El ex funcionario radical se autoincriminó en una trama de sobornos a senadores justicialistas. Fue quien entregó dinero de la SIDE para asegurar la sanción de la reforma laboral, tristemente conocida como “Ley Banelco”. Este escándalo provocó la rápida decadencia del gobierno de Fernando De la Rúa y, hace 15 años exactos, su dimisión a la Presidencia en medio de la conmoción social y económica del país.

Por Marcelo Benini y Tomás Labrit
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Buscábamos a un protagonista del convulsionado fin de siglo en nuestro país. De la incipiente etapa posmenemista, que había ilusionado con renovar la política. La Alianza, edificada entre el radicalismo y sectores progresistas del peronismo, encarnaba la esperanza de una renovación. Era el símbolo de la lucha contra la corrupción y la transparencia de gestión. Esa ilusión duró unos pocos meses. Enseguida entendimos que todo había cambiado para que nada cambie.
El 26 de abril de 2000 el gobierno de Fernando de la Rúa accedió al pedido de coimas de un grupo de senadores justicialistas para poder aprobar la Ley de Reforma Laboral, sancionada el 26 de abril de 2000 y conocida tristemente como “Ley Banelco”. A raíz del escándalo, el 6 de octubre de 2000 renunció el vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez. El capital político que había construido la Alianza empezó a consumirse con la velocidad que el fuego avanza sobre el papel. Pasaría poco más de un año, entre las erráticas apariciones públicas del Presidente y los ajustes salvajes de sus efímeros Ministros de Economía, para que previsiblemente el país volara en mil pedazos. Los sucesos del 19 y 20 de diciembre barrerían con un gobierno que había asumido, apenas dos años antes, con más del 50 por ciento de adhesión popular.
De aquel affaire, que involucró a funcionarios de la primera línea del gabinete, sobresale la figura de Mario Pontaquarto, el “valijero”. Quien fuera el Secretario Administrativo de la Cámara de Senadores terminaría confesando, en diciembre de 2003, su participación clave en la trama de corrupción. Alejado de la política, hoy repasa aquellos hechos con El Barrio en un bar de Cabildo y Aguilar. Fanático de River, nos cuenta que suele ir a Villa Urquiza para visitar amigos. “También iba a cenar al Club Sunderland. Es un barrio en el que me gustaría vivir”, confiesa.

-¿Cómo cambió su vida a partir de diciembre de 2003, cuando presentó la denuncia?
-Pasé a ser una persona pública, con más exposición. Hasta que se inició el juicio oral, fueron nueve años duros que los viví sólo con la compañía de mis hijos y mis amigos más cercanos. Hoy llevo una vida normal.

-En enero de este año finalmente prescribió la causa con todos los imputados absueltos, inclusive usted. ¿Qué opina?
-Era una causa que estaba destinada a morir después de lo que hizo el Tribunal Oral, una de las vergüenzas judiciales más importantes de la Argentina. Para que la gente entienda, yo me autoincriminé del delito y debería haber tenido una pena como los que estaban involucrados. Los jueces federales Rafecas y Canicoba Corral, otros seis fiscales federales y dos veces la Cámara Federal dijeron que yo tenía razón. Pero los tres jueces del tribunal decidieron que no había pruebas.

-¿Por qué cree que su denuncia fue desestimada, pese a que la formuló cuando la Alianza ya no estaba en el poder?
-Cuando los hechos se producen después de la finalización de un gobierno, la Justicia, en la primera etapa, tiende a trabajar con mucha eficiencia y rapidez. Pero después las causas van sufriendo las consecuencias de la burocracia y del sistema corporativo de la Justicia. Lo que hicieron los jueces fue bochornoso, no va a existir un fallo igual. Fue un mamarracho histórico. Después de eso me pregunté quién va a denunciar en este país. Hoy hay Ley del Arrepentido, pero si algún arrepentido se acuerda de lo que me pasó a mí se queda en su casa. Me echaron del laburo, me inventaron otra causa y toda la corporación política se movió para que yo no pudiera trabajar en ningún lado hasta después de 11 años. Te hacen la vida imposible y te aprietan de tal forma que si vos no estás bien psicológicamente terminás mal, porque te ves encerrado por todos lados. Mirá cómo está Fariña hoy: solo y aislado. Y él se arrepintió en la cárcel.

-¿Qué pena piensa que debería haber recibido?
-La que pidieron los fiscales: siete años para De la Rúa y para mí un año y seis meses sin cumplimiento efectivo por haber colaborado con el proceso. Nunca especulé con la pena, siempre dije lo que debía para que la Justicia resolviera.

