El significado del perfil de una zona que no es céntrica ni comercial se encuentra relacionado con la calidad del ambiente urbano y se forma principalmente a través de la mezcla de elementos arquitectónicos y de diseño. Al romper con esta armonía se provoca la desaparición de la identidad, en detrimento de la calidad de vida.

Por el Arq. Jorge Luchetti

jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

Desde sus orígenes, las ciudades fueron mutando y transformando su morfología para adaptar su escala a las nuevas necesidades. La anchura de las calles fue variando y así también los espacios públicos pudieron dar respuesta a los nuevos usos y necesidades. Obviamente la arquitectura es el partícipe directo de la conformación de la ciudad y es quien marca el perfil de la urbe. Los edificios son aquellos elementos que definen la forma urbana pero además actúan como creadores de la imagen y de la armonía, pues son ellos los referentes en la ciudad, los que pueden señalar las secuencias visuales más significativas o la ausencia y necesidad de las mismas en cualquier contexto.

Desde la época de la colonia hasta la actualidad, este perfil ha cambiado y se incrementó en altura. De esta forma, las manzanas que en un principio estaban conformadas por viviendas de una sola planta pasaron a tener dos, luego tres y así fueron creciendo hasta aparecer en la actualidad inmensas torres que no encuentran límite en los cielos porteños. En estas últimas décadas Buenos Aires se ha desarrollado de forma desenfrenada, dentro de una morfología que ya le queda extraña. Nuestros cielos cada vez están menos visibles y los edificios que producen grandes planos de sombras traen a mi memoria aquel personaje de la película El hombre de al lado, quien quiere abrir una pequeña ventana en una medianera para capturar un rayito de sol. Es así que en nuestra metrópoli va surgiendo un perfil irregular en la suma de sus edificios, que muestran cierto aspecto de movimiento.

El admirado Clorindo Testa expresaba el agrado que producían esas medianeras tan distintas en altura y argumentaba que su crecimiento desparejo daba un ritmo distinto del de otras ciudades. Decía también que esto iba a tener un límite. Seguramente los tragaluces, los carteles publicitarios, las marcas de rajaduras y los caños de ventilación ayudan a ese movimiento imperfecto pero rítmico que las medianeras provocan. Pero también sabemos que lo permisivo del código de edificación ha dado pie a que algunas torres rompan incluso con esto. Todos quieren tener vista al río, entonces uno construye más alto delante del otro y así sucesivamente hasta crear verdaderas murallas que impiden las buenas visuales.

Siempre existieron casos abusivos en lo que respecta a romper con el código edilicio y que no han tenido otra justificación más que la especulación. Así podemos mencionar uno de los más controvertidos proyectos que le cambiaron definitivamente el perfil a la Avenida de Mayo. Se trata de la construcción ubicada en el cruce del singular bulevar y la calle Chacabuco. En el solar se encontraba en sus orígenes una obra del arquitecto inglés Edwin Merry, de líneas clásicas y gran armonía para el paisaje de la arteria. Tenía un claro valor arquitectónico, pero fue demolida para dar paso en los años 80 a una torre poco feliz para el entorno, construida por el estudio SEPRA. Este edificio rompe con todos los cánones de la zona, no sólo por su cuestionada altura (la avenida se caracterizó por tener una cota promedio de ocho a diez pisos): también se comete un gran error al romper con la continuidad edilicia, ya que se separa la obra de la medianera vecina.

Este tipo de arquitectura de torres vidriadas, despegadas de las medianeras y de grandes alturas, no siempre ha sido apta para el damero porteño y por otro lado crecen por doquier en cualquier rincón de la ciudad. El ya desaparecido arquitecto Mario Roberto Álvarez auguraba y veía con beneplácito una ciudad desbordada de torres. De hecho, fue autor de la Torre Galicia (Perón y Reconquista), obra que afecta no sólo la silueta de esa manzana sino que también se la percibe desde la Plaza de Mayo como un desproporcionado volumen vidriado que provoca la ruptura de la escala dominante en torno a la Plaza.

El hombre como escala

No se entiende a la arquitectura como disciplina, sino que está incluida dentro del contexto de la ciudad. Pero, a su vez, debe dar respuesta a la escala del individuo para que la relación hombre-ciudad sea armónica. Desde la Magna Grecia hasta la Modernidad el sujeto siempre ha estado en busca de la relación de la arquitectura y su propio cuerpo. Ya el eximio filósofo griego Protágoras mencionaba en su retórica al hombre como la medida de todas las cosas. También lo hizo el arquitecto y tratadista romano Vitruvio, quien expresaba en sus diez libros de arquitectura la analogía entre el cuerpo humano y el espacio construido.

En la antropometría Maya, las medidas eran tomadas a partir de un modelo de hombre preestablecido. Las mismas eran utilizadas como patrones y con sus conocimientos de geometría dieron forma a todo, desde lo textil, la alfarería, la escultura y la arquitectura. Por otro lado, relacionaron los veinte signos grabados calendáricos con las diferentes partes de su cuerpo.

El Renacimiento europeo se caracterizó por volver la mirada nuevamente al mundo clásico grecorromano, estudiando e interpretando la proporción divina. Leonardo Da Vinci tomó al Hombre de Vitruvio y lo relacionó con estudios matemáticos y la Sección Áurea. Además de todos estos ejemplos, el maestro Le Corbusier creó el Modulor a mediados del siglo XX. Era un modelo de escala cuyo patrón surgía de la medida humana interrelacionada con la escala métrica decimal. De esta forma, todo lo diseñado tanto en arquitectura como en lo urbano debía responder a este módulo establecido. Queda claro, con todo lo dicho, que desde que el hombre empezó a vivir en comunidad la búsqueda de la armonía en el espacio habitado fue una necesidad.

El perfil barrial

El concepto de perfil barrial se encuentra estrechamente relacionado con la calidad del ambiente urbano, que se conforma principalmente a través de la mezcla de elementos arquitectónicos y de diseño urbano. El hombre, el árbol y el edificio establecen una interrelación con el espacio urbano y su escala: cuando éstos no respetan las proporciones, la armonía queda a un lado. Esta escala difiere en tanto se trate de un centro urbano histórico, un centro urbano comercial o un barrio. Cada una responde a una morfología distinta.

En estos últimos tiempos, precisamente, la escala barrial ha cambiado y en algunos rincones de la ciudad se ha perdido esa armonía, que generaba una visual acorde a un determinado estilo de vida. Con esto no estamos diciendo que los barrios no puedan diferir en alturas ni crecer; incluso eso sería utópico, ya que la mutación de la ciudad es necesaria por un lado e inevitable por otro. El tema es que los cambios no rompan con la armonía agrediendo al entorno. Nuestros barrios son como adolecentes que crecen y crecen, desproporcionadamente, adentro de un cuerpo que ya le queda extraño.

Hoy en día están transformando de forma acelerada su perfil, lo que provoca una pérdida de la verdadera escala barrial. Diríamos que el modelo más nefasto de esta aberración es el proyecto para la Villa Roccatagliata, en Coghlan. Excedido en peso y altura, demuestra no tener nada en común con su entorno. Los paredones grandes de hormigón quebrarán la escala del lugar, donde todo parece desbordar y no tener límites. Mientras los vecinos reclaman con razón, la Justicia se hace oír a medias sin encontrar una solución que no afecte al barrio.

Como decía el arquitecto estadounidense Louis Kant: “El espacio de un edificio debe poder leerse como una armonía de espacios iluminados”. Evidentemente esta definición es todo lo contrario al proyecto de las torres que se levantarán sobre Roccatagliata, donde la armonía del lugar queda excluida.

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