En la madrugada del 4 de julio de 1976 un grupo armado ingresó a la Parroquia San Patricio, situada en Estomba y Echeverría, y fusiló a tres curas y dos seminaristas. Rodolfo Capalozza, milagroso sobreviviente de la comunidad palotina, y Luis María Pinasco, testigo del hecho, relatan la escalofriante experiencia vivida. Este crimen, el más grave sufrido por la Iglesia Católica argentina, se está investigando en el marco de la Megacausa ESMA.

Por Pablo Riggio y Marcelo Benini
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Cuando el padre Rodolfo Capalozza (60) recibió un llamado en la mañana del domingo 4 de julio de 1976, dejó que sonara el teléfono. “No debe ser importante”, pensó. Pero volvieron a insistir. Algo había sucedido, era evidente. Nunca se imaginó que al levantar el tubo se enteraría de algo que jamás podrá borrar de su cabeza: había sido sobreviviente de la noche más oscura de Villa Urquiza.
Se cumplen 40 años de esa fría madrugada de invierno, poco después de comenzada la última dictadura militar, en la que hombres armados que nunca fueron identificados ingresaron a la Parroquia San Patricio, ubicada en Echeverría 3900, y masacraron a cinco religiosos: los sacerdotes palotinos Pedro Dufau (67), Alfredo Leaden (57) y Alfredo Kelly (43) y los seminaristas Salvador Barbeito (29) y Emilio Barletti (23). Se trata no sólo del episodio más sangriento que jamás haya ocurrido en el barrio (muchos confunden el límite y consideran que el templo se encuentra en Belgrano), sino que también es el capítulo más oscuro en la historia de la Iglesia Católica en la Argentina. Actualmente se está investigando en el marco de la Megacausa ESMA y no hay imputados por este hecho.

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La singularidad de lo sucedido reside en el modus operandi que utilizaron los asesinos para asesinar a las víctimas. Las matanzas a manos de grupos parapoliciales habían comenzado ya un tiempo atrás, bajo el gobierno de Isabel Perón. Es sabido que, por lo general, “desaparecían” a las personas a bordo de un Falcon verde, trasladándolas a diferentes centros clandestinos de detención y tortura para después matarlas. Sin embargo, en este caso, el procedimiento fue muy distinto: ingresaron a la parroquia, juntaron en un recinto a las cinco personas que dormían en el lugar y recibieron un total de 65 disparos. Arriba de uno de los cadáveres dejaron un afiche, en donde se puede ver a Mafalda señalando una cachiporra sostenida por un policía. “¿Ven? Ese es el palito para abollar ideologías”, rezaba la caricatura.

En primera persona
“Yo tenía que estar ahí esa noche”. Las cinco víctimas no eran las únicas personas que vivían en comunidad dentro de la parroquia. El padre Rodolfo Capalozza, seminarista por aquel entonces, dormía allí todos los días. Sin embargo, por esas cosas que algunos atribuyen al destino y otros a la fe, por única vez decidió en la noche del 3 de julio hacer una excepción e ir a dormir a la casa de sus padres. Cuarenta años después, en el Centro de Espiritualidad Palotina ubicada en Cuba 2981, donde reside actualmente, recibe a El Barrio y cuenta qué fue lo que sucedió en la trágica madrugada. “La intención era eliminar a la comunidad”, afirma.
Criado en Barracas, conoció a Barbeito durante su juventud. “Cuando cursaba el tercer año del colegio Salvador, en el 71, me dijo que había empezado el Profesorado en Filosofía y que estaba haciendo prácticas docentes en el colegio Bethania y que ahí había conocido a unos curas que eran muy abiertos y macanudos. Trabajan muy bien, venite, estamos formando un grupo juvenil, me dijo. De Barracas a la Parroquia San Patricio tenía una hora en subte en aquella época. El barrio me llamaba la atención porque era más residencial y parecía más europeo que donde vivía yo. Hasta la parroquia misma, por su arquitectura”, recuerda Capalozza sobre su primer contacto con la comunidad palotina.
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Cuando llegó allí se sorprendió por la presencia de un cura “muy alegre”, con un estilo distinto del que estaba acostumbrado a ver. Se trataba de Alfredo Alfie Kelly. Desde el instante en el que entró a la parroquia se dio cuenta que había “mucho movimiento juvenil” y no tardó en entusiasmarse. “Era todo una época de ideales misioneros, soñábamos con cambiar el mundo, trabajar con cooperativas, el tema de la Justicia también estaba muy presente”, relata en diálogo con El Barrio. Por estos motivos es que decidió formar parte de la comunidad y le pidió a Kelly que lo acompañara espiritualmente: “Me di cuenta de que mi vocación era el sacerdocio”. En marzo de 1976 Capalozza comenzó a vivir en la parroquia.

