En la primera mitad del siglo XX, el rincón del barrio que limita con Villa Urquiza y Belgrano rompió con los modelos historicistas y se abrió a la modernidad. Fueron varios los arquitectos que apostaron por esta nueva tendencia, entre ellos Antonio  Vilar, que dejó su sello en la casa de la calle Heredia 1750. Otras construcciones.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

Junto con Villa Urquiza, Villa Ortúzar fue un barrio que sirvió de inspiración para algunos de los más destacados literatos argentinos del siglo XX, como Adolfo Bioy CasaresRoberto Arlt y Jorge Luis Borges, quien dejó bien marcado su sello con el poema Último sol en Villa Ortúzar. Pero la inspiración no termina allí: hay un rincón de Ortúzar, ahí donde el barrio se entrecruza con Urquiza y Belgrano, que sirvió de musa inspiradora para un grupo de arquitectos que apostó por una nueva arquitectura surgida durante la primera mitad del siglo XX.
Si bien hay un predominio de edificaciones de tejas y ladrillos, los típicos chalets urbanos, hubo quienes empezaron a plantear la modernidad del barrio con una mirada futurista. Este grupo de visionarios intentó desprenderse de los modelos académicos e historicistas, ya abundantes en la ciudad, y promovió una nueva forma de llevar la arquitectura hacia diferentes pensamientos, como en este caso fue el del racionalismo.
En este rincón del barrio que ocupa la franja delimitada por las calles La Pampa y la Avenida de Los Incas, donde predomina la arquitectura de grandes y suntuosas mansiones, brotaron los modelos arquitectónicos involucrados con el movimiento moderno, que causaron un cambio en la manera de pensar la arquitectura y modificaría las costumbres en la forma de vida barrial.
Vale destacar a estos visionarios, que si bien se habían formado con profesores de la escuela academicista presentes hasta la mitad del siglo XX, supieron romper con los viejos planteos para brindarse a ideas nuevas para la ciudad y en este caso a Villa Ortúzar. Así sucedió con arquitectos como Alfredo Joselevich, autor del edificio de Zapiola 1646; Alberto Dodds y Enrique Koch, Superí 1550; David Domingo Patané, Zárraga 3755, Elcano 3077 y La Pampa 4870 (este último junto a Mario Roberto Álvarez); y Juan  C. Coppola, Corregidores 1515. Estos son algunos de los que le dieron un toque de modernidad a esta parte de Ortúzar en las décadas del 30, 40 y 50. (N. de la R.: Al ser difusos los límites, algunas direcciones corresponden al barrio de Belgrano).
Pero no podemos dejar de incluir en el listado a la figura del arquitecto-ingeniero Antonio Vilar, un precursor del movimiento moderno en nuestro país, que dejó su sello en el barrio con una obra desafiante como la construida en la calle Heredia 1750. Un verdadero modelo de construcción, que encaja perfectamente dentro de lo que conocemos como la arquitectura de las cajas blancas, perteneciente al período racionalista que vivió la argentina en la década del 30.

El edificio de La Pampa 4870 fue proyectado por David Domingo Patané (Crédito: Fernando Schapo – Moderna Buenos Aires).

¿Quién fue Vilar?
Antonio Vilar nació en la ciudad de La Plata en el año 1887, en el seno de una familia de comerciantes medianamente acomodados que apostaban al futuro de sus hijos a través de la universidad. Inició su labor profesional como ingeniero en el año 1914, luego de graduarse, junto a su hermano Carlos, arquitecto, con quien realizaría gran parte de su obra. Vilar fue uno de los principales exponentes de la generación de arquitectos que se involucró en la Argentina con los postulados modernos de la renovación arquitectónica. Tenaz y laborioso emprendedor, instruido en las disposiciones y resoluciones constructivas, atravesó distintas etapas estilísticas. Podemos destacar un primer período en donde predominó la arquitectura del tipo neo-renacimiento español, también conocido como neo-plateresco, que algunos han calificado como una especie de estilo español pero modernizado. Un ejemplo es el edificio construido en 1926 que originalmente fue la casa matriz del Banco Popular Argentino, ubicado en la esquina de Florida y Perón.
A finales de la década del 20 Vilar cambió el rumbo y comenzó a experimentar con modelos arquitectónicos racionalistas. Así quedó plasmada esta tendencia en el edificio de la compañía Nordiska, de 1935, ubicado en la esquina de Florida y Charcas, y en el  Hospital Policial Bartolomé Churruca, de Uspallata 3400, realizado en 1938 junto a su hermano Carlos, Manuel Escasany, Martín Noel y Pedro Fernández Saralegui. Así como Le Corbusier decía que las casas debían ser una  máquina de habitar, Vilar trasladó este concepto a este hospital que algunos llamaron “la máquina de curar”.
Comenzada la década del 40, Vilar empezó una nueva etapa estilística. Por un lado se acercó al monumentalismo arquitectónico, que podemos distinguir como paradigma en la sede central del Automóvil Club Argentino, de Libertador y Tagle, construida entre 1940 y 1943. Más tarde se dedicó a estudiar el problema del déficit habitacional, para lo cual proyectó prototipos de viviendas mínimas populares. Sólo se cristalizó uno de estos ejemplares en la provincia de Buenos Aires, sin el progreso esperado, ya que terminó siendo usado como casa de campo. También Vilar tuvo un período en Mar del Plata, en donde construyó un gran número de obras, entre ellas varios chalets siguiendo el estilo local, y el Club General Pueyrredon.

La casa de la calle Heredia (foto de portada)
La obra es de un fuerte carácter racionalista y podemos distinguir en ella algunos de los postulados del maestro de la arquitectura modernaCharles Édouard Jeanneret-Gris, más conocido como Le Corbusier. Es así como se deja la planta baja libre, ocupada solamente por la parte de servicios, y se diferencia del resto con un basamento ladrillero, que además de separarla visualmente creando una diferenciación de niveles le da cierta independencia al resto de la vivienda que se resuelve en una planta elevada.
La intención de esta elevación es generar una continuidad entre el interior y el exterior en la planta baja, uniendo el jardín del fondo con la calle. A su vez permite una mayor intimidad en la vivienda, que se desarrolla en su totalidad en el primer piso, y así no quedar expuesta a nivel de vereda, favorecida también por el retiro del edificio de la línea municipal.
Utiliza grandes paños de aventanamiento, los cuales permiten mayor iluminación, y al mismo tiempo se pueden captar buenas visuales hacia el exterior. La piel del edificio se desprende de la estructura, dando libertad a la conformación interior y respondiendo de esta forma a los postulados corbusieranos. Tanto la fachada externa como interna mantienen un diálogo de unidad entre ellas, respondiendo estéticamente a lo que se conoce como la arquitectura racionalista. Por otra parte, el proyecto privilegió la buena orientación de los locales, permitiendo así la entrada del sol en cada uno de ellos,  controlada por balcones y parasoles.
La vivienda brinda una muy buena calidad constructiva y ambientes espaciosos y sobrios, incorporando el uso de materiales nobles. No hay duda de que en esta construcción se ve la expresión de valores, por eso le cabe aquella frase que alguna vez supo expresar uno de los maestros de la arquitectura moderna, Ludwig Mies van der Rohe, sobre las obras racionalistas: “¡Qué sentido del material y qué poder de expresión hay en estas casas! ¡Qué calor y qué belleza!”.

Crédito de foto de portada: Albano García.

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