Alberto Baldinelli fue un talentoso corredor que dejó su huella en el automovilismo. Se instaló en un pequeño taller mecánico en Saavedra e inventó un novedoso sistema de amortiguación para autos de competición. Una carrera amateur en la Panamericana con su Torino le abrió las puertas a una próspera trayectoria al volante. Le ganó a famosos pilotos, como Juan María Traverso y Luis Rubén Di Palma, y fue campeón del Desafío de los Valientes de 1987. “Mi problema es que no supe manejarme abajo del auto”, se lamenta. A los 67 años, enfrenta problemas de salud y está desempleado.

Por Pablo Riggio
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“Nadie es profeta en su tierra”, le dijo Jesucristo a sus discípulos en la sinagoga de Nazaret. Más de dos mil años después, Alberto Baldinelli (67) se haría eco de sus palabras en Saavedra. Resabios inequívocos de melancolía de una época mejor, pero sin rencores contra sus vecinos porque reconoce tanto las virtudes como los defectos que determinaron el destino de su carrera como piloto.
De trabajar en un humilde taller de barrio a codearse con la divinidad del automovilismo argentino, El Baldi es testigo en vida de los egoísmos del deporte, que abandona a su antojo hasta a sus devotos más idóneos. “Es de esos tipos que pueden no tener nada, pero si un amigo necesita algo sale a robar”, dicen quienes lo conocen. Después de sufrir un infarto y la muerte de la madre de su hija, lucha por conseguir trabajo. Y tiene una historia que contar.

Sobre cuatro ruedas
No se sabe con certeza por qué hay tantos talleres mecánicos en los barrios del norte de la Ciudad de Buenos Aires. Algunos dicen que se debe a la gran cantidad de galpones que se construyeron a principios del siglo XIX y que luego se convirtieron en el lugar ideal para trabajar con automóviles; otros sostienen que siempre ha sido una zona con mucha “vida” y movimiento. Lo cierto es que a fines de los ‘60  un joven que trabajaba como alineador se instaló en un terreno casi asolado, ubicado en Avenida del Tejar (hoy Ricardo Balbín) y Correa, pegado a la estación de servicio La Norteña. Dueño de un carisma único y una personalidad extrovertida, no tardó en convertirse en un vecino más de Saavedra y forjar una amistad entrañable con Jorge “El Bocha” Goyeneche, hijo de “El Polaco” y voz del estadio de Platense durante muchos años.
Poco tiempo después comenzaron las obras de remodelación en la estación de servicio, actualmente es una YPF, y Alberto se mudó a Avenida del Tejar entre Miller y Lugones, donde empezó a hacerse un nombre en el mundo del automovilismo. Diseñó un tipo de amortiguación para vehículos de competencia que fue pionero en el mundo y, por la gran demanda que enfrentaba, se unió a Amortiguaciones Horacio, que hasta el día de hoy sigue en el barrio (Miller y Núñez). “Los pilotos en aquel momento no le daban importancia al chasis. Los autos eran puro motor y usaban amortiguadores estándar, con un plato fijo y soldado. Lo que hizo Alberto fue diseñar un amortiguador con espirales que suben y bajan de acuerdo con la necesidad del vehículo, para que tenga mejor tracción. Arrancamos a trabajar con esto en el ’70 y nos dedicamos a la competición”, recuerda Juan D’Agostino, de Amortiguaciones Horacio, a El Barrio.

Baldinelli y su Fiat 128.