“Algo habrán hecho”
El compromiso que los curas y seminaristas palotinos tenían con la sociedad argentina era evidente. Destacaban, por encima de todo, los valores de la justicia y la ayuda para los que menos tienen. Sin embargo, eso no quiere decir que todos los miembros de la comunidad hayan compartido la misma ideología y mucho menos que sean comunistas, tal como fueron acusados poco antes de la noche trágica. De hecho, Capalozza niega rotundamente que algún miembro de la comunidad haya pertenecido al Movimiento de los Sacerdotes del Tercer Mundo (MSTM), otra de las incriminaciones que recibieron. Y si así hubiese sido, ¿justificaba su exterminio?
“Discutíamos mucho, pero no pensábamos igual. Sí había una clara conciencia de que hay valores que deben defenderse, aunque desde posiciones diferentes; no era una comunidad uniforme ideológicamente. Pedro Dufau parecía más conservador, pero también era un tipo jugado si uno se lee sus homilías. No sé si era una comunidad de izquierda: Alfie Kelly, por ejemplo, estaba muy interesado en lo social pero de política no entendía nada. Leaden tampoco. Lo que se destacaba era servir al Evangelio, comprometerse con el que sufre y el valor por la Justicia”, asegura Capalozza.
Poco tiempo antes de su asesinato, el padre Kelly encabezó una misa que reflejaba con claridad su modo de pensar. Al enterarse de que algunos fieles acudían a eventos donde se remataban muebles y posesiones de personas desaparecidas por la dictadura, expresó unas palabras muy duras. “En todo el país surgen más y más de estos casos, hijos que no saben dónde están sus padres, familias forzadas al exilio, señales de muerte por todos lados… Quiero ser bien claro al respecto: las ovejas de este rebaño que medran con la situación por la que están pasando tantas familias argentinas dejan de ser para mí ovejas para transformarse en cucarachas”. A su vez, en su diario personal escribió: “Parece que va gente a la Redonda -la Parroquia de la Inmaculada Concepción- a quejarse de mis sermones… De que la ‘negrada’ invade San Patricio… En fin, ya irán con cuentos a la Vicaría”.
Esta situación parece que no cayó muy bien en el entorno de la zona más pudiente de Villa Urquiza, cerca del límite con Belgrano. Capalozza así lo entiende: “Creo que en cuanto al discurso mismo hasta había realidades eclesiales más explícitas sobre lo que estaba sucediendo en el país. Pero hay un contexto, además del eclesial, que es el contexto del barrio. En ese barrio vivía mucha gente ligada al poder. Entonces lo que se podría decir o significar en San Patricio no era lo mismo que decirlo en otro ambiente”.
El 30 de junio un miembro del Servicio de Inteligencia comenzó a hacerles preguntas a los vecinos de la Parroquia San Patricio. El 3 de julio desde el Arzobispado de Buenos Aires enviaron un emisario a la parroquia con órdenes para los curas y seminaristas. Ellos no se encontraban allí el enviado pero fue recibido por una secretaria, quien se ofreció a pasarles el mensaje: el visitante dijo que debía encontrar a los destinatarios. El mensaje, obviamente, nunca fue recibido. Esa misma noche Kelly contó a sus compañeros que había recibido una carta en donde lo acusaban de comunista y que su vida corría peligro.