-¿Qué fue lo que lo impulsó a autoincriminarse?
-El tema moral. Tenía una culpa muy fuerte con mis hijos. La política me dejó en soledad, entonces todos me apuntaban a mí. Como yo no tenía fueros y me mataban de todos lados, pensé que en algún momento esto iba a saltar. En ese momento vivía en Luján y todo el mundo me miraba distinto. Mis hijos tenían 13, 9 y 4 años. El mayor a veces iba al Senado y para él yo era su orgullo. Entonces un día dije: ¿y si termino con esta farsa y cuento todo lo que pasó? Lo hablé con ellos y ahora están orgullosos de mí.

-¿Siente que la sociedad mira con desconfianza la declaración de un arrepentido?
-Sí, es muy poca la gente que reconoce lo que hice. Pero cuando digo la verdad, nadie me puede aguantar un round. Por eso me enfrenté en los careos con De la Rúa, Flamarique y de Santibañes. Yo los miraba a los ojos y no me ponía colorado.

-¿Cómo reaccionaban ellos?
-Trataban de embarrar la cancha y me atacaban en lo personal. ¿Qué me va a decir De la Rúa, si yo estaba en su despacho cuando me dijo “arreglalo con de Santibañes” (N. de la R.: Ex jefe de la SIDE) y dio la orden de pagar los sobornos? Me decía que era un mentiroso, pero las pruebas son contundentes. Los únicos que no las vieron son los jueces del Tribunal Oral.

-Según Hugo Moyano, Flamarique le dijo a él y a un grupo de gremialistas “tenemos la Banelco para convencer a los senadores”. ¿Le consta que haya existido esa frase?
Moyano fue testigo en el juicio oral y dio uno de los testimonios más contundentes. Él lo dijo claramente, incluso mirándolo a los ojos a Flamarique. Yo le creo porque fue así.

-¿Cómo se forjó la maniobra?
-El acuerdo lo hizo Flamarique (N. de la R.: Ex Ministro de Trabajo) con Genoud (presidente provisional del Senado), antes de que me lo dijeran a mí. Cuando me llevaron a la reunión en Casa de Gobierno, que fue unas semanas antes de que se sancionara la ley, no sabía a qué iba. Yo, como Secretario del Senado, conocía mucho las leyes que ingresaban y pensé que me llevaban para ver en qué condiciones estaba el tratamiento de la ley. Después de la reunión, Genoud me dijo que los senadores querían que yo llevara la plata porque no confiaban en ningún otro. Yo siempre negociaba las leyes con el peronismo.

-Estamos hablando de cinco millones de dólares de la época. ¿Cómo siguió la historia?
-A los dos días me fui a reunir con de Santibañes en la SIDE. Eso fue el 18 de abril y la ley se iba a sancionar a la noche. Acordamos cómo iba a ser la entrega del dinero.

-¿Por qué decidió aceptar la propuesta?
-Estaba inmerso dentro de la corporación política. Me dijeron que era una cuestión de Estado y que si no se sancionaba la ley iba pasar lo mismo que a Alfonsín con la Ley de Reordenamiento Sindical, que fue el principio del fin de su gobierno.

Mario Pontaquarto le concedió una extensa entrevista a El Barrio.

Mario Pontaquarto le concedió una extensa entrevista a El Barrio.

-¿Le ofrecieron dinero por esa gestión?
-Nada y está comprobado por la Justicia. Yo no pedí nada: participé como un soldado de la Alianza. Aunque ustedes no lo crean, no recibí un centavo. Se me investigó por todos lados, pero lo único que tenía era una casa del año 86 por una herencia de mi suegro.

-¿En ese momento estaba convencido de que la Alianza era la solución que necesitaba el país?
-Equivocadamente creía que esa era la forma, pero fue un error. A los cuatro días le dije a Genoud que habíamos cometido el peor error de nuestras vidas porque, de ahí en más, por cada ley jodida nos iban a pedir plata. Y no iba a haber forma de parar la ambición de guita que tenían esos tipos, porque ellos se manejaban así.

-¿Quién recibió el maletín?
-El senador justicialista Emilio Cantarero. Se lo llevé a su departamento de Callao y Posadas. Él después fue el encargado de repartir a los demás senadores. Yo me quedé con 700 mil pesos, que eran mitad para Genoud y mitad para Flamarique.

-¿Ese dinero provenía de la SIDE?
-Sí, claramente, también está probado.