Para Alberto es un error imperdonable no haber sacado mayor provecho de su invención, clave por aquel entonces en el automovilismo: “Fueron mis primeros pasos, todos se lo adjudicaban a Amortiguaciones Horacio y nunca se contaba la verdad… Esto lo hice yo y no lo patenté. Como tampoco patenté las clases de manejo de pericia conductiva de alto riesgo, donde enseñaba a manejar, por ejemplo, a choferes de ambulancias para que no choquen. O cómo perseguir autos en un secuestro. No patenté nada, pero si me lo pongo a pensar me hago mala sangre”.
La amortiguación no se cobraba, sino que se intercambiaba por publicidad en los vehículos de competición. Un trabajo en el auto de Luis Rubén Di Palma -que le dio un gran resultado en la pista- le abrió las puertas a Alberto para empezar a trabajar en el Turismo Nacional. De esta manera viajó por todo el país y, casi inevitablemente, surgió el interés por sentir la velocidad en primera persona. Su primera experiencia como piloto fue casi de casualidad, pero digna de un largometraje. Fue en el año 1976, época en la que Alberto y algunos amigos se dirigían con su Renault Torino a la Panamericana, en los accesos a Pilar y a Tigre, donde corrían picadas el hijo de Oscar Gálvez y su Ford Falcon con motor Mustang. El recorrido era en un tramo recto hasta llegar a un puente, donde emprendían la vuelta en sentido contrario.
“Se juntaba más gente que en el autódromo un viernes a la noche. Un día, en lugar de quedarnos mirando, les dije a mis amigos ‘¿por qué no los seguimos?’. Los corríamos de lejos, pero en un momento no me aguanté y cuando empezaron a frenar en el puente me les tiré por el costado, donde estaba la gente, al lado de la ruta. Les hice luces, se abrieron y pasé. Cuando paré vino el hijo de Oscar Gálvez a desafiarme para que corriera. Yo no tenía el auto preparado y no sabía correr. A veces lo pisaba cuando iba a cazar liebres al campo, era algo innato en mí parece, pero nada más. La gente empezó a gritar ‘¡Y dale la Tora, Tora, Tora!’ por el Torino, ¿viste? Me levantaron en brazos, se apostaba mucha plata…”.
El jolgorio y la provocación de la gente fueron seductores para Alberto, que se vio obligado a aceptar el desafío a pesar de la diferencia en la preparación del vehículo y la personal. “En la segunda vuelta había que agarrar una bajada que no era de asfalto, sino de tierra, como las de antes. De la emoción seguí de largo, volé y caí abajo, donde terminaba el pasto. Gané. Toda la gente se me vino encima y me hicieron sentir esa vanidad, ese pecado capital, esa sensación de verlos tan felices… Ahí arrancó todo”.

Devoto de sus fieles
Sus primeros pasos los dio en el Circuito Callejero de la Ciudad de Santa Fe: “Ganaba por robo”. Luego comenzó a competir en Turismo Nacional, convirtiéndose en el primero en consagrarse en la categoría con un Fiat 1500 propiedad del piloto Julio Pardo: “Lo alquilaba mi patrocinante, si yo no podía pagar nada…”. Le ganó a los más famosos corredores. También compitió de a dos en el Club de Pilotos junto a Osvaldo “Cocho” López, con quien formó un dúo casi imbatible. Su máximo logro: la primera posición en el Desafío de los Valientes en 1987 con un Regatta y, como premio, el auto y la posibilidad de integrar el equipo de Fiat.
El Beto fue un gran laburante. Era de esos pilotos que no solamente eran buenos arriba del auto sino que también trabajaban mucho en el taller. Dejó un sello muy grande dentro del Turismo Nacional y en el automovilismo en general, con carreras históricas en una época gloriosa del deporte donde se resaltaba, precisamente, el trabajo manual. Hizo mucho con pocos recursos. Más allá de sus grandes carreras con Fiat, lo más importante es que fue un preparador y piloto absolutamente artesanal”, le explica a El Barrio Alejandro Coplo, periodista especializado en automovilismo y conductor del ciclo radial De pista en pista.

En el rally Pagos del Tuyú, en 1985, arriba de un Mitsubishi Lancer.

