Ángel Coerezza es uno de los mejores árbitros surgidos de nuestro país. Activo entre 1953 y 1978, dirigió en los mundiales de México 70 y Argentina 78. Vecino de Belgrano, estuvo más de un mes internado por un serio problema de salud. Pero tiene un dolor mucho mayor: a los 84 años, se siente decepcionado por la forma en que Horacio Elizondo lo despidió de la AFA.

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

Reconocido por haber dirigido tres partidos en Copas del Mundo, dos en México 1970 y uno en Argentina 1978, hoy Ángel Coerezza tiene 84 años y está dolido. No se trata de la grave infección que tuvo en una de sus piernas, que puso en riesgo su vida y por la que estuvo internado más de un mes en una clínica de Cabildo y Zabala sin un diagnóstico claro. Lo angustia su despido sin explicaciones de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), producido a comienzos de 2017 y por el que se encuentra en medio de un inesperado conflicto. No se trata de una pelea por dinero, sino consecuencia del destrato al que fue sometido tras el cambio de autoridades.
Tras su retiro como árbitro, profesión que ejerció entre 1953 y 1978, Coerezza supo ocupar durante las últimas cuatro décadas, en diferentes períodos, distintos cargos ejecutivos en la casa madre del fútbol argentino. Entiende que la edad pudo haber sido una razón para que esta gloria del referato haya sido descartada por la Dirección de Formación Arbitral, pero le afecta que nadie haya sido frontal con él. Concretamente, apunta a Horacio Elizondo, la máxima autoridad en la materia.
Coerezza vive en Belgrano R, en Echeverría entre Zapiola y Conesa, a una cuadra de la estación ferroviaria y muy cerca del barrio de Coghlan. “Nunca me apasionó el fútbol, sí la justicia -confiesa con naturalidad, mientras hace un reposo obligado-. Hubiera preferido ser Juez de la Nación, tenía esa ilusión. El arbitraje me llegó de casualidad. Yo era réferi en el Colegio San Francisco de Sales, de Almagro. Tengo un concepto de lo que es la justicia. Creo que un juez, elegido entre semejantes para dilucidar intereses, es más importante que las dos partes. Pero en el fútbol la gente va a ver a los jugadores y no al árbitro, cuya función es dar a cada uno lo que le pertenece. Yo sufría mucho ante los errores, porque sin querer había defraudado a quienes me habían elegido. Siempre buscaba el perfeccionismo”.

El fin de la infancia
La muerte de su padre, cuando tenía sólo cinco años, dejó a Ángel con su madre viuda y tres hermanos. “Y yo, que quizá tenía destino de canario, me transformé en un gorrión”, razona Coerezza, quien antes de empezar a cursar primer grado se vio obligado a trabajar de carbonero a cambio de siete pesos diarios. La infancia en Almagro quedó truncada a poco de empezar. “A los seis años yo quería jugar a la pelota en la calle, pero mi mamá no me dejaba porque tenía que estudiar y trabajar. Por eso nunca jugué bien al fútbol, pero yo era un estratega. Fui capitán en todos los equipos que integré”, recuerda Coerezza, a quien las circunstancias transformaron en un prematuro líder.

-¿Recuerda a su padre?
-(Piensa un instante, busca alguna imagen en su memoria que quizá no encuentra). Si mi madre lo eligió, tiene que haber sido un gran tipo.

Ángel Coerezza pitó en los mundiales de México 70 y Argentina 78.

