Reciente tatarabuela, en octubre sopló 100 velitas y lo celebró con una gran fiesta. Le gusta leer revistas y mirar televisión, pero sobre todo estar rodeada de familiares y amigos. Los sábados sale a tomar café a Los Incas y Triunvirato y ¡hasta sube sola la escalera de su casa! “No hay que hacerse mala sangre”, recomienda.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

Además del acontecimiento en sí, cumplir años implica, para muchos, un momento de reflexión donde se pone en la balanza lo vivido, el presente y lo que vendrá. En el caso de Lidia Moreno de Salas, de esa síntesis aflora un único sentimiento: felicidad. El sábado 21 de octubre cumplió 100 años y lo tomó con una naturalidad que asombra. “Lo recibo como todos los días: es un año más”, confiesa con lucidez.
Nació en la localidad de Chumbicha, Catamarca, y, en busca de trabajo, de joven migró a la Ciudad de Buenos Aires con su esposo Carlos Faveiro y la pequeña Adriana, que tenía apenas tres meses. Se instalaron primero en Villa Luro y luego en Floresta. “En mi juventud viví muy bien. Tuve un marido muy bueno y cuatro hijos, pero uno se me fue”, cuenta Lidia, madre de Adriana, Silvia, José Armando y Justo Pastor, ya fallecido. El árbol genealógico se completa con nueve nietos, seis bisnietos y una tataranieta, Amalia, que nació en abril de este año y se roba todas las miradas.
Al ver a la bebé, Lidia enloquece de amor: no para de besarla y de acariciarle los piecitos. Son los dos extremos de la familia, separados, ni más ni menos, por un siglo de vida. “Está muy motivada por el cariño de la familia y de los amigos”, explica Adriana, quien vive con su madre desde hace 21 años en su casa de Cádiz entre Gándara y Berna. Lidia se mudó a ese rincón de Parque Chas después del fallecimiento de su marido, que se desempeñaba como inspector de Aduana y era el sustento laboral de la familia. “Yo trabajé cuatro hijos”, aclara Lidia, quien pese a no haber contado con una ocupación formal tuvo la labor más importante de todas.

Eterna juventud
A la cumpleañera le gusta jugar a las cartas, especialmente al póker y la canasta, y lee todos los días el diario. Además recibe dos revistas por semana, para estar al tanto de los últimos culebrones del espectáculo, y se entretiene mirando televisión, sobre todo los programas de la tarde. “Le gusta el chusmerío”, dicen entre risas sus hijas.
De vez en cuando sale a pasear en auto y los sábados va a tomar café a un bar de Los Incas y Triunvirato. “No parece una persona de 100 años -asegura Adriana-. Cuando terminan las fiestas, a veces se queda charlando como hasta las cinco de la mañana. Nosotros le decimos que se vaya a acostar, pero nos responde que no tiene sueño”. La vitalidad de esta centenaria vecina se comprueba con otro dato sorprendente: sube sola la escalera de la casa para ir a su dormitorio.

Lidia y sus hijos Silvia, José Armando y Adriana.

Uno de los secretos para mantenerse activa es, además del amor de la familia, su alimentación saludable. Le encanta la ensalada de tomate -acompañada de una lonja de jamón cocido o crudo- y la sopa con verduras y fideos. De postre, su plato favorito es el helado y para regar la comida, el vino. “Cuanto más tinto, mejor”, agrega Lidia, quien pese a haber venido a la ciudad de muy joven se sigue considerando “catamarqueña”. “Su vida cambió mucho, pero nunca se olvida de dónde vino”, destaca Adriana y define a su madre como una persona inteligente y con mucho sentido del humor.

La fiesta
Prolijamente peinada, con sus uñas pintadas y maquillada con un tenue rubor -“es muy coqueta, le gusta arreglarse”, la elogian sus hijas-, Lidia Moreno de Salas recibió sus 100 años rodeada de amigos y familiares. El festejo, que incluyó un show musical, se llevó a cabo el mismo sábado 21 de octubre, con un total de 50 invitados. “El cumpleaños me encuentra muy bien”, informa la jovial vecina, quien para finalizar nos regala una de sus máximas: “Para vivir tranquilo, no hay que hacerse mala sangre”.

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