La noche de la masacre
Capalozza realiza un minucioso relato lo ocurrido el sábado 3 de julio, horas antes de la masacre, cuando una serie de hechos casuales le permitieron sortear la muerte. Por la tarde se juntaron a tomar el té en la parroquia, algo habitual en una comunidad integrada por descendientes de ingleses e irlandeses. En la cena, Kelly les contó a sus compañeros sobre la carta en la que lo acusaban de comunista. “Si me matan se van a arrepentir”, dijo el cura. Capalozza recuerda haberle comentado a Barbeito: “Me parece que está exagerando. ¿Cómo lo van a matar por ser comunista?”.
“Yo lo veía cambiado a Alfie (en referencia a Kelly). Tenía un temperamento tan impulsivo y espontáneo, pero lo notaba con mucha tranquilidad y paz. A Salvador también lo noté así. Diría que hubo una experiencia de Dios que los llevó a esa paz. Alfie veía el peligro que había sobre su vida, entonces estaba haciendo un proceso. Él me había dicho que estaba haciendo mucho esfuerzo y me contó sobre la gracia que le pedía a Dios para perdonar a quienes lo estaban acusando”, relata Capalozza sobre los últimos momentos de vida de sus amigos.
Una vez en su habitación, observó que en un cajón se encontraban las llaves de la casa de sus padres. “Pensé que se iban a perder y las uní al llavero que tenía con dos llaves del colegio y otras dos de la parroquia”, explicó. Un detalle más que importante en el relato, ya que explica en gran parte el motivo por el cual sigue con vida. Esa noche Capalozza organizó una salida para ver una película. Como varios de sus amigos palotinos tenían casamientos, acordaron en acompañarlo Barletti y Barbeito y se sumó un amigo personal. Fueron a ver Veredicto a un cine ubicado sobre la calle Lavalle. Cuando llegaron ya había arrancado la función, así que se fueron a tomar un café y sacaron entradas para la trasnoche.
Según su relato, salieron del cine a la 1.20 de la madrugada. Estaban en el Microcentro y al mediodía siguiente Capalozza había quedado en almorzar en la casa de sus padres, en Barracas. Consideró que lo más lógico, ya que casualmente había guardado las llaves, era ir directamente hasta allí. Sus amigos volvieron a la parroquia: “Nos tomamos otro café, los acompañé hasta el Obelisco y yo me tomé el 45 a lo de mis viejos. Había algo que me decía interiormente ‘vos tenés que volver a San Patricio’. Venía tan compenetrado en eso que me bajé una parada antes. Si volvía seguro me encontraba con los cadáveres”.

“Gente extraña en los jardines”
Lo que pasó esa noche, tal vez, nunca se sabrá con certeza. De hecho, no hay ningún imputado por este caso. Pero existen testigos que lograron echar un poco de luz entre tanta oscuridad. Luis María Pinasco es un vecino que en la madrugada del 4 de julio, probablemente mientras Capalozza se dirigía a casa de sus padres, se encontraba con unos amigos en Estomba y Sucre, a metros de San Patricio.
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“Solíamos reunirnos en la casa de un amigo. Cada uno venía de sus respectivas reuniones y hacíamos unas mesas de truco a medida que iban llegando todos. Esa noche yo estaba ahí. Había una particularidad: el general Martínez Waldner, gobernador de Neuquén desde el 24 de marzo, se encontraba en su casa ubicada en la esquina de Estomba y Sucre. Por lo tanto, estaba su custodio en la puerta”, le cuenta Pinasco a El Barrio, haciendo esfuerzo por rememorar la mayor cantidad de detalles.
Julio Víctor Martínez, hijo del general, llegó a su casa junto a un amigo y notó que había un Peugeot 504 a pocos metros. Intuyendo que algo extraño estaba ocurriendo, dio aviso a la Comisaría 37°. “Él estaba en la esquina y le hicieron un juego de luces con el auto para que se vaya. Fue al destacamento policial, tardaron en atenderlo pero le tomaron el pedido”, precisa Pinasco.
“Estábamos jugando al truco y en un momento, tal vez porque habré perdido, salí de la casa de mi amigo. Vi un movimiento extraño: había gente que cruzaba hasta los jardines de la casa parroquial sobre Estomba. Me llamó la atención, entré y les avisé a los chicos. Al rato tocaron bocina y vi a un móvil policial -narra Pinasco, en referencia a los oficiales que llegaron tras la advertencia de Julio Víctor Martínez-. Uno de ellos se le acercó al custodio y le dijo que se quedara tranquilo, que no hiciera nada porque iban a haber un procedimiento. Entonces, nos mandó a todos para adentro. Estuvimos un rato más y después cada uno se fue a su casa”.

