El ex goleador del Real Madrid, campeón del mundo en México 86, considera una buena elección la de Jorge Sampaoli como DT de la Selección Argentina. Dice que Cristiano Ronaldo no es un genio como Messi, pero sí un fenómeno que privó a la Pulga de ganar 10 balones de oro. “Todos saben a qué escuela adhiero. Es un problema de sensibilidad y no tiene que ofender a nadie.”, reflexiona sobre su manera de entender el juego.

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

En julio de 1986, pocas horas después de consagrarse campeón del mundo con la Selección Argentina en México, Jorge Valdano (1955) publicó en la Revista de Occidente “El miedo escénico”, su primera columna periodística. Parafraseó en el título a Gabriel García Márquez, quien tres años antes había utilizado la expresión para definir -en un artículo del diario español El País- a “ese terror de hablar en público que sólo quienes lo padecemos sin remedio conocemos hasta qué extremos de confusión puede conducir”.
El futbolista surgido en Newell’s, a quien se lo empezaría a llamar Valdanágoras o el filósofo, se apropiaría involuntariamente del término al redefinirlo como el temor que infundía el estadio Santiago Bernabeu a los equipos rivales. “Cada miércoles europeo, un carnaval a destiempo, ruidoso y orgullosamente disfrazado de blanco, nos espera en nuestro feudo con una confianza casi irresponsable en nuestras posibilidades…”, comenzaba el texto poético que nos revelaría a Valdano como un sorprendente escritor.
Figura del Real Madrid de mediados de la década del 80, Valdano jugó los mundiales de 1982 y 1986. Ya como entrenador condujo con éxito al Tenerife y al Merengue, en donde también asumió roles dirigenciales. En la Casa Blanca logró el record de ser campeón como futbolista, DT y directivo. En los últimos años ha colaborado con diversos medios de comunicación, entre ellos El País, Marca, Onda Cero, Cadena Ser, Canal +, Televisión Azteca y Radio Caracol.
Su sensatez discursiva y exquisita oratoria no parecen encajar en el vértigo sensacionalista y el lenguaje cloacal que domina desde hace tiempo la escena del periodismo deportivo nacional. Tan es así que en 1998, tras ser contratado por un canal de televisión argentino para comentar el Mundial de Francia, terminó siendo “censurado” -según le contó a Diego Borinsky en una extensa entrevista con la revista El Gráfico– y debió pegar la vuelta a España, confirmando aquella máxima de que nadie es profeta en su tierra.
Así como en el pasado lo hicimos con Simon Kuper y John Carlin, pensadores contraculturales del fútbol, El Barrio tuvo el privilegio de dialogar con Jorge Valdano y conocer de primera mano su manera de entender el juego.

-Debutaste en Primera División el 5 de agosto de 1973, cuando el Huracán de Menotti estaba a pocas semanas de consagrarse campeón. ¿Cómo impactó en el futbolista incipiente que eras esa revolución futbolística?
-Sobre aquel Huracán de Menotti, más que referencias directas las tuve periodísticas. Después del éxito internacional de Estudiantes de la Plata, llegó esta respuesta que fortalecía nuestra identidad futbolística. En aquellos tiempos todavía se podía hablar de estilos sin complejos. Para ser sincero, yo estaba demasiado interesado en mi propia evolución futbolística como para mirar más allá. Además tenía el modelo en casa, porque aquel Newell’s hacía un juego fascinante que me hizo hasta llorar de emoción cuando lo veía desde la tribuna. Debutar en aquel equipo para mí fue alcanzar la gloria.

-En 2009, con Ángel Cappa como DT -tu asistente de campo en el Real Madrid campeón de 1995- Huracán casi repite la historia de 1973. ¿Cómo viviste a la distancia ese efímero fenómeno y su brutal desenlace?
-Con indignación, como siempre que estoy ante una injusticia.

-El 1974 llegarían el Mundial de Alemania y la Naranja Mecánica. Podría decirse que tus primeros años en el fútbol estuvieron imbuidos por una línea futbolística que aun hoy hace escuela y con la que te sentís identificado.
-Me había deslumbrado el Brasil del 70, un equipo con el que me resultaba fácil identificarme. La Naranja Mecánica trajo una revolución. Ahí estaba el manejo sudamericano y el ritmo europeo en un juego totalmente cinematográfico en donde todos jugaban de todo. Me costaba hasta entender lo que veía. Mirado con perspectiva, ahí estuvo el germen de un fútbol admirable que Johan Cruyff supo prolongar como entrenador, creando una escuela maravillosa de la que España entera se benefició.

-Jugaste poco tiempo en el fútbol argentino. ¿Qué jugadores con los que conviviste o enfrentaste te impresionaron durante las tres temporadas disputadas en Newell’s?
-En Newell’s nadie me impresionó más que Mario Zanabria, un jugador exquisito y una persona maravillosa. También el Mono Oberti, que jugaba en mi puesto pero era inimitable. Como rival me deslumbró Willington, al que me enfrenté cuando estaba en Talleres y tenía tanta clase que me hizo pensar seriamente en dejar el fútbol. Esa calidad me parecía inalcanzable. Más cerca de mi generación y en una posición parecida a la mía, envidié mucho su potencia al servicio de un gran talento. Podría seguir nombrando jugadores hasta mañana. Había muchos buenos.

