Según el intelectual, vecino de Villa Ortúzar, ambos espacios políticos desaparecieron luego de la crisis de 2001. Afirma que la falta de renovación del kirchnerismo alentó el surgimiento de Cambiemos. Y que, tras la desaparición de Santiago Maldonado, está en riesgo el contrato social de la democracia argentina, simbolizado por el “Nunca Más”.

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

Es un sábado soleado e hipnótico en Villa Pueyrredon. El gorjear de los pájaros y el sonido acompasado de las pelotitas amarillas componen una sinfonía perfecta en el Urquiza Tenis Club, en Caracas y Griveo. Como cada fin de semana, Martín Fernando Plot (1966) espera su turno para jugar. La raqueta es una de sus grandes pasiones, pero no la única. Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Magister en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural por el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad de San Martín (UNSAM) y Doctor en Filosofía por la New School for Social Research, es un intelectual de prestigio internacional.
Su principal área temática de investigación y docencia es la teoría política. Tras 18 años de estudio y trabajo en los Estados Unidos, 12 de ellos en Los Ángeles, en 2015 -tras ganar un concurso en el CONICET- se radicó con su familia en Villa Ortúzar, exactamente en Charlone entre Tronador y Estomba. “El CONICET es la principal agencia de financiamiento de la investigación científica en Argentina y probablemente en América Latina. Todos los investigadores son evaluados por pares ciegos. A fines de 2014 se hizo público que había entrado. Tenía un puesto semejante en una universidad de California, donde estuve 12 años como investigador y profesor de teoría política, tras seis años de estudios doctorales. Los dos países sobre los que escribo y analizo sus procesos políticos son Argentina y Estados Unidos”, se presenta Plot.
Antes de empezar la entrevista, elogia al club de Villa Pueyrredon: “Es clave para mí, porque en Los Ángeles jugué siempre al tenis. El clima es increíblemente benigno y está lleno de canchas públicas, gratuitas y muy bien mantenidas, donde practicaba dos o tres veces por semana. Cuando regresé al país una de mis preocupaciones era cómo conservar esa rutina y descubrí el UTC al pasar rumbo a mi trabajo. El día que decidí consultar conocí en la oficina de socios a Raúl, una de las persona más entrañables, y en seguida me crucé con Gustavo Petersen, quien tenía un buzo de Estudiantes de la Plata, equipo del que soy hincha. Fueron las dos señales que necesitaba para asociarme. Luego traje a mi hijo a la escuelita y ahora es una de las cosas que más ama. Todos los sábados estamos acá y también vengo a jugar varios días en la semana”.

-¿Tenías la necesidad de volver?
-En realidad nunca dejé de estar presente aquí. Todos los veranos académicos de allá yo venía a supervisar tesis doctorales, dar cursos, seminarios, charlas… Siempre tuve a mi familia y a mis amigos más íntimos aquí. Nunca te vas del todo, ni emocional ni profesionalmente. Seguís siendo un intelectual argentino radicado circunstancialmente en otro lado. Pero quería que mi hijo pasara la mayor parte del tiempo con sus abuelos y que hiciese la socialización primaria, la escuela, en Argentina.

-¿Es justificada la creencia de que en los Estados Unidos se vive mejor que en la Argentina o responde más a un preconcepto?
-Hay muchos más grises que blancos y negros. Existen ventajas innegables en algunos aspectos. Pero después hay un montón de áreas donde la calidad de vida es superior acá. Tanto el sistema educativo como la cobertura médica para personas de recursos medios o bajos son mejores acá porque la inversión pública es más consistente, más universal, y porque el acceso está garantizado. Lo que uno se encuentra todo el tiempo cuando llega a Argentina es la sensación de que somos el mejor o el peor país del mundo. Así también piensan los estadounidenses que abordan estos temas de un modo más simplista. Nunca es de ninguna de las dos maneras.

-Viviste en Los Ángeles, donde contás que el transporte público se degradó en las últimas décadas.
-Sí, es pésimo. Uno de mis colegas en la facultad donde yo enseñaba, Norman Klein, cuenta que a principios del siglo veinte era una de las ciudades con mayor extensión de vías de los Estados Unidos. La presión económica de las empresas automotrices sobre el sistema político estimuló la desinversión en transporte público ferroviario y se fue desmontando la red. Hoy es la ciudad de las autopistas: no podés moverte sin auto y si recurrís al transporte público viajar toma una cantidad desproporcionada de tiempo.