-¿Hay tanta impunidad en el manejo de los fondos de los servicios de inteligencia?
-Sí, la SIDE es un agujero negro de la política argentina. Financiaron campañas políticas, punteros, operaciones, carpetazos a los periodistas… Maneja un presupuesto que no tiene rendición de cuentas porque sólo figuran como empleados el Secretario y el Subsecretario. Es una caja negra que funcionó eternamente para financiar a la política.

-No hubo condena penal para los involucrados, pero hoy la mayoría no puede salir a la calle…
-La condena social fue terrible. Los mandaron a la casa a todos. Para los únicos que no fue evidente el soborno fue para los jueces del Tribunal.

-¿Cómo se explica ese fallo?
-Si hubiese existido la posibilidad de filmar, como en La Rosadita o en el caso de José López, se acababa esta historia porque las imágenes pueden más que mil palabras. Todo lo que había en la causa de los sobornos eran pruebas basadas en entrecruzamientos de llamados telefónicos y testimonios de las personas involucradas. El soborno es muy difícil de probar si no tenés una filmación o una foto.

-¿Con ese fallo absolutorio se intentó proteger a De la Rúa?
-Sí. Uno de los jueces del tribunal tenía una estrecha relación con él, porque era un radical de toda la vida. El día que me senté frente al tribunal le dije a mis abogados “estos tipos no condenan a nadie”.

-¿Este escándalo fue el primer paso hacia la caída de la Alianza?
-Sí, fue un golpe de nocaut. Genoud renunció a la presidencia provisional del Senado, y Raúl Galván dejó la presidencia del bloque. El único que quedaba era yo, pero no me querían tocar porque tenían miedo de que explotara. Además yo era funcionario de carrera, entonces si dejaba de ser Secretario iba a seguir como Director. Renuncié a mi cargo en el Senado en diciembre de 2000 por una imputación del juez Liporace.

-¿Hizo bien en renunciar Chacho Álvarez luego de que se conociera el escándalo?
-En el convencimiento de que estaba participando de un gobierno corrupto, se tenía que ir. Cuando corroboró que esto había pasado, decidió renunciar.

-¿Cuándo empezó a padecer las consecuencias laborales?
-Después de renunciar como secretario, me terminaron echando del Senado en 2002 por una causa administrativa. Los que dicen que hablé por bronca es mentira, porque recién en 2003 hice mi declaración. Pero cometieron el error de dejarme herido como un león. Fue una barbaridad cómo me sacaron, todavía estoy en juicio con el Senado.

-¿Qué corría por dentro suyo hasta que decidió contar la verdad?
-Estuve mucho tiempo confundido, no encontraba mi rumbo. Estaba enojado porque había dilapidado mi carrera política por un error garrafal que nunca tendría que haber cometido. Yo había forjado una militancia y una carrera que, hasta el momento de ser Secretario, no tenía techo. Hubiese sido senador o diputado. Por ejemplo Gerardo Milman, hoy Secretario de Seguridad Interior, era empleado mío en la Secretaría del Senado.

-¿Maldice el día que decidió ser el “valijero” de los sobornos?
-Lo que pasa es que una vez que te encargan el tema, es muy difícil recular. Era una cuestión de Estado. Si me negaba, era boleta o terminaba mi carrera política.

-¿Entonces, por más honesto que uno sea, el sistema político lleva a corromperte?
-Sí, claro. Tenés que estar muy preparado para esquivarlo. La corporación te va metiendo adentro de su sistema. De ser un militante progre del radicalismo terminé participando del encadenamiento corrupto de una corporación como el Senado. Yo milité contra el modelo de los 90 y terminé siendo igual que ellos.

-El gobierno de la Alianza surgió como lo opuesto al menemismo, pero al final pareció ser más de lo mismo.
-Fue uno de los peores gobiernos de la historia de este país porque no tuvo personalidad. En muchos aspectos -y lo he vivido- era manejado por el hijo del presidente. Antonio muchas veces tomaba más decisiones que un ministro. Fue un gobierno conformado por una alianza, pero nunca estuvo convencido de que esa alianza pudiera funcionar. Había diferencias serias entre Terragno y Chacho Álvarez, entre Fernández Meijide y Storani, entre De la Rúa y Alfonsín… Pero la Alianza llegó al gobierno por la desesperanza que tenía la gente. Además, De la Rúa había estudiado para ser presidente y tampoco se discutía la honestidad de Chacho y Fernández Meijide. Pero la Alianza no tenía una base de sustentación sólida para gobernar. No había diálogo entre el Congreso y el Gobierno. Carrió era parte de la Alianza, pero tiraba más petardos de los que tira ahora: ¡era terrible! Y dentro del gobierno estaba el radicalismo, que históricamente vivió de internas. Entonces la Alianza estaba condenada al fracaso. Encima cometió el error de sentarse a hablar con el sector de senadores que había vivido de la dádiva durante todo el menemismo.