-Te fuiste muy joven a España, antes de cumplir 20 años. Y llevas más de 40 en aquel país, donde edificaste tu carrera y formaste tu familia. ¿Qué tan lejana -o cercana- te resulta hoy la Argentina, geográfica y culturalmente hablando?
-Me siento más cerca que hace veinte años. Internet ha producido el milagro de acercarnos al conocimiento acumulado a lo largo de la historia de la humanidad y también de mantenernos conectados a lo que queremos. Y yo, que soy un gran agradecido a España, quiero a Argentina.

-Siempre fuiste un intelectual para el mundo del fútbol. Leías en las concentraciones. ¿Tus compañeros te hacían sentir un bicho raro?
-Se exagera mi relación con los libros a partir de un prejuicio todavía instalado: que los jugadores no leen. No me gustan las anécdotas sobre este tema porque alimentan tópicos.

-Disputaste dos mundiales, uno con Menotti y otro con Bilardo. En el de España jugaste dos partidos y la actuación de la Selección fue discreta. En México fuiste campeón y una de las figuras del plantel. Hablame de ambas experiencias.
-Los resultados fueron los que fueron y no hay que darles más vueltas. En España estaba en el mejor momento futbolístico y físico de mi carrera. Sentía que volaba y no me cansaba nunca. Además me sentía cómodo en el país que me había acogido diez años atrás. Pero antes de los cinco minutos del partido frente a Hungría sufrí un esguince de tobillo y rodilla que me apartó del Mundial. Fue la frustración más grande de mi vida. México significó una revancha personal. Un grupo maduro, Diego en estado de gracia, los astros alineados, la Copa… Los resultados no cambiaron las impresiones que tenía de Menotti y de Bilardo. Todos saben a qué escuela adhiero. Es un problema de sensibilidad y no tiene que ofender a nadie.

-A menudo se describe tu presencia en el Mundial 86 como la de un soldado que acató órdenes en nombre de una causa mayor. ¿Te resultó difícil participar de un proyecto en el que no estabas convencido? ¿Cómo valorás, siendo un referente de una manera diferente de entender el fútbol, aquella obra de Bilardo? Para muchos la autoría excluyente corresponde a Diego.
-Lo que hice en aquella Selección no era muy diferente de lo que hacía en el Real Madrid. Una vez que acepté la convocatoria también acepté las consecuencias. Bilardo tomó varias decisiones acertadas, pero se benefició de un grupo extraordinario de jugadores y de hombres que supo convivir y poner su esfuerzo y talento al servicio de un genio. En la memoria colectiva la figura de Diego se ha agigantado. Con razón.

-Bilardo quiso sacarte del retiro para que jugaras el Mundial 90. Entrenaste duro durante seis meses, pero finalmente quedaste desafectado. Según dijiste textualmente “te ahogaste justo cuando estabas por llegar a la orilla”. A la distancia, ¿aceptás que lo ocurrido fue justo o creés que merecías ser convocado?
-No tengo nada que agregar al respecto. Conozco bien la intrahistoria de aquella decisión, pero lo que no dije en su momento no tengo por qué decirlo ahora.

-Jugaste al lado de la mejor versión de Maradona. En tu opinión, ¿Messi adeuda alguna materia para sentarse en el trono dejado vacante por Diego? ¿O sos de la creencia que, como ocurrió antes Di Stéfano, Pelé y Cruyff, cada jugador es el mejor de su tiempo?
-Son dos genios. Como dice Aimar, el mejor de los dos es el último al que he mirado. Me saco el sombrero ante los dos.

-En nuestro país no falta quien aun resiste a Lionel, quizá porque ganó todo con el Barcelona y no logró títulos con la Selección. ¿Alguna reflexión al respecto?
-No me gusta que me digan como tengo que pensar ni decirle a los demás como tienen que hacerlo. Para mí Messi es un genio, los demás que opinen lo que quieran.

-¿Cristiano Ronaldo ha tenido la desgracia de ser contemporáneo de Messi? ¿Ha perdido gran parte de la atención que hubiese recibido de haber jugado en épocas diferentes? A veces se lo nota frustrado por convivir a su sombra.
Cristiano no es un genio, pero sí un fenómeno. Su poder de superación debería ser un ejemplo para quienes quieren hacer del fútbol una profesión. Yo creo que Messi y Ronaldo se convienen mutuamente porque en la competencia se han enriquecido. No olvidemos que sin Ronaldo Messi tendría diez balones de oro.

-Fuiste un futbolista exitoso y amagabas repetir ese suceso como entrenador, tras una gran campaña en Tenerife y un título de liga obtenido con el Real Madrid. Sin embargo, esa etapa no duró más de cinco años. ¿Por qué dejaste el buzo de DT hace dos décadas, con apenas 40 años?
-Porque me pareció interesante aceptar una oferta como Director Deportivo del Real Madrid y eso me fue alejando de la cancha. He repetido muchas veces que la de entrenador es una profesión sólo apta para gente obsesiva y yo no respondo a ese perfil.