Un antes y un después
Es imposible imaginar lo que vivieron las víctimas adentro de la parroquia. Un grupo de personas irrumpió en el lugar y cortó los teléfonos. Leaden y Kelly estaban en pijama y fueron reunidos junto a Dufau, Barbeito y Barletti en el living. Los obligaron a arrodillarse. Todos los disparos impactaron en el tórax y en el cráneo de las víctimas. Fueron cinco tiradores que utilizaron cuatro armas semiautomáticas y una ametralladora. En una puerta escribieron: “Por los camaradas dinamitados de Seguridad Federal”. Sobre el cuerpo de Barbeito se encontraba el afiche con la mencionada caricatura de Mafalda.
Pinasco fue uno de los primeros en enterarse del quíntuple crimen, ya que sus padres eran feligreses y conocía a todos los miembros de la comunidad por la cercanía de su hogar con la parroquia. Era militante político, pero según su propio testimonio nunca se hubiera imaginado “que un régimen iba a ser tan brutal”. Cuando llegó le propusieron hacer una declaración y accedió, junto a un amigo suyo que también había estado jugando al truco la noche anterior. “Fue en la casa parroquial, donde los mataron. No declaramos ante policías, se nos cuidó y protegió”, cuenta.
Capalozza, en tanto, asegura: “Cuando me enteré a la mañana no lo podía creer, no entendía nada. En un principio no lo relacioné con el terrorismo de Estado. Lo primero que se me vino a la cabeza fue ‘estalló la guerra civil en el país’. Me insistieron en que no me acercara al lugar, pero mirá si no iba a ir. Cuando llegué ya se habían llevado los cadáveres, subí a la casa y ya habían acomodado bastante, pero lo que más me llamó la atención fue ver el cable cortado del teléfono. Y los agujeros en el piso… La intención era dejar un mensaje”.
A pesar del terrible hecho, que casualmente -o milagrosamente- pasó por el costado de la vida de Capalozza, él se mantuvo fiel a su comunidad. La primera noche no durmió allí, prefirió pasarla en otra iglesia de los palotinos, Santa Isabel; luego volvió a San Patricio. “Al poco tiempo ocurrió un hecho. Llegó un oficial del ejército que nos quería hacer unas preguntas. Era joven pero muy seco y estaba acompañado, supuestamente, por un custodio. Nos empezó a preguntar sobre lo que hacíamos y lo que no hacíamos. En un momento se levantó y empezó a recorrer el lugar. Cuando entró a la habitación de Alfie vi que se llevó su agenda, que había quedado ahí. Luego se fue. Al rato volvieron a tocar el timbre. Siempre bajábamos todos juntos porque quedamos con mucho miedo desde que ocurrió el hecho. Vimos a través del vidrio que era un uniformado con un arma larga. Nos abrazamos y dijimos ‘llegó nuestra hora, nos van a matar’. Abrimos la puerta y era un policía. ‘¿Todo bien?’, nos preguntó. Le había llegado una denuncia por la presencia de un auto sin patente en la puerta de la parroquia, perteneciente al oficial del Servicio de Inteligencia del Ejército que había llegado antes”.