Baldinelli se cansó de ganar carreras junto a Cocho López y le alquiló un Datsun a Luis Rubén Di Palma -con quien formaría una entrañable amistad que dura hasta el día de hoy- para correr en TC 2000. “Corrimos la carrera de clasificación y eso le cayó muy mal a Carlos Pairetti, que dio la orden de que me tiraran para atrás porque no podía ser que un piloto que venía del Turismo Nacional hiciera mejor tiempo. También tuve unas agarradas con Juan María Traverso por este tema, aunque después terminamos siendo grandes amigos. He sido muy respetuoso con todos, más que nada con los principiantes: les enseñé siempre con la verdad, no como muchos que les mentían hasta con el aire para las gomas. Las miserias humanas existen en todos lados”, confía Alberto.
Juan D’Agostino nunca se olvidará de esa carrera de Alberto con el Datsun de Luis Di Palma y mucho menos de la cara de todos los pilotos al ver que había conseguido el primer puesto en la clasificación: “Ni se lo imaginaban. Pero el domingo, en la carrera, no sé qué le pasó a su auto que ya no andaba como el día anterior… Me acuerdo cuando se subió a un Dodge 1500 en TC 2000: él había largado atrás y en la primera curva, cuando todos frenaban, el loco se mandó por la banquina y los pasó a todos. Era muy aguerrido. Tenía muchas mañas y era muy bicho en la pista”.
Compitió hasta el ’93 con un Ford Falcon en Turismo Carretera, siempre en la Ciudad de Buenos Aires, motivo por el cual sus competidores de la Asociación de Corredores de Turismo Carretera (ACTC) lo apodaron “subte”. Complicado económicamente y por ese motivo sin posibilidades de crecer en el corto plazo, decidió dar un paso al costado y dedicarse a su labor como chasista: “Todo lo que hice fue para los que estaban del otro lado del alambrado, por eso lo único que extraño es el amor de la gente y la adrenalina. No extraño correr, nunca me gustó el automovilismo”.

Confesiones
No sucede sólo con el automovilismo, son las reglas del juego: el éxito excede a la habilidad. Los que llegan no siempre son los mejores y los que se mantienen muchas veces lo hacen por méritos extradeportivos. ¿Es injusto? El protagonista de esta nota no conoce la respuesta a esa pregunta. Lo cierto es que mente y cuerpo necesitan encontrar el equilibrio para esquivar el ocaso prematuro en la carrera. “Alberto podría haber sido como Traverso tranquilamente”, dice Ezequiel Baldinelli, sobrino del ex corredor, que sigue su legado. Su tío no lo niega. “Era bueno como piloto, pero malo abajo del auto. Dejé de correr porque había mucho lavado de dinero y yo no sabía cómo manejarme. Necesitaba conseguir plata y había muchas empresas fantasma”, revela Alberto.
Alejandro Coplo destaca la falta de recursos del vecino de Saavedra: “Creo que no se lo reconoce como se lo debería. Tanto el periodismo como las propias instituciones no se acuerdan de aquellos pilotos que con esfuerzo hicieron mucho por esas categorías. El automovilismo es comercial y las grandes estructuras dominan la escena con equipos de 15 autos y 30 personas trabajando. Se olvidan de aquellos que en algún momento limaron fierros para hacer que la categoría fuera grande”.

Junto a Cocho López formó un dúo casi imbatible.

Juan D’Agostino adjudica el poco conocimiento que se tiene sobre su figura a la escasa difusión mediática que tenía el automovilismo en la década del ’80. Pero Ezequiel Baldinelli insiste en que si “la suerte” hubiera estado de su lado, su nombre sería conocido por todos como uno de los grandes del deporte: “Es difícil el mundo del automovilismo, necesitás muchos contactos. Es como el fútbol: no siempre llega el bueno o el que debería llegar”.
Dice Alberto que la vida del piloto de carreras ya forma parte del pasado. Sin embargo, después de un rato, se sincera: “Hoy me subiría a un auto por nada”. De todas formas, sabe que es difícil: “Dicen ‘tiene 67 años, este es un viejo’. Ahora los pibes tienen simuladores, reportajes… Para mí, el automovilismo no fue una pasión, lo hacía por los que les gustaba que yo corriera”.

