Luego de años de sufrimiento, el Calamar se coronó campeón de la Primera B Metropolitana y ascendió a la B Nacional. Con toda la angustia imaginable, derrotó en una inolvidable final a Estudiantes de Caseros. Ahora tendrá el desafío de afianzarse en la categoría y, por qué no, soñar con el postergado regreso a la Primera A.

Por Julián Amerise
platense@periodicoelbarrio.com.ar

Los hinchas de equipos grandes disfrutan mucho más seguido de la alegría de salir campeón que los de un equipo chico. Es estadística pura. Desde la mágica noche de Lanús, en la que Platense se coronó campeón de la Primera B Metropolitana 2017/18 tras derrotar a Estudiantes de Caseros con el gol agónico del Chino José Vizcarra, varios de “esos” hinchas se han mofado diciendo “ah, salieron campeones de la B”, “llenaron sólo una tribuna completa y media platea” (lo que dio AFA, se agotó todo), “eran 500 en el Obelisco”, “salen campeones y lloran como niñas chiquitas”.
Sí, el hincha de Platense llora porque para entender esto que venía pasando los demás tienen que jugar en la Primera B y comprender lo difícil que es la categoría, donde no se puede jugar a nada, donde desde hace años son veinte equipos o más asesinándose por un solo ascenso y un reducido suicida en el que cualquiera le gana a cualquiera, más cuando uno siente que no tiene nada que hacer en ella, más cuando se está casi todos los años cerca de salir y el destino, un penal, una expulsión, un gol tonto, un árbitro, no te lo permiten. Te chupan para abajo como diciendo “de acá no te vas más”.
Le contamos algo, amigo: Platense jugó casi 75 años en Primera, por si no lo sabía, y bajó en el 99. También le contamos que en 2002, cuando estaba por ascender de nuevo a la máxima categoría, con un equipazo, el Marrón terminó primero en su grupo, pero reestructuraron la B Nacional y mandaron al descenso a ocho equipos, siendo Platense el octavo empezando de abajo porque había tenido un año anterior malo. No tres años malos como condena siempre el promedio, un año malo. Pero mandaron al Calamar a un agujero oscuro, a sufrir, injustamente, justo cuando estaba para volver a Primera. Descendió con Racing de Córdoba en el mismo partido, algo único en la historia.
Pero el hincha también llora porque a este equipo pasó de todo: cinco lesiones graves, apretadas al plantel por parte de la “barra”, remontar un 0-3 en 45 minutos, sufrir y ganar varios partidos sobre la hora, que la AFA y el APREVIDE siempre lo quieran hundir, que les hagan jugar el último y definitorio partido en un charco gigante y sin público, a puertas cerradas, cuando al día siguiente Boca suspendió su partido en La Plata con la cancha que era un billar. Y después la final, con alargue y un gol agónico.
Pero espere, siga leyendo por favor si tiene unos minutitos. Porque después los hinchas siguieron (seguimos) llorando. Salieron todos en caravana desde Lanús y al llegar al Obelisco se dijeron “¿por qué no?” Primero fue un auto, luego otro, luego todos los que pasaban “tiraron” el auto a un costado, bajando con banderas. Y sí, eran 500, 600, ¡pero a quién carajo le importa! Si hubiera sido uno solo saltando, dando la vuelta olímpica en el falo de cemento de los míticos festejos, también hubiera llorado de alegría.