-¿Son tan diferentes los republicanos de los demócratas como aquí los peronistas de los liberales? ¿Hay menos grieta en Estados Unidos que en Argentina?
-Te diría que más. Hay violencia física, como por suerte en Argentina no se ha visto en décadas, entre miembros de estas dos coaliciones. Sucedió hace poco en una marcha para unificar a la derecha de sectores que apoyan a Trump (N. de la R.: Un individuo atropelló a un grupo de antifascistas, dejando un saldo de tres muertos y 20 heridos). Desde los años 60 el Partido Republicano se convirtió en el partido de la resistencia a las transformaciones tanto culturales como económicas que, promovidas por el Partido Demócrata, venían produciéndose en los Estados Unidos desde lo que se llamó New Deal (N. de la R.: Nombre dado por el presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt a su política intervencionista puesta en marcha para luchar contra los efectos de la Gran Depresión en Estados Unidos). Me refiero a la lucha feminista, la incorporación en la ciudadanía plena de los afroamericanos, la creciente influencia de los inmigrantes latinoamericanos y la libertad sexual, entre otros derechos civiles. El Partido Republicano es militarista y apoya el uso de la fuerza para introducir a los Estados Unidos en los asuntos internacionales. El Partido Demócrata es como el radicalismo o el peronismo argentinos, que históricamente promovieron la intervención del Estado para la regulación de la actividad económica.

-¿La victoria de Macri guarda relación con la de Trump en los Estados Unidos o los escenarios son muy distantes como para asociarlos?
-Estados Unidos se abroqueló después del 11 de septiembre de 2001. La presidencia de Trump es un fenómeno extremadamente volátil y preocupa la dirección en que va a llevar a un país que, como sabemos, tiene la capacidad de terminar con la vida en la Tierra. Pero es innegable que lo sucedido en Uruguay con el Frente Grande, en Chile con la concertación, en Brasil con Lula y Dilma, en Argentina con Néstor y Cristina, en Bolivia con Evo Morales, en Ecuador con Correa y en Venezuela con Chávez fue el resultado de una especie de reacción continental al neoliberalismo de los 90. En mi análisis, esa reacción fue mucho más clara que la hoy expresada por el neoliberalismo hacia aquellos gobiernos de centroizquierda. Lo que está pasando en Brasil y en Argentina tiene que ver con un agotamiento y una multiplicación de errores que cometen las administraciones cuando están tanto tiempo en el poder.

-¿Cuál fue el principal error del kirchnerismo?
-El kirchnerismo llegó al gobierno por el rechazo a la convertibilidad, al menemismo y a la Alianza; fue una respuesta al “que se vayan todos”. Es importante pensar en los diversos momentos que tuvo y entender por qué se generó una oposición tan amplia e intensa como para ganar un ballotage en la Argentina. Y por qué sin embargo fue un fenómeno político tan exitoso, que introdujo reformas estructurales tan grandes. El kirchnerismo restableció el Estado de derecho para juzgar las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura y estableció por primera vez una Corte Suprema independiente en el país. Ni siquiera la Argentina democrática pre Néstor Kirchner tenía una Corte Suprema generada por impulso del propio oficialismo, que fuese como se dice en Estados Unidos un check and balance, un control de poderes. Podríamos seguir con la asignación universal por hijo, el acceso a una cobertura médica preventiva por medio del Monotributo, el matrimonio igualitario… Son transformaciones que tengo la esperanza de que llegaron para quedarse. Fueron introducidas como políticas de apertura de aquel gobierno, lo que Néstor Kirchner llamó transversalidad. Ese es prácticamente el único período exitoso del kirchnerismo. Su gran error fue el conflicto con el campo. Leyó mal el beneficio que estaban obteniendo otros procesos políticos como el de Venezuela y Bolivia por el crecimiento exponencial de los precios internacionales de los commodities, es decir los productos primarios. El kirchnerismo quiso establecer una reforma impositiva para recaudar aun más, como hicieron Evo y Chávez con el gas y los hidrocarburos. Aquí nació lo que se conoce como la grieta: el kirchnerismo se endureció en la derrota y esa actitud provocó el antikirchnerismo. Luego el gobierno perdió la capacidad de construir alianzas e ir en distintas direcciones de políticas públicas junto con otros actores. También cometió el error de demorar lo más posible toda precisión acerca de una eventual reforma constitucional para buscar una segunda reelección. La derrota es el precio que terminó pagando el kirchnerismo por resistirse a la renovación, que no sólo es la aparición de nuevas caras sino de nuevas formas de hablar. Creo, no obstante, que la concentración monopólica de los medios de comunicación en Argentina es un problema para la democracia. La forma en que Clarín y su red de medios hacen política abierta y abusivamente no es algo bueno.

