Luego de tres décadas de actividad, hoy cierra el bar de Bauness y Roosevelt. La propiedad, de antigüedad centenaria, sería demolida y en el terreno se levantaría un nuevo edificio. Originalmente era una casa de familia y con el paso del tiempo funcionó como frigorífico, unidad básica, pub y mueblería. Con nostalgia descubrimos que la fachada del inmueble se puede observar en una de las primeras fotografías aéreas de Villa Urquiza.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

Los registros indican que el inmueble de la calle Bauness al 2561 data del año 1908, aunque se presume que podría ser todavía más antiguo. Su fachada, que hasta hoy se conserva casi sin modificaciones, se llega a apreciar en una de las primeras fotografías aéreas de Villa Urquiza, tomada por Juan Bautista Borra y Enrique Broszeit en la década del 20. «Es un edificio ecléctico en su composición, con diversos elementos que no corresponden a un estilo en particular -lo describe Jorge Luchetti, arquitecto y colaborador de este periódico-. Si tuviera que definirlo, diría que presenta una tendencia modernista (lo que no significa que sea moderno), condición que se puede observar en todo el remate superior».
Originalmente, la propiedad era la casa de los Biderman, familia de tradición comercial en Villa Urquiza, y luego fue destinada a diferentes actividades. Primero se instaló un frigorífico de la recordada firma CAP, más tarde una unidad básica justicialista y, entre fines de los 70 y principios de los 80, durante la época militar, comenzó a funcionar un pub nocturno de «mala fama» en el barrio.
Tras un breve período como mueblería, en la década del 90 abrió sus puertas el Bar Bauness, muy concurrido entre los aficionados al billar y los juegos de mesa, que hoy se convierte en noticia por su inminente cierre. Luego de tres décadas de actividad, el local bajará definitivamente sus persianas este 31 de diciembre y ahora la centenaria propiedad corre riesgo de desaparecer.
Según cuenta Hugo Laguzzi, administrador del bar desde hace 22 años, el edificio sería demolido y el terreno daría paso a un nuevo emprendimiento inmobiliario. «Varias veces quisieron comprar el inmueble, por eso no me tomé tan en serio cuando los dueños me comentaron que había probabilidades de venta. Pero ahora los números les cierran y decidieron desprenderse de la propiedad. Si bien para mí era mucho lo que había que pagar de alquiler, a ellos no les redituaba por lo que representa el inmueble y optaron por finalizar el contrato. Tienen todo el derecho de hacerlo», explica Laguzzi sin rencores.

La propiedad de la calle Bauness al 2561 data, como mínimo, de 1908. Ahora sería demolida y en el lugar se levantaría un edificio.

Sobre la posible demolición de la propiedad, opina el Arq. Luchetti: «El valor patrimonial de un edificio no sólo se determina por su estética arquitectónica o el estilo al cual pertenece. También hay un valor morfológico, que está ligado con el entorno. En realidad, se han demolido inmuebles de mayor importancia que éste, pero eso no significa que tenga que ser demolido. No se puede conservar todo, obviamente, pero el Gobierno de la Ciudad tendría que hacer un estudio más profundo de qué es lo que se va a derribar y qué es lo que tiene que subsistir».

Café, truco y billar
A pocos días de su cierre, el último administrador del Bar Bauness hizo un repaso de los años transcurridos y recordó en detalle su llegada al local: «Fue el 20 de octubre de 1997. Yo era empleado en una panchería de Constitución, pero se vendió y quedé sin trabajo. Me pagaron 4.000 pesos de entonces y en los clasificados del diario leí que había un negocio en Villa Urquiza que estaba en venta. Esto es mío, me dije en el momento. Con la plata que tenía, más lo que me prestó mi hermano, compré el fondo de comercio, prácticamente sin resto económico. Desde entonces estuve acá, siempre como inquilino».

-¿Cuál fue el fuerte del bar en todos estos años?
-Fue variando. En los primeros tiempos eran los pool, el billar y los juegos de cartas como truco y tute. En una época también incorporé juegos de mesa para la juventud, como el TEG y el Estanciero. Mi objetivo siempre fue que el bar fomentara el encuentro y la amistad. Vos venías a la mañana y los clientes se intercambiaban el diario, charlaban, se conocían. Incluso muchos vecinos se hicieron amigos jugando al pool. El verdadero sentido del bar era ése: la reunión y el diálogo entre las personas.

-Por lo que se podía ver, la edad promedio de la clientela comenzaba en los 50 años.
-Claro. Desde hace un tiempo, de hecho, los chicos del barrio lo llamaban “el bar de los viejos”. Hay gente a la que le gusta y hay otra a la que no. Si vos querés estar con una chica en una lugar romántico, por ejemplo, éste no es el mejor porque vas a escuchar los gritos de ¡Truco! o los goles del partido de fútbol mientras estás charlando (risas).

La fachada que hasta hoy conserva el inmueble se puede observar en una fotografía aérea de Villa Urquiza tomada por Juan Bautista Borra y Enrique Broszeit en la década del 20.

 -¿Funcionaba bien el local? Los últimos años fueron difíciles en materia de consumo…
-Sí, fueron duros, pero hasta ahora sobrevivíamos. Aún hoy los números me cerraban, porque la cafetería siempre se mantuvo fuerte. Lo que sí, ya estoy cansado anímicamente y no tengo tantas pilas como antes.

-Está en venta el histórico Bar La Unión, de Congreso y Estomba, y a principios de 2018 cerró el Bar 9 de Julio, frente al Parque Sarmiento. Más atrás en el tiempo, en 2012, dejó de funcionar La Sirena, otra leyenda de Saavedra. ¿Podríamos decir que es el fin de una era para este tipo de cafés, ante la masiva llegada de emprendimientos inmobiliarios?
-Creo que tiene que ver con el avance social y también con los diversos requisitos y normas que hoy pide la Municipalidad para seguir. Por ejemplo, las rampas para discapacitados o los baños a nivel, que hace 90 años ni se soñaban. En este tipo de negocios hay que hacer inversiones muy grandes para mantener la estructura original y adaptarla a las nuevas demandas. El ser humano pide cambios que primero gustan y se ponen de moda, pero es en lo clásico, como este bar, donde está el verdadero espíritu. La gente se reúne, charla y juega a las cartas. Ahora se perdió el contacto humano y las personas ya no conversan entre sí: están más con el Whatsapp que mirándose a la cara. Este tipo de bares van desapareciendo por una cuestión de tiempo, pero una vez que se pierden se añoran.

-¿Cómo tomaron los clientes la noticia del cierre?
-Se pusieron tristes porque vienen desde hace años y se les va a cortar una rutina de ir siempre al mismo lugar y reunirse con la misma gente. Por ejemplo los jubilados que vienen a la tardecita a jugar al dominó, con quienes siempre jodo. La mayoría es habitué y nos va a extrañar.

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