Son los últimos segundos de su vida, aunque por supuesto lo ignora. Su mandato natural lo guía por el espacio hacia el enigmático horizonte azul, cada vez más próximo. La invasión está en curso.
Indiferente a la guerra de fronteras, que se cobró a millones de los suyos en los últimos siglos, parece estar dispuesto a todo con tal de conquistar ese extraño mundo. Por ello vuela en silencio y no quita la vista de su destino, de donde con preocupante frecuencia brotan destellos intermitentes y explosiones. No siente temor; sólo ansiedad por llegar.
La luz púrpura ilumina todo el cielo, como si se tratase de una estrella en camino de apagarse. Al ingresar a esa atmósfera desconocida percibió un importante aumento de la temperatura, pero no le prestó importancia; casi le resultó agradable. A pocos metros de alcanzar el objetivo vio los cuerpos de varios de sus compañeros, carbonizados sobre esa superficie inexplorada. La luz era cada vez más intensa y lo cegaba, pero el deber se impuso a su instinto de conservación.
Cuando al fin logró aterrizar, lo primero que sintió fue un calor sofocante. Intentó retroceder, pero ya era tarde. Sintió una brusca descarga y supo -intuyó- que era el final. Perdió la conciencia antes de que las llamas treparan por su cuerpo y lo consumieran. La combustión instantánea de su carne fue precedida por una detonación eléctrica. Murió instantáneamente. Un par de borrachos festejó la nueva ejecución a las risotadas, chocando sus vasos de vino barato.
Atraída por el brillo ultravioleta de la lámpara, otra mosca acaba de quedar pegada en el insectocutor de un bar de Saavedra.

Marcelo Benini

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