Es presidida por el economista Jorge Marchini, quien reconoce que las instituciones culturales perdieron protagonismo por los avances tecnológicos pero rescata su función como lugar de encuentro. “La felicidad no sólo está en la computadora”, dice. Repasamos la historia del edificio de García del Río y Crámer, que fue sacudido por la inundación de 2013 y resurgió gracias a la ayuda vecinal.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

La inundación de abril de 2013, que golpeó especialmente al norte de la Ciudad, causó seis muertes y dejó un tendal de viviendas afectadas. En las zonas más bajas de Saavedra el agua trepó hasta 1,70 metros de altura, barriendo con muebles, pertenencias y recuerdos de toda una vida en el barrio. Bien puede dar fe de ello la Biblioteca Popular Saavedra, de García del Río y Crámer, que perdió un importante caudal de libros por el avance del agua. La inesperada cantidad de lluvia y su proximidad con el Arroyo Medrano formaron un cóctel explosivo, que obligó a la institución a reconstruirse prácticamente desde cero.
“Fue dramático e inesperado, porque la biblioteca no estaba preparada para una inundación -recuerda el vecino Jorge Marchini, economista, docente y presidente de la entidad desde 2014-. Perdimos cerca de cuatro mil libros pero pudimos recuperar muchos, porque los vecinos donaron y además nos ayudaron a secar los que estaban mojados. La biblioteca mejoró después de la inundación y dio un salto de calidad en sus instalaciones”. En ese sentido, fue sustancial el apoyo económico de los Gobiernos Nacional, a través de la CONABIP, y porteño, que contribuyeron a mitigar las consecuencias de la tragedia natural.
Actualmente el sustento de la biblioteca, que cuenta con 15 mil volúmenes en sus anaqueles, son los talleres (lectura, yoga, historieta y fotografía, entre otros), el alquiler del salón para fiestas y el aporte societario. “No estamos mal económicamente, pero hay que hacer mucho esfuerzo -reconoce Marchini-. Los gastos fijos son muy altos porque es un edificio muy importante y es complicado mantenerlo. Por suerte tenemos una inercia de muchos socios, que por una cuota de 100 pesos pueden retirar dos libros por mes. Los jubilados pagan la mitad”.

Un siglo de historia
Impulsada por inmigrantes, la Biblioteca Popular Saavedra nació en 1918 como la primera asociación vecinal del barrio, que se ocupaba del asfalto, el agua, la iluminación y otras problemáticas vinculadas al diario vivir en una zona por entonces marginal de la ciudad. Hasta la década del 60 funcionó en la calle Ramallo pero, por una modificación en la ley de alquileres, la institución tuvo que abandonar el lugar y se mudó a la calle Paroissien. Se trataba de una época de enormes cambios para la sociedad argentina, caracterizada por el incipiente ingreso de las mujeres al mundo laboral. En ese contexto, las madres de la asociación se plantearon, al no poder estar en la casa, qué hacer con sus hijos a la salida del colegio. Y así fue como la biblioteca cobró notoriedad al convertirse en un lugar de estudio para que los chicos pudieran hacer sus tareas después de clase.
En 1974, el sueño de la casa propia se hizo realidad. Con rifas y un gran festival en el Cine General Paz, se recaudaron los fondos necesarios para comprar una casona ubicada en García del Río 2737, donde desde entonces funciona. “La biblioteca vivió todas las crisis del país y pasó por momentos muy difíciles, pero siempre hubo gente que la apoyó e hizo mucha esfuerzo por mantenerla. Ahora nuestra batalla es lograr que la biblioteca tenga razón de ser en esta época”, explica Marchini. Cuenta que para celebrar el aniversario se están organizando actividades conmemorativas, exposiciones artísticas y otras propuestas culturales.

El economista y docente Jorge Marchini preside ad honorem la Biblioteca Popular Saavedra desde 2014.

“El centenario marca una referencia, pero también fija una tarea -agrega-. Lo que ha pasado con los años, sobre todo en la última década, es que la generación que promovió a esta biblioteca está grande y no apareció un reemplazo. Eso es una dificultad. También se suman los cambios de costumbres, las crisis económicas y la desconfianza de la sociedad en las instituciones. Los lugares de encuentro se transformaron en lugares de consumo y no culturales. Hay muchos más incentivos, la información viene muy rápido y la gente no se hace un tiempo para leer”.

Desafíos
A decir de Marchini, queda claro que la Biblioteca Popular Saavedra no escapa a la alicaída coyuntura de los espacios culturales en general, que con el correr del siglo fueron desplazados por la computadora, la tablet y el celular. Consciente de esa situación, el economista realza la función socializadora de este tipo de instituciones: “La gente está mucho con Internet, pero le gusta encontrarse con el otro. El contacto personal es muy importante y enriquecedor, por eso la biblioteca tiene un lugar de estar para que, más allá de venir a sacar los libros o participar de un taller, haya más integración barrial y se puedan conocer otras personas. Se suma la dificultad de que la sociedad está muy dividida: la grieta sí existe y hasta en la comisión directiva hay gente que opina muy distinto. Pero la biblioteca es un ámbito plural”.

-¿Cuál es su reflexión a raíz de este aniversario?
-Saavedra tiene una historia y uno, sin darse cuenta, forma parte de ella. Por eso la recuperación del pasado de la biblioteca y su relación con el barrio es muy importante para nosotros. Un poco para ponernos orgullosos de haberlo hecho, pero también para reconocer a las viejas generaciones y darles una perspectiva a las que vienen por delante. La biblioteca está muy incorporada a Saavedra, es una referencia del barrio. Los vecinos la conocen por alguna actividad cultural o por haber venido alguna vez a retirar un libro. Además muchos nos ayudaron después de la inundación. La colaboración del barrio fue lo más notable, por eso tenemos el compromiso de que la biblioteca siga siendo un motivo de orgullo para Saavedra.

-¿Se le puede dar pelea a la tecnología?
-No hay que ser hostil. Doy clases en Finlandia y, por tradición, las bibliotecas son muy importantes. En las ciudades chicas, el edificio más emblemático y mejor construido es la biblioteca. Entregan libros electrónicos y tablets, hay una tónica no excluyente. Nuestra responsabilidad es decir que la felicidad no sólo está en la computadora. Hay otras cosas que son interesantes, como encontrarse con el otro, participar de talleres y leer un libro. Y eso no se logra en la virtualidad. Pero no hay que ponerse en combate, porque hay un reconocimiento natural de la tecnología. No se puede obligar a la gente a leer. Si no lo hace por gusto, no se le puede imponer.

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