Luego de que cedieran los cimientos de la obra de Triunvirato y Olazábal, la zapatería Popeye estuvo cerca de colapsar. Su medianera se inclinó peligrosamente hacia el pozo excavado y resistió debido a una correcta submuración. Sin embargo, el comercio de Villa Urquiza permanece clausurado debido a que aún persiste el riesgo de derrumbe. Ariel Karademirdjian, su dueño, cuenta la escalofriante experiencia vivida.

“Ese sábado me fui pensando que me había quedado sin trabajo. Que lo poco que tenía iba a perderlo adentro del pozo de la obra. La pasé muy mal”. Ariel Karademirdjian habla nerviosamente, mientras juguetea con la caja de cigarrillos y fuma con la mirada perdida. No quiere fotos. Todavía tiembla de sólo recordar lo ocurrido en la mañana del 3 de setiembre. Ese día, seis años después de la tragedia del gimnasio Orion, Villa Urquiza estuvo muy cerca de padecer una nueva desgracia como consecuencia de una obra edilicia. La medianera de la zapatería Popeye, tradicional comercio del barrio, coqueteó peligrosamente con la profunda excavación de la torre Evoque, en Triunvirato y Olazábal. La pared se fracturó en mil pedazos, pero resistió gracias al correcto apuntalamiento previo que hicieron los constructores.

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El local fue clausurado preventivamente por riesgo de derrumbe y al cierre de esta edición continuaba cerrado. Las huellas del sismo son evidentes: paredes agrietadas, cerámicos levantados, puertas que no cierran. Los cimientos de la obra lindera cedieron ante una gigantesca pérdida de agua cloacal y, tras partir la vereda como si fuera una galletita, por poco no arrastraron a la zapatería y a la vivienda que se encuentra detrás. Roberto Sorroche, el dueño de la tienda La Reina de Urquiza, propietario del negocio lindero, reside en la vivienda de arriba y también pudo ser engullido por ese enorme agujero negro. Si bien la submuración evitó el desastre, los inmuebles sufrieron graves daños. El Gobierno de la Ciudad le impuso a la constructora que brinde seguridad al comercio haciendo las reparaciones necesarias. Luego un ingeniero matriculado debe verificar que el lugar no corra peligro y recién allí se levantaría la clausura.

Al borde del abismo
La zapatería Popeye se inclinó hacia el vacío aproximadamente cinco centímetros. “Me llegaron a decir váyanse de acá porque si esto no se cae lo tiramos abajo nosotros. Con el paso de los días me voy dando cuenta de que en realidad soy afortunado. Me explicaron que, una vez deprimida, la estructura no vuelve a su lugar. Mi local quedó como la Torre de Pisa: tiene menos grados de inclinación, pero la torcedura existe”, ilustra Karademirdjian.
Las primeras señales aparecieron tres meses atrás, con grietas en el baño, pero el comerciante lo tomó como algo normal cuando hay una obra en construcción. Una vez producido el derrumbe, le llamó la atención que apenas 48 horas después aparecieran trece camiones de hormigón y al día siguiente otros siete. “Eso me hizo un poco de ruido, ¿por qué apareció tan tarde el hormigón, lo pijotearon? -se pregunta Karademirdjian-. No obstante, creo que todo el problema lo acrecentó la filtración de agua”. El dueño de Popeye cuenta que desde hace mucho tiempo existe un olor nauseabundo en la cuadra, a la altura del edificio de Telecom, que él atribuye a una pérdida cloacal de vieja data.
“La empresa constructora se ha encontrado con un montón de sorpresas al excavar, porque los planos están mal hechos -dice Karademirdjian-. Trabajan en forma ciega. Conmigo se han portado bastante bien, supongo que no les conviene que mi local se derrumbe (risas). Las empresas constructoras pueden tomar recaudos, pero la naturaleza es la que manda”.

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Además del severo daño que le ocasionó al local el colapso de los cimientos de la obra, Karademirdjian tiene pendiente cuantificar y reclamar por el lucro cesante. “El perjuicio económico es terrible, estoy endeudado. Me siento consternado, no puedo dormir. Ya venía golpeado por la recesión económica. Se viene el cambio de temporada, hay que comprar mercadería, tengo que pagar el alquiler, el monotributo, hacer aportes patronales y todo eso se va cubriendo con la diaria. Obviamente debo pagarle el sueldo a mi empleado. No sé cómo serán los demás, pero con éste tengo que sacarme el sombrero. Le puso el pecho a la situación, es un amigo”, reflexiona el comerciante y, por primera vez en la charla, se permite sonreír.

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