Nota publicada en la edición Nº 95 de El Barrio, febrero de 2007.

Cómo te iban a perdonar los bandoneones numerosos trepados a tus gestos / las historias de júbilo popular iluminadas de fervor y de distancia, / la Misión Inglesa, el nombre de tu hija, el estrellato. / Lo que no te perdonan son tus sucios pies de canillita, / el no haber ido a la escuela, / pero ardiendo siempre, como el viento. De protagonista, / y esa dramática alucinación de querer vivir tuteándote / con la vida.

Estos versos de Alfredo Carlino, prestigioso poeta vernáculo, reflejan con propiedad la figura de José María Gatica, “el Mono”, nacido el 25 de mayo de 1925 en la ciudad de Villa Mercedes, Provincia de San Luis, y habitante fugaz de Saavedra, como veremos más tarde. Nunca aprendió a leer ni tampoco a escribir. Pero supo andar por la vida con esa habilidad de quienes poseen fortaleza personal y la capacidad suficiente como para hacer valer sus derechos. Cuando aún era un chico, sus padres lo llevaron a vivir a Buenos Aires. Fue lustrabotas y canillita en la Estación Constitución, para ayudar a su madre, y por esta razón no pudo asistir a la escuela primaria. Siendo muy joven un veterano del boxeo, Emilio Palanké, a quien apodaban “el rusito”, lo llevó a un ring para hacer guantes y quiso el destino que ese primer combate diera lugar a una gran amistad. Palanké sería a lo largo de su vida uno de los amigos más fieles, que lo ayudó siempre en el cuidado de su vida familiar.
Las anécdotas de Palanké son un reflejo fiel de lo que era el Mono: “Cuando Gatica estuvo en las buenas llegó a regalarme 30 trajes, una cantidad igual de pares de zapatos, me hizo conocer los mejores restaurantes de Buenos Aires y arrendó una habitación individual en el Hospital Israelita cuando mi padre se enfermó. Pasaron años y tuve la oportunidad de retribuirle en parte su ayuda: cuando no tenía ni para comer me lo llevaba a la pizzería de Chalú, donde yo trabajaba”. En sus comienzos como amateur Gatica se entrenaba en el Club Barracas Central y en esa categoría llevó a cabo algunos combates. El 7 de diciembre de 1945, en una pelea ya como profesional, noqueó en el primer round a Leopoldo Mayorano.
En primeras nupcias el Mono contrajo enlace con Ema Fernández, con la que tuvo a su primera hija, María Eva. Más tarde su unió a Ema Guercio, que fue la que vivió la época fastuosa de Gatica. Su última mujer fue Rita Armellino, cuando había llegado al ocaso de su carrera y de su vida. Ella fue la madre de sus otras dos hijas: Viviana y Patricia. En el mundo del boxeo integró la terna de los ídolos argentinos de este deporte junto con Pascual Pérez y Justo Suárez, el “Torito de Mataderos”. Este último dio origen a uno de los mejores cuentos del eximio escritor que fue Julio Cortázar, con el título de Torito.