-Pese a la bisagra que significó el conflicto con el campo, en 2011 el kirchnerismo volvió a ganar de manera abrumadora.
-Esa fue la única elección que ganó en la última década y fue un año después de la muerte de Néstor. Se reactivó el voto transversal por el recuerdo del kirchnerismo originario. Fue una especie de homenaje póstumo a alguien que, como Raúl Alfonsín, es considerado un estadista.

-Llamaste “victoria pírrica” al triunfo de Cristina en las primarias de agosto.
-Es una victoria que lo único que hace es contribuir a una derrota más importante en 2019. Pero en general mi mirada de la democracia argentina desde 1983 al presente es bastante optimista. Nuestra sociedad es increíblemente mejor que la sociedad de la dictadura y previa a ella. Logró erradicar la violencia de las disputas políticas, se hizo más tolerante con la diversidad y las Fuerzas Armadas y la Iglesia dejaron de ser consideradas un actor político. Como se dice en inglés, la democracia argentina es the only game in town, la única forma de acceder al poder político.

-Sin embargo expresaste, en el marco de la desaparición de Santiago Maldonado, el temor de que se rompa el contrato social de la democracia argentina que simboliza el informe Nunca Más.
-Así es. Fijate la importancia del juzgamiento a las juntas militares por parte de Raúl Alfonsín. Hubo un retroceso con el Punto Final, la Obediencia Debida y los indultos de Menem, pero la crisis de 2001 generó un consenso institucional de los tres poderes en la Argentina para restablecer el Estado de derecho y que nadie esté exento del juzgamiento por crímenes de lesa humanidad. Creo que este contrato social del Nunca Más se enfrenta por primera vez con un plantel de gobierno que ha sido mayormente ajeno a esa experiencia política. Cuando algunos funcionarios relativizan los 30.000 desaparecidos, esa figura simbólica que surge en la oscuridad más oscura de la dictadura, donde nadie podía saber el número de la gente que estaba siendo chupada, recurren a la crueldad de exigirles a las víctimas de una política de represión basada en el secreto que sepan ellas el número exacto. Felipe Solá lo sintetizó muy bien en una entrevista televisiva: “Para mí lo que estos tipos no entienden es en lo que se están metiendo al pensar que pueden valerse de las fuerzas de seguridad en pos de objetivos electorales”. Leyeron muy mal el éxito que tuvo la represión de un piquete en la 9 de Julio y que sus encuestadores midieron como algo positivo. Creyeron que podían hacerlo más sistemáticamente, metiendo palo a la protesta social, y se equivocaron. La gran deuda de la política argentina es la democratización de las fuerzas de seguridad.

-¿Ese Estado de derecho está amenazado? ¿Se reavivó cierto germen autoritario, que permanecía aletargado incluso en la sociedad civil?
-La gente es mucho más despolitizada que los analistas y los periodistas. La victoria de Cambiemos no expresa que haya un 51 por ciento de la población nostálgica de vivir como en tiempos anteriores al contrato social del Nunca Más. Creo que la mayoría de quienes votaron a Macri son sectores de la sociedad civil profundamente democráticos que estaban hartos de cierto estilo de liderazgo político, consolidado con una mala interpretación de la victoria de 2011. De ahí al 2015 casi no hubo avances en legislación, en políticas públicas, y es resultado directo de una arrogancia que llevó a creer al kirchnerismo que ya no necesitaba construir alianzas. Por eso era importante su renovación. Esto le puede suceder a Cambiemos, que está leyendo un resultado electoral del 36 por ciento como si fuese una gran victoria nacional. La mala lectura de tu propia victoria puede ser el primer paso hacia un declive. Una receta para el desastre.

-¿Cómo explicás la desaparición del radicalismo, un partido centenario que ya no compite electoralmente?
-Ni el radicalismo ni el peronismo existen más como partidos desde la crisis de 2001. Hay radicales que están con Cristina y radicales que están con Macri. Los principales actores políticos del gobierno actual son de extracción peronista. Los dos nuevos partidos post 2001 son el kirchnerismo y el macrismo. El radicalismo y el peronismo están licuados en ambas fuerzas. Cuando Cristina se fue del PJ y se lo tiró por la cabeza a Randazzo se dio una situación trágica y brillante a la vez, porque el PJ sacó el cinco por ciento en las primarias. No es culpa de Randazzo, sino que ya no existe el peronismo como identidad política.

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