Pecados barriales
En paralelo con su carrera como piloto, Alberto seguía con su labor como mecánico especializado en amortiguación. Casi cuatro décadas estuvo en Balbín entre Miller y Lugones, hasta que se mudó a Galván y Manuela Pedraza. Contaba con una ventaja: como era corredor de carreras, tenía la posibilidad de probar él mismo el trabajo en los vehículos. Y no era un piloto más: era de los mejores. Por eso, cuando probaba los amortiguadores en los autos, sus clientes quedaban deslumbrados.
Su hermano Héctor, de breve paso por el automovilismo, también era mecánico. Podrían haber trabajado juntos y llegar de la mano al éxito. Sin embargo, ambos tenían sus locales a metros de distancia y el de Alberto llevaba un cartel con la inscripción “El legítimo”. Para todos los vecinos algo ocurría entre ellos y no era nada bueno.

El máximo logro de Baldinelli: la primera posición en el Desafío de los Valientes en 1987 con un Fiat Regatta.

-¿Qué pasó entre vos y Héctor?
-En un primer momento lo traje a Avenida del Tejar para trabajar juntos y teníamos pensado abrir otro local sobre Avenida del Libertador. Yo me fui a una carrera a Tucumán, donde terminé tercero, y cuando volví me dijo: “Mirá que ya alquilé local”. Yo le pregunté si íbamos a verlo con su auto o con el mío. “No hace falta -me respondió-. Está acá en frente”.

-Te quiso hacer la competencia…
-Mi hermano me dijo: “Lo que pasa es que vos te vas a las carreras y, así, yo puedo atender a los clientes cuando no estás”. Yo le dije que los clientes eran míos, iban ahí por el nombre, porque conocían a Baldinelli… Entonces ahí nació “Alberto Baldinelli, el legítimo”.

-Entonces era cierto lo que se comentaba. Que estaban peleados…
-La gente se reía y pensaba eso, se hizo un mito. Pero no es así, yo estaba peleado con mi hermano por cuestiones personales, no laborales. Aquello no tenía nada que ver. Un mes antes de que lo matara un auto pasó a saludarme con la familia. Como si no hubiese pasado nada. Todos sacamos la conclusión de que paró para despedirse…

Bandera a cuadros
“Héctor y Alberto se perdieron la oportunidad de su vida de trabajar juntos en un taller por peleas de hermanos y por tarados que somos a veces de no decir ‘estaba equivocado’. Eran dos cabeza dura. Eso de poner ‘el legítimo’ es una pelotudez… Alberto necesita ser él y él y por eso no priorizó otras cosas”, revela Juan D’Agostino. Héctor falleció mientras transitaba en su moto por Av. Mitre, en Munro, cuando lo embistió un auto de frente, en contramano, al querer sobrepasar a otro vehículo.
Los últimos tiempos han sido duros para Alberto. A principios de año sufrió un infarto y le tuvieron que colocar dos stent. Sumado a sus problemas en el nervio ciático, fue imposible seguir trabajando en el taller. La muerte de la madre de su hija también resultó un golpe duro del que aún le cuesta recuperarse. Su objetivo es asociarse con otro mecánico y aportar sus herramientas para trabajar en conjunto. “Pero todavía estoy muy lejos”, se lamenta.
Ahora vive con su pareja en el partido de San Martín. Levanta la vista y recuerda con orgullo los años en Saavedra, a pesar del anonimato en el barrio: “Es un lugar hermoso y lleno de vida. Disfruté de todo lo que me dio. A mí no me quedó ninguna cuenta pendiente: llegué a la cúspide, me llené de amigos y tengo un timbre para tocar en todos los lugares del país a los que vaya. Eso no se compra con nada”.

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