El 5 de julio falleció, a los 80 años, el propietario de Óptica Catel. Fue uno de los más entrañables comerciantes de Villa Urquiza y un decisivo auspiciante del periódico casi desde sus comienzos. “Llegué a revelar en negativos de vidrio y sacado fotos con magnesio”, nos contó alguna vez. La increíble anécdota que demuestra su grandeza.

“Doy gracias a Dios por haberme permitido compartir mi vida con ustedes y con toda la gente de mi barrio, Villa Urquiza”. Hace siete años, en una entrevista con este periódico, Julio Cañardo recurría a esas cálidas palabras para rendir tributo a sus afectos más cercanos y hacer un balance de su trayectoria. Tras su fallecimiento el pasado 5 de julio, a los 80 años, aquella frase pronunciada por el propietario de Óptica Catel en septiembre de 2010 adquiere un tono de anticipada despedida.
Muy cerca de la Plaza Echeverría, en el local ubicado sobre la avenida más importante de Villa Urquiza, Cañardo despuntó su vocación durante más medio siglo. Cuando finalizó sus estudios de Óptico Técnico en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, decidió iniciar un emprendimiento junto con su padre. Instalaron un laboratorio de fotoesmaltes -esas fotografías a prueba de las inclemencias del tiempo, que servían como recuerdo de los seres queridos en los cementerios- en la casa familiar de Floresta. Un tiempo después su primo, Alfredo Tellez, le propuso instalar juntos una casa de fotografía. De la unión de las iniciales de ambos apellidos surgió el nombre de “Catel” y los dos muchachos alquilaron un pequeño local en Triunvirato 4811, a metros de su dirección actual. Fue el 10 de febrero de 1966.

Más que una óptica
En aquella vieja nota de El Barrio contábamos que Catel es una óptica que abarca muchos rubros, producto del espíritu emprendedor de Cañardo. Fue el primer videoclub en Villa Urquiza, allá por 1985, y antes funcionó como cineclub ofreciendo películas súper 8 en alquiler. En los viejos tiempos, incluso, la gente se acercaba a afilar cuchillos. “Mi papá era fotógrafo y me enseñó el oficio. Llegué a revelar en negativos de vidrio y sacar fotos con magnesio. Eran otras épocas, pero son todos muy gratos recuerdos”, recordaba con añoranza Julio, hijo de Antonia y Tomás, nacido el 18 de abril de 1937. El mismo día que cumplía sus 25 “otoños” se casó con Dora, su compañera de toda la vida. Fruto de ese amor nacieron tres hijos: Pablo, Marina y Lorena, quien trabaja en el negocio.
Otra de las curiosidades de la óptica fueron sus cursos de astronomía. Las clases las dictaban tras la hora del cierre en el local Fabián Sottocorno, encargado del local y gran sostén de Julio, y Pablo Ingrassia, un profesor de astronomía y matemática. Todo se hacía con valores populares para que los vecinos pudieran participar. Se entregaba material didáctico elaborado especialmente para los cursos. “En el barrio no existía nada así. Dictamos los cursos por varios años. Ahora continuamos vendiendo telescopios”, nos contaba Cañardo, quien también destacaba el papel desempeñado en los comienzos de Catel por Humberto Luna, su primer encargado.
Si bien Julio no vivió en Villa Urquiza, llevaba a este barrio bien guardado dentro de su corazón. “Yo siempre digo que duermo en Belgrano, pero vivo en Urquiza”, decía con orgullo el titular de Catel, que además estaba comprometido con el desarrollo de la zona. Formó parte del Rotary Club, al que presidió por un año, y de la Asociación de Comerciantes de Villa Urquiza, de la que fue vicepresidente. Compartió tiempo con los muchachos de la cancha de bochas de la Plaza Echeverría y sus amigos del Café de la U. Dejó su huella en varias cooperadoras escolares de la zona y en el equipo de adopción de la Fundación San José. Esos múltiples espacios conocieron su presencia, compromiso y lealtad, así como su colaboración desinteresada y constante.
También fue un decisivo patrocinador de El Barrio, periódico al que apoyó casi desde sus comienzos. “Me gusta mucho el periódico. Tiene muy buena llegada a los vecinos y la gente pasa por el local a buscar los ejemplares, donde reafirmamos nuestra presencia comercial con los avisos publicados en la tapa desde hace unos cuantos años”.

Un increíble momento Kodak
Una anécdota que describe a Julio Cañardo es cuando su óptica auspició el concurso Enigma Fotográfico. En 2006 entregó tres cámaras fotográficas analógicas, de las que usaban rollo. Para 2007 se comprometió a entregar una cámara digital para el ganador y otra analógica para quien finalizara en el segundo lugar. Recordemos que hace una década las cámaras digitales eran toda una novedad  y la Kodak Easy Share C530 ofrecida por Catel era un premio de increíble valor: resolución de imagen de cinco megapíxeles, zoom digital de cinco aumentos, 16 megas de memoria interna y pantalla LCD de 1,5 pulgadas. Además grababa en video.
Entonces sucedió lo impensado: siete participantes igualaron la primera posición, generando una incómoda disyuntiva. Luego de plantearle lo ocurrido, Julio tomó una decisión que lo engrandeció aun más: en lugar de solicitar un desempate para determinar un único ganador, lo que hubiera resultado más que razonable, resolvió entregar siete cámaras digitales, una por cada afortunado. “Si bien es un esfuerzo para nosotros, estoy muy feliz de haberlo hecho; hubiera sido terrible haber tomado otra determinación. Creo que me hubiera quitado el sueño durante mucho tiempo”, destacó en aquella oportunidad el entrañable comerciante.
Cañardo partió de este mundo dejando un enorme legado en familiares y amigos. “Heredamos de él la pasión por comprometerse con el prójimo, la franca amistad y la buena disposición de escuchar y prestar apoyo”, resumen sus seres queridos, que lo despiden con un saludo de connotación eterna: “¡Hasta siempre, Julio!”.

Comentarios

Comentarios

http://periodicoelbarrio.com.ar/wp-content/uploads/2017/08/Catel-2-150x150.jpg