un nuevo sentido de la visión en movimiento de su obra. Esta intención se visualiza y concreta primeramente en Los acróbatas, donde muestra un perfil escultórico más osado y conjuga los planos curvos y rectos. En arquitectura, sin duda, la impronta más acabada de futurismo la transmitió la obra del argentino Francisco Salamone. El misticismo, la ideología y la monumentalidad configuran los rasgos de una obra extraordinaria que, como expansión del poder, expresaba la avanzada del progreso sobre el desierto.
A partir de los años 30, una gran cantidad de edificios, principalmente mataderos, municipios, cementerios y plazas, dejaron en la llanura pampeana la fachada futurista. El monumentalismo de sus más de 60 construcciones y las líneas verticales del Art Déco, son el ejemplo elocuente de la nueva tendencia. Azul, Rauch, Lobería, Laprida, Chascomús, Carué, Saldungaray, Chascomús y otras tantas localidades bonaerenses vieron florecer estas colosales construcciones directamente ligadas con la arquitectura de Sant’Elia. Si bien no tienen un estilo propio, sí se pueden visualizar en ellas las huellas del futurismo italiano.
Pero esta corriente artística no es un estilo, ni una moda, sino más bien un pensamiento del hombre con una visión adelantada de lo que vendrá. Es por ello que ha seguido desarrollándose en obras como el Planetario Galileo Galilei de la Ciudad de Buenos Aires, inaugurado en los años 60. Su autor, Enrique Jan, dejó plasmada una imagen futurista en esa especie de nave espacial de hormigón y vidrio, que pareciera aterrizar en los bosques de Palermo.

2018 en Villa Urquiza
En este nuevo siglo, la arquitectura de línea futurista desembarcó en los barrios de la Comuna 12. Las nuevas torres inteligentes proliferan por todos los rincones y, si bien son evidentes los beneficios de la modernización, no se puede desestimar la deshumanización que estos cambios pueden provocar en la vida vecinal.
Los barrios porteños más alejados del centro, como Coghlan, Villa Urquiza y Villa Pueyrredon, que por historia han mantenido un perfil de casas bajas, con modelos pintorescos y algunas construcciones racionalistas, hoy se encuentran ante una realidad muy distinta: una nueva arquitectura de perfil futurista avanza sin piedad. Esa pasión por el maquinismo y el movimiento, que tenían los maestros del siglo pasado, en la actualidad están expuestas en las torres que empiezan a surgir en el barrio.
Para el 2018 Villa Urquiza cambiará su fisonomía: vendrán aparejados fuertes contrastes y el uso de materiales avanzados. Cabe mencionar, por ejemplo, a la nueva obra de arquitectura vidriada situada en Monroe y Triunvirato, que marcará un cambio de estilo en el barrio, o a su similar en Triunvirato y Olazábal.

Triunvirato 2
La problemática surge, entonces, por el temor de muchos vecinos que no están en contra de la modernización de la zona, pero que sí se preguntan hasta dónde avanzarán las nuevas torres y qué perjuicios traerán al lugar. Si bien estas construcciones se empezaron a desarrollar en las arterias comerciales, los habitantes de estos barrios temen su progreso indiscriminado en los lugares en los que predominan las casas bajas. Esto se da, por ejemplo, en Andonaegui y Cullen o en Bucarelli y Roosevelt, donde se entremezclan los grandes edificios que rompen con la escala de propiedades de baja altura que las circundan. Desgraciadamente, los cambios de planificación no siempre favorecen al vecino sino a la especulación inmobiliaria y dejan a la vista un futuro incierto para el barrio.

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