El rey sin corona
Con sus extraordinarias aptitudes de boxeador, el Mono Gatica no logró ser campeón. Cabe destacar que su gran rival durante mucho tiempo fue el rosarino Alfredo Prada, con quien combatió dos veces como amateur (una pelea ganada y una perdida) y cuatro como profesional, donde obtuvo el triunfo en dos oportunidades. Esto no fue óbice para que, fuera del ring, fueran muy buenos amigos. Prada lo ayudó mucho a Gatica cuando no tenía donde vivir y con muy poco dinero obtuvo del entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Oscar Alende, una vivienda en el Centro Deportivo Nº 2 de La Plata, un puesto en Educación Física y un empleo para su esposa.
José María Gatica tuvo una muy especial amistad con el matrimonio presidencial de aquel momento, el Gral. Juan Domingo Perón y su esposa María Eva Duarte, de tal magnitud que Gatica bautizó a su primera hija con el nombre de María Eva. En ese acto el Presidente Perón fue el padrino de la recién nacida. También contaba con el apoyo sin fisuras del presidente de la Confederación Argentina del Deporte, el Dr. Rodolfo Valenzuela. Estos personajes hicieron todo lo necesario para que Gatica y su equipo se trasladaran a los Estados Unidos para irse acostumbrando al ambiente antes de llevar a cabo la pelea con el campeón mundial de los livianos, Ike Williams. La indisciplina natural del Mono llevó a que su entrenador, Nicolás Preziosa, lo dejara solo unos cuantos días antes del combate. El recordado relator deportivo Fioravanti transmitió por radio, el 5 de enero de 1951, la pelea entre Gatica y Williams, donde éste lo noqueó en dos minutos sobre la lona del Madison Square de Nueva York.
Ese día cambió totalmente la vida de Gatica. Perdió la confianza de la Presidencia y la situación se ahondó aún más cuando Alfredo Prada, el 16 de septiembre de 1953, lo liquidó en el sexto round. En julio de 1956 hizo su última pelea en el Luna Park, donde venció por abandono en cuatro rounds a Jesús Andreoli. Cuando finalizó el encuentro llegó la policía y llevó detenidos a ambos boxeadores por haber peleado sin licencia y también a los promotores que habían organizado el combate. En once años de profesional, José María Gatica realizó 95 peleas, de las cuales ganó 85, perdió siete, empató dos y una quedó sin decisión.

Vecino de Saavedra
Pero el aspecto más importante de esta historia es que el Mono fue vecino de Saavedra. Casi con la finalización del barrio 1º de Marzo, hoy Presidente Roque Sáenz Peña, Eva Perón le otorgó una casa. Era la Nº 20, ubicada sobre la calle Galván, y allí se instaló con su familia. Un vecino del barrio en aquella época refirió algunos detalles de la vida de Gatica en Saavedra: solía pasear por sus calles, donde los chicos jugaban en las veredas, y si pasaba un heladero con su carrito compraba helados para todos. En otra oportunidad le regaló al equipo de fútbol que tenían los muchachitos un juego completo de indumentaria. En ese entonces era muy común que se formaran cuadros barriales que sostenían encuentros con los de otros barrios.
Otra de sus costumbres era pasear por el barrio en su auto descapotado saludando con fervor a todos los vecinos, según afirma Luis Suvervil. Por su parte Eduardo Pombo, que también vivía por la zona, cuenta que en una oportunidad en que viajaba en el colectivo 140 vio subir en una parada a Gatica vestido de pijama de franela, con pantuflas y galera. Un espectáculo inusitado en esa época.
El cantor Alberto Morán le dio trabajo en su cantina cuando el Mono ya estaba en la pendiente de su vida. También Alfredo Prada lo acogió en su restaurante. El 10 de diciembre de 1963, ebrio y desolado (vendía muñequitos de trapo de color rojo como el equipo de Independiente que ese día, en Avellaneda, le había ganado 2 a 1 a River Plate), Gatica trastabilló al subir al colectivo de la línea 95 en la calle Herrera y una de las ruedas le pasó por encima, causándoles graves heridas. Fue trasladado al Hospital Rawson, donde dos días después falleció a los 38 años de edad.
Ahí renació -comenta el periodista Horacio Pagani– la memoria de la gloria deportiva de José María Gatica, un ícono del boxeo argentino que nunca fue campeón pero entusiasmó a las multitudes con su desenfado, su guapeza, su agresividad de peleador impiadoso y sus actitudes fuera del ring. Ídolo de las multitudes, cosechó el desprecio de las minorías que lo veían como un Mono provocador que les enrostraba la discriminación social en la que lo habían encerrado, escupiéndoles el resentimiento. José María Gatica se transformó, con el correr de los años, en otra leyenda que recorre Buenos Aires.

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