Todavía vigente el sueño de ser Juez de la Nación, a los 19 años Coerezza fue a inscribirse a la escuela de árbitros de la AFA. “El director era Juan José Álvarez, maestro y mentor mío. El hombre al que recuerdo con más cariño. Me explicó que debía tener 20 años y yo le discutía que no cambiaba las cosas que tuviera 19, que me harían perder un año de carrea. ¿Por qué se quiere adelantar al tiempo?, preguntaba Alvarez”, relata Coerezza. El muchacho no dejó de insistir: pidió que le dieran una oportunidad. Álvarez consultó con Bartolomé Mascías, su superior, un árbitro que supo ser famoso en los años previos, y finalmente se resignaron a aceptarlo contraviniendo las reglas.
“A los 23 años debuté en Primera División. El partido fue Independiente-San Lorenzo. Ese día golpeó a mi puerta un dirigente local para preguntarme si iba a tomar Coca Cola, cerveza Quilmes o agua Villavicencio. Era Julio Grondona. Tenía cuatro años más que yo y fue anfitrión en mi debut. Así empezó mi carrera como árbitro. Un periodista de la revista Goles, Enzo Ardigó, reseñó mi actuación escribiendo Apúntemelo: Ángel Coerezza”.
Entre 1948 y 1958 la AFA se vio obligada a contratar árbitros ingleses, de reputación intachable, para superar la crisis de credibilidad que atravesaba el referato local. Coerezza se inició en esa época y fue asistente de varios de ellos. “Los ingleses vinieron porque el fútbol argentino era un desquicio. Había equipos grandes y chicos, los grandes tenían tres votos y los chicos uno”, informa, sin necesidad -ni ganas- de agregar detalles. Pasaron ocho décadas y nada parece haber cambiado. Continúan la rosca dirigencial y los favoritismos de ciertos pitos, que pueden decidir campeones, clasificaciones y descensos a fuerza de fallos controvertidos.

Grondona y el Diablo
Después del Mundial 78 (dirigió el partido inaugural entre Alemania Federal y Polonia), Coerezza consideró cumplido su ciclo y renunció al arbitraje: era momento de dejarle el lugar a los jóvenes. Lo hizo sin reclamar indemnización alguna, práctica habitual de estos tiempos. “Luego Julio Grondona me designó Director de la Escuela de Árbitros: buscaba comenzar su mandato con alguien que creía que podía cambiar el arbitraje -dice Coerezza-. Yo de Grondona sólo puedo hablar bien, aunque a veces me defraudaba. Le dije que yo vivía con Dios, pero que él además convivía con el diablo. Algún día va a comprender por qué convivo con el Diablo, me dijo dolido en una oportunidad”.
Tras 12 años al frente de la Escuela, Coerezza renunció por no estar de acuerdo con las políticas implementadas en materia de arbitraje. Fue tras la llegada de Jorge Romo al Colegio de Árbitros, cuando Grondona estaba más preocupado en llegar a la FIFA. Entonces pasó a ser Gerente de Relaciones Públicas de Gatic (Adidas), donde su esposa Delia también trabajó como auditora durante 23 años.
Cuando los hijos de Eduardo Bakchellian, tomaron el control de la empresa fundada por su padre, Coerezza volvió a renunciar. Entonces Grondona lo convocó para que se hiciera cargo de la supervisión de las obras de ampliación del predio de Ezeiza. “Quería modernizarlo y necesitaba a alguien de su confianza, sus ojos, porque él no podía ocuparse. Tuve que pelear con sinvergüenzas que traían camiones de arena por la mitad o cristalería de segunda selección que pretendían hacer pasar por primera”, cuenta Coerezza, que impuso el concepto de justicia en todos los ámbitos de su vida. Allí estuvo por más de diez años.
Su última etapa laboral en AFA transcurrió como docente de la Dirección de Formación Arbitral. A comienzos del año pasado se encontró con una sorpresa desagradable. Había sido desafectado junto al también ex árbitro Miguel Scime. “Lo que hizo conmigo Horacio Elizondo (N. de la R.: Máxima autoridad del arbitraje argentino en la actualidad) fue una canallada, me echó por la puerta de atrás. No tuvo los huevos de decirme Ángel, con todo el afecto que siento por usted, debo prescindir de sus servicios. Nadie vino a decirme que me tenía que ir. A Elizondo lo acompañé en muchos momentos difíciles de su vida y se portó muy mal conmigo”, reflexiona con pesar.

Crédito de foto de portada: Jorge Sánchez (Clarín)

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