Mirta Ostroff y Julio Delillo son maestros artesanos y vecinos de Villa Urquiza. Se conocieron hace 50 años en la Escuela de Bellas Artes y desde entonces forman un entrañable matrimonio. Se especializan en la confección de máscaras de cuero, que venden en la feria de Caminito y les valieron prestigiosos premios. Sus obras se expusieron en Francia, donde dieron cursos sobre la materia y hasta se animaron a desfilar con trajes venecianos. El elogio que les dedicó un famoso escultor argentino.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

Mirta Ostroff y Julio Delillo se vieron por primera vez hace 50 años, cuando estudiaban en la Escuela de Bellas Artes. Al poco tiempo se pusieron de novios y dos años más tarde se casaron. “Llevamos toda una vida juntos”, dice este inseparable matrimonio, que al día de hoy sigue trabajando en el atelier de su casa de Villa Urquiza.
Desde hace tres décadas se especializan en la confección de máscaras de cuero para decoración, disfraces o desfiles, que venden los fines de semana en la feria de artesanías de Caminito, La Boca. Sus trabajos, verdaderas obras de arte, fueron exhibidos en exposiciones nacionales e internacionales y les valieron numerosos reconocimientos, como el Primer Premio en la Bienal de Artesanías de Buenos Aires 2007 y dos primeros premios en el Fondo Nacional de las Artes.

Los comienzos
“De chica me la pasaba haciendo dibujos, sobre todo de máscaras, que son una fascinación que siempre tuve -recuerda Mirta sobre su precoz interés por el arte-. Cuando terminé el secundario primero empecé a estudiar dibujo en forma particular y después me decidí a entrar en Bellas Artes”. “A mí también me gustaba todo lo que fuera dibujo -agrega Julio-. Desde chiquito hacía arcos y flechas y objetos indígenas y además tenía mucha facilidad para la pintura”.
Al momento de conocerse, ella vivía en Once y él en Villa Pueyrredon, barrio en el que se asentaron una vez casados. Desde hace 26 años viven en Villa Urquiza -actualmente en Nahuel Huapí y Burela- y tienen dos hijos, también inclinados hacia las artes. “Al principio me dedicaba a vender carteras pintadas a mano con una amiga, pero cuando nacieron los chicos empecé a trabajar medio día en una oficina”, explica Mirta sobre las dificultades de ganarse el mango como artista. “La plata venía por otro lado -coincide él-. Era compliado vivir del arte porque lo que hacíamos era sólo para nosotros, entonces siempre teníamos un trabajo paralelo”.

Maestros artesanos
Pero hace 30 años se produjo un cambio en sus vidas. Julio estaba trabajando en el MOA (Monumentos y Obras de Arte) del Gobierno de la Ciudad, donde se dedicaba a restaurar esculturas porteñas. Mirta, por su parte, había aprobado el examen de ingreso a la feria de artesanías de Caminito, en La Boca, donde comenzó a vender máscaras confeccionadas con papel maché.
“Un día vi unas máscaras marroquíes hechas en cuero, de estilo árabe, y me gustaron mucho -recuerda ella-. Así fue como decidimos empezar a trabajar con ese material, aunque no teníamos mucha idea y fuimos totalmente autodidactas”. “Como trabajé durante ocho años en el MOA, aprendí muchísimo sobre moldería y pude aplicarlo a la confección de las máscaras -destaca él-. El cuero de las máscaras marroquíes es de cabra, muy blandito y más fácil de trabajar porque tiene una mayor elasticidad, pero no te permite lograr contrastes en los colores. Yo quería conseguir un cuero en el que quedara clara la cara y se pudiera aplicar tinta, entonces fuimos comprando diferentes tipos hasta que conseguimos uno que es más difícil de moldear pero el resultado es superior”.

Mirta Ostroff y Julio Delillo se especializan, con singular éxito, en la confección de máscaras de cuero.

Sobre el proceso de creación, explica Mirta: “Compramos las plantillas de cuero, las cortamos y les damos forma. Luego vemos el diseño y decidimos si va a ser simétrica o asimétrica. En cuanto a la decoración, solemos tener diferencias artísticas: yo soy más sintética y Julio es de la idea de agregar mucho”.
Las máscaras que ofrecen al público -en su mayoría extranjeros- en La Boca no exceden los 80 centímetros y se venden desde los 900 hasta los 8.000 pesos. En las exposiciones, sin embargo, el precio es más elevado y también aumenta el tamaño de las piezas, que pueden ascender a los 1,20 metros. “La mayoría de la gente que las compra las destina a la decoración, aunque hay quienes primero las usan para alguna fiesta y después las cuelgan en la pared de su casa”, cuentan.

De exportación
La larga trayectoria de Mirta y Julio les permitió conocer a numerosos artesanos y personalidades vinculadas al mundo del arte y la moda. “Hace unos años nos contrató una argentina que vive en Francia y se dedica a la alta costura -recuerdan-. Cuando vino a la feria se enamoró de nuestras máscaras y nos compró varias. Además nos contó que estaba empezado a confeccionar trajes venecianos y nos propuso enviarnos diseños y telas para que nosotros hiciéramos las máscaras. Obviamente aceptamos y por suerte tuvieron muchísimo éxito”.
Por estos trabajos recibieron una invitación, en 2011, para hacer una exposición en Francia en el Musee Fernand Leger de Corbeil-Essonnes (ubicado a 29 kilómetros de París) y además dictar un curso sobre la materia. “A partir de esa experiencia, que tuvo mucha repercusión, volvimos a viajar varias veces. Al año siguiente llegamos a tener casi 60 alumnos en el curso y en 2013 volvimos a exponer, esta vez en el Chateau du Grand Veneur de Soisy sur Seine”, relata Julio y agrega Mirta: “Fue una experiencia divina, porque nos hicieron sentir muy cómodos. La última vez que viajamos, en diciembre del año pasado, los alumnos nos recibieron con una fiesta. Nos dicen maître (“maestro”). Incluso una vez, en 2015, desfilamos con trajes venecianos y nuestras máscaras. Nos llamaron Los Marqueses del Río de la Plata”.

Elogio de un grande
Otro hito en la carrera de este matrimonio fue su amistad con Antonio Pujia, célebre escultor argentino de origen italiano, quien solía visitarlos con su esposa en la feria de La Boca. La última vez que lo vieron -pocos meses antes de su muerte, ocurrida en mayo del año pasado- quien fuera su maestro en la Escuela de Bellas Artes les dedicó un piropo que recuerdan con orgullo y de alguna manera sirve para sintetizar el camino recorrido en todos estos años: “Entre la artesanía y el arte hay una línea muy finita y ustedes la cruzaron”.

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