-Además de las ineficiencias del Gobierno, ¿hubo un golpe peronista?
-Sí, el peronismo hizo lo que hace siempre. No le tembló el pulso para hacerle más de veinte paros generales a Alfonsín. Y eso acompañado por un sector fuerte del periodismo. A De la Rúa le sacaron el banquito, esto está claro. Los saqueos, la participación de los intendentes del conurbano… Una crisis de esas características no se produce de la noche a la mañana. ¿Qué pasó, vino Duhalde y llegó Teresa de Calcuta? La gente común y los que somos de la política sabemos cómo actúa el peronismo en estos casos. Lo de los intendentes del conurbano fue alevoso.

-Decía que De la Rúa era un dirigente idóneo para ser Presidente. ¿Qué fue lo que cambió en él para llegar al desastre del 2001?
-Para mí fue una sorpresa. Pensé que iba a ser un presidente con carácter pero terminó siendo un títere. No quiso que lo acompañara su partido y se acercó a gente que no era de su confianza.

-¿Cavallo terminó de eclipsar la figura de De la Rúa?
-Sí, fue otro error gravísimo. Eso es falta de personalidad y de conducta ideológica. Lo de Cavallo fue una vergüenza. Llegamos al Gobierno cuestionando la década del 90 y terminamos poniendo a Cavallo como el salvador de la Alianza. Eso demuestra lo que fue Fernando de la Rúa.

-Catorce años después de aquel Gobierno asumió el poder otra alianza, Cambiemos. ¿Son cuadros de situación similares?
-Son distintos, porque el que encabeza la alianza es el PRO y el radicalismo acompaña. El candidato de la UCR no hubiera ganado la elección.

-¿Qué destino político tiene el radicalismo? ¿Está acabado?
-No, porque al lugar que vos vayas hay un comité radical; siempre hay militantes. Lo que necesita es una renovación dirigencial, que a partir de la llegada de Ernesto Sanz, Gerardo Morales y de otros legisladores jóvenes empezó a lograr. Pero de ahí a que sea alternativa de poder falta mucho tiempo. ¿Cuántos ministerios tiene el radicalismo? Todavía no genera confianza. Tiene la actitud histórica en las elecciones legislativas, pero cuando tiene que gobernar…

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-¿Por qué no logra terminar los gobiernos?
-Hay que salvar las distancias con el gobierno de Alfonsín que, a diferencia de de la Rúa y Macri, tuvo que pagar muchos costos. Encima enfrente tiene al peronismo, que cuando quiere al poder se unifica. Van a ver cómo dentro de un año desaparecen el kirchernismo y el sciolismo: el peronismo se unifica otra vez y va para adelante.

A grandes rasgos, hoy el radicalismo se divide entre el alfonsinista, que lidera Moreau y respalda a Cristina, y el macrista, que ocupa algunos cargos en el Gobierno. ¿En cuál se identifica?
-Me considero un radical que sigue rememorando lo que fue la conducta y la militancia de Raúl Alfonsín. Respeto a Moreau como militante, pero no comparto lo que hace. El radicalismo no tiene que buscar espacios en el kirchernismo. Aunque saque el cinco por ciento, tiene que buscar su identidad. Ni con Cristina ni con el macrismo.

-¿Cómo es su vida laboral actualmente? ¿Se pudo reinsertar?
-Trabajé durante cuatro años en un empresa española de bingos en la Provincia de Buenos Aires. Mi señora tiene un negocio en Las Cañitas de bijouterie y la ayudé a hacer una página web. Nos dedicamos a vender por internet y MercadoLibre y nos va muy bien. Ella hace algunas ferias y yo me encargo de vender en el interior del país. Estoy tranquilo y disfrutando mucho más de mis amigos.

-La política, ¿nunca más?
-Tengo relación con muchos políticos. Me llaman y tomamos un café, pero no.

-¿Qué experiencia le dejó este episodio? ¿Cómo se siente en lo personal?
-Mucho mejor, me cambió la vida para bien porque aparecieron los amigos que reconocieron lo que hice. Hace 25 años que voy a la cancha de River y jamás nadie me dijo nada.

-¿Siente que su imagen está limpia?
-Me equivoqué porque participé de un acto de corrupción, lo reconocí públicamente y después hice todo lo posible en la Justicia para subsanar ese error que había cometido.

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