“Ellos fueron mártires”
Nadie podrá comprender por qué estas cinco personas perdieron la vida. Sin embargo, a su manera y desde su lugar, cada uno intenta darle un sentido. “Esto me va a acompañar hasta el día en el que no esté. Me sirvió, de alguna manera, para reafirmar mis convicciones y la manera de pensar. Ellos fueron mártires por el mensaje que nos transmitieron”, expresa Pinasco.
A pesar de ser uno de los pocos testigos, Pinasco observa un panorama complicado en cuanto a la investigación del caso: “Cuesta encontrar los elementos, hay muchos sospechosos pero no hay imputados. (Aníbal) Ibarra dijo que se sabía quiénes eran, yo hablé con él. Hace un mes estuve en Comodoro Py reafirmando lo que ya dije, porque mucho más ya no puedo aportar. La persona que me tomó la declaración me decía que se necesitan elementos más fuertes. Tendría que haber más testimonios o arrepentidos. Me dijeron que los organismos de derechos humanos no colaboraron mucho. Con el paso del tiempo todo se pierde”.
Capalozza tiene fe en que algún día se sabrá quiénes fueron los responsables de semejante acto. Y concluye: “No podría decir por qué, pero tengo claro para qué sucedió. Yo tengo que dar testimonio de esto. Fueron muertes trágicas, el mayor crimen que sufrió la Iglesia argentina en toda su historia. Pero no queremos quedarnos sólo en la muerte, porque para nosotros también fue muy importante la vida de ellos. Dar testimonio de su entrega final, pero de toda su vida entregada. Muchos conocimos el camino de Jesús y el Evangelio a partir de ellos, pero un Evangelio encarnado en la realidad que es mostrando a Jesús en el otro, en el compromiso con la Justicia. Tenemos que destacar estas vidas, que fueron vividas con ideales, y rescatar dos cosas. Por un lado reivindicar la Justicia, porque la impunidad no ayuda a construir una sociedad. Tenemos que saber quiénes fueron los culpables y deben ser sancionados. Pero Justicia no es venganza. Por otro lado, tiene que servirnos a los argentinos para reconciliarnos. Justicia y reconciliación no se oponen”.

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Misa en memoria de los asesinados
“Juntos vivieron y juntos murieron”. La declaración de la comunidad palotina ante el 40° aniversario del asesinato de cinco personas en la Parroquia San Patricio, en Villa Urquiza, resalta la unión que había entre las víctimas y “el compromiso de la fe que los llevó a defender el valor de toda la vida y promover los valores evangélicos de la justicia, de la paz y del compromiso con los más indefensos de la humanidad”.
En ese sentido, el lunes 4 de julio se realizará una misa por el aniversario de la muerte de los padres y seminaristas palotinos. Se llevará a cabo a las 20 en la Parroquia y será presidida por el Cardenal Primado de la Argentina, Monseñor Mario Aurelio Poli. Para consultas por este tema comunicarse al 4552-6780.
“Como comunidad palotina, queremos hacer una memoria agradecida por todo lo que hemos recibido de Dios a través de cada uno de ellos. Resuenan en nuestros corazones innumerables palabras, gestos, actitudes, opciones que nos ayudaron a encaminar nuestras vidas por la senda del bien y de la verdad. Hacer memoria agradecida por su sangre derramada. Ella es hoy para nosotros testimonio vivo de una fe en Jesucristo, comprometida con la humanidad y su historia”, reza la declaración de la comunidad sobre el aniversario.
El entonces cardenal Jorge Bergoglio, hoy Papa Francisco, expresó en la homilía de la misa por el 25° aniversario: “Esta parroquia ungida por la decisión de quienes juntos vivieron, ungida por la sangre de quienes juntos murieron, nos dice algo a esta ciudad algo que cada uno tiene que recoger en su corazón y hacerse cargo: despejar etiquetas y mirar el testimonio. Hay gente que sigue siendo testigo del Evangelio, hay gente que fue grano de trigo, dio su vida y germinó. Yo soy testigo porque lo acompañé en la dirección espiritual y en la confesión hasta su muerte de lo que era la vida de Alfie Kelly: sólo pensaba en Dios”.

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