Argumentos de campeón
La noche del 2 de mayo ya es sin dudas una noche inolvidable por el gol del Chino Vizcarra, la impresionante, im-pre-sio-nan-te, atajada de De Olivera en el último segundo del partido, las mil y una encaradas de Curuchet, los HUEVOS (así con mayúsculas) y lo que juega el Pelado Lamberti, la emoción de Trapito Vega, también llorando, de bronca, de alegría, de sacarse tanta mierda de encima. Platense fue un equipo que se fue armando con el correr de los partidos, al que le costó encontrar una línea de juego, con muchos altibajos, llegando a la recta final cabeza a cabeza con los de Caseros, definiendo gloria o nada justamente por un cabezazo.
Si se puede hablar de un equipo ideal del campeón, hay que decir que Jorge de Olivera llegó sobre la hora, se puso los guantes y atajó, atajó todo o casi todo lo que le tiraron. Un muro, figura, clave en varios partidos, sumando puntos desde el fondo. Los dos centrales fueron poniéndose duros y armando un lindo tándem con el correr de los partidos. Nahuel Iribarren y Emanuel Bocchino, por momentos, tanto físicamente como por el juego, hicieron recordar a los campeones de 2006 Héctor Banegas y Guillermo Báez. La sorpresa llegó por los laterales fatto in casa. En una época donde no abundan los marcadores de punta en el fútbol argentino y mundial, el Calamar pudo sacar pecho con dos campeones hechos desde abajo, como Nicolás Morgantini y Juan Infante, quienes se fueron ganando su lugar a pura confianza, desbordes, centros y algún que otro gol importante.
Para seguir con este 4-4-2 flexible en ataque, en las bandas, hablando del equipo que se terminó consolidando sobre la segunda mitad del torneo, hay que resaltar la zurda pintoresca de Diego Tonetto por izquierda y del gran torneo de Agustín Palavecino, una confirmación con augurios de un crecimiento aún mayor. La “10” le quedó linda y el pibe se animó a mucho, con elegancia, sacrificio y goles. En el medio hubo dos piezas claves: Ezequiel Gallego (con su inolvidable golazo a San Telmo) y la bestia, el animal, de Hernán Lamberti. Llegó conocido como “el amigo de Messi”. Bueno, se pareció mucho al otro amigo de Messi en su mejor momento, Mascherano, porque lo del Pelado Ragnar (por su parecido al protagonista de la serie Vikingos) fue demencial. Corrió, jugó, metió y ordenó: estuvo impecable.
Y arriba, párrafo aparte para varios. De “menos” a más hay que mencionar a Gianluca Pugliese, con su gol agónico ante Barracas Central para ganar un partido clave de local faltando tres fechas. Luego, sin orden de importancia, Daniel Vega, llegando a convertirse en el máximo goleador de la historia del club, con 12 goles importantes en un momento meseta del campeonato -donde parecía que el DT tenía las horas contadas- y luego aportando siempre, con más goles y liderazgo, para terminar siendo también el único jugador bicampeón que se haya puesto alguna vez la marrón y blanca. El Chino Vizcarra alternó titularidad con Trapito, con sed de revancha debido a su expulsión tonta ante Riestra en el reducido del año pasado, que condicionó al equipo, a la postre eliminado. Hizo goles importantes, como por ejemplo el agónico del 3 a 3 contra Comunicaciones, levantando un 0-3 en un tiempo, o el del ascenso ante el Pincha en el alargue. Ocho en total.
Por último, tal vez la figura del torneo: Facundo Curuchet. Habrá que empezar a comprar velas en Saavedra y rezar para que no se lo lleven. Impresionante torneo de Curu, pero no sólo por los nueve goles sino porque marcó claramente diferencias en cada partido que se lo propuso. Incontenible pesadilla de laterales izquierdos, a veces también de los del otro lado. Velocidad, explosión, gol, asistencias, ¿qué más?
No pueden dejar de mencionarse las esporádicas pero importantes apariciones de Juan Manuel Olivares, quien no rindió en su mejor forma pero apareció con su clase en los momentos calientes, como en el pase-gol a la cabeza de Vizcarra para gritar “campeón”. Tampoco se puede dejar de hablar de los lesionados, que también son campeones y parte de este proceso. Jonathan Bustos volvía de una lesión ligamentaria y en el primer partido del año se volvió a romper, peor suerte imposible. Marcelo Vega a comienzos de temporada y luego Emmanuel Carreira también sufrieron rotura de ligamentos. Por eso se dice que este plantel se las bancó todas. Por eso el hincha les estará eternamente agradecidos por la alegría, por la emoción y por haber sacado a Platense de ese oscuro agujero llamado Primera B Metropolitana.
Quien suscribe esta nota tiene 41 años, nació en 1976 con Platense campeón sin vivirlo. Luego tuvo que esperar hasta 2006 para disfrutar otra vuelta, como periodista desde una cabina, vociferando el gol de Juan Acosta Cabrera. Y ahora, sí, recién ahora, pudo gritar campeón otra vez en una cancha, en la tribuna, abrazado con amigos, con esos amigos que comparten la misma angustia desde hace tantos años. Porque Platense no pertenece a la Primera B, pero estaba ahí, perdiendo con una universidad privada, con un club de country, yendo a canchas sin tribunas, con más tierra que pasto, mucho barro, y luego sin visitantes, situaciones que lo suelen dejar a uno sin ganas de nada. Pero se terminó.
Los Calamares al fin pueden volver a gritar “somos campeones” y nos vamos a la B Nacional para seguir soñando. ¿De verdad creen que a un hincha de Platense le preocupa que digan que lloran por una vuelta olímpica? Estimado amigo, si después de todo lo explicado no llorás o nunca lo hiciste por algo parecido, no tenés sangre o no entendés nada de este deporte. ¡Muchas gracias Platense!

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