-Ideológicamente, no hay dudas que tu visión de la vida es progresista. ¿Supuso algún tipo de conflicto, para vos o tus seguidores, ser un emblema del Real, un club que a menudo se asocia al franquismo?
-Ninguno. La estupidez consiste en asociar una ideología con el club más popular del mundo.

-¿Pudiste disfrutar del Barcelona de Guardiola, con quien tenés una natural identificación, siendo madridista?
-Soy del Madrid porque es al club que más le debo. Quiero que juegue bien y que gane. Siento un orgullo grande por ser parte de su historia. Pero soy un hombre de fútbol y reconozco la excelencia en cualquier lugar.

-Con José Mourinho no tenías afinidad. Dijiste sobre él “nunca he escuchado, en público o privado, una frase suya sobre el fútbol digna de ser recordada”. Terminaste renunciando a la Dirección General del club.
-No renuncié sino que fui cesado. Algo tan habitual en el mundo del fútbol que no merece ningún comentario.

-Dijiste que te apenaba que en nuestro país no se lo escuche más a Menotti. ¿Creés que en la Argentina el pragmatismo ha ganado la batalla ideológica?
-Ser pragmático no es ningún pecado. El pecado es bastardear el juego. Sigo diciendo que cuanto más lejos estamos de Menotti, más lejos estamos del fútbol.

-Argentina no ha vuelto a ganar un campeonato mundial desde 1986 y lleva casi 25 años sin conquistas a nivel sudamericano. ¿A qué atribuís esa sequía de títulos?
-Seguimos teniendo una sólida cultura futbolística que nos permite sembrar el mundo de jugadores de gran nivel y personalidad. Esta generación llegó a tres finales y, lejos de valorarlo como un logro, los condenamos a todos como si fueran delincuentes. Para dar el último salto y convertirse en campeón también hace falta suerte. Y un ambiente más sano que el que se respira en Argentina alrededor de la Selección. Esta última reflexión abarca al periodismo.

-¿Te ilusiona la designación de Jorge Sampaoli al frente de la Selección Argentina? Lo entrevistaste el año pasado y recordaste un encuentro con él de hace 25 años, propiciado por tu hermano. En ese momento te había impresionado gratamente.
-Lo considero una buena elección. Me parece muy meritorio el viaje que hizo desde el anonimato total hasta esta posición. Hay mucho trabajo, sacrificio, conocimiento, pasión y sueños comprometidos en esa lucha. Está donde se merece y hay que reconocer que es de valientes aceptar un cargo cuando la Selección estaba en el ojo del huracán y la AFA no se sabía ni lo que era.

-Después de casi una década, estamos asistiendo a un nuevo paradigma en la liga española. Se habla menos del Barcelona y es el Real el que concita todas las miradas. ¿Creés que este cambio de ciclo ha llegado para quedarse, aun sin que el Madrid posea una escuela que lo defina como vos mismo has dicho?
-En estos momentos, España entera es una escuela. El Madrid sigue siendo un equipo ambicioso como manda su historia, pero no nos engañemos: nunca le faltó sentido del espectáculo. ¿O alguien puede pensar que Di Stéfano, Kopa, Rial, Gento y Puskas sólo ganaban? Ganaban porque jugaban divinamente al fútbol. En el Madrid la gente exige títulos y espectáculos con la misma pasión. Creo que Zidane está sabiendo interpretar esa exigencia y que la plantilla está a la altura del gusto del entrenador por el buen fútbol.

-En nuestro país River y Boca pierden frecuentemente de local con equipos inferiores. No se ve que ocurra lo mismo en España con Barcelona y Real Madrid, apenas amenazados en su alternada hegemonía por el Atlético de Madrid. ¿Te decepciona o aburre en ese punto la liga española?
-No. En España se juega muy bien al fútbol. Lo que ocurre es que la industria beneficia a los clubes que tienen como mercado el mundo entero en detrimento de aquellos que tienen como mercado su ciudad o su provincia. La relación de fuerza sólo puede empeorar con el tiempo. Los grandes cada vez más grandes y los medianos cada vez más pequeños.

-Menotti, Cappa, Bielsa, vos mismo… Muchos entrenadores argentinos, de gran capacidad discursiva y nobleza en su propuesta futbolística, son tildados en nuestro país de “vendehumos”. ¿Qué reflexión te merece?
-La falta de respeto define al que la comete. Hay algo innegable: el ruido tiene más audiencia que el criterio. En términos sociales, no parece un buen dato.

-Hace cuatro años que el público argentino tiene prohibido asistir a las canchas en condición de visitante, debido a reiterados hechos de violencia. ¿Cómo observás este fenómeno atípico y sin solución a la vista?
-Como singular. Un espectáculo sin espectadores es una contradicción en si mismo. Pero estoy demasiado lejos para saber cómo se vuelve de semejante extravío.

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