En una nueva entrega, el poeta homenajea al payador argentino Higinio Cazón y al escritor José Sixto Álvarez, popularmente conocido con el seudónimo Fray Mocho.

Por Luis Alposta
luisalposta@fibertel.com.ar

ACERCA DEL CORAZÓN Y EL TANGO
El corazón, que antes pertenecía al dominio exclusivo de los enamorados y poetas, ha pasado a ser preocupación de la mayor importancia científica en el campo de la medicina; el alfa y el omega de la vida, que comienza a latir cuando el embrión tiene sólo tres semanas y no cesa de pulsar hasta su muerte.
¡El corazón! El más cantado de los órganos del cuerpo humano.
¡El corazón! Cuyos vínculos con el espíritu persisten no sólo en la literatura universal, sino también en las letras de muchos tangos. En las obras de Shakespeare existen infinidad de alusiones a este órgano; la palabra corazón figura en los títulos de 583 tangos (según me informa Omar Granelli). Y baste ahora con recordar solo tres: Corazoncito, Corazón de papel y Corazón no le hagas caso.
El tango-danza, como terapia, que ha demostrado actuar mejorando la tolerancia al ejercicio y la calidad de vida, ha llegado a los recetarios y ha demostrado, también, ser un buen aliado en la prevención de ciertas afecciones cardiovasculares.
Los que aun no se han enterado y lo siguen bailando con apasionamiento en los clubes de barrio y en las academias, nos recuerdan a un personaje de Moliere: están haciendo terapia -y en algunos casos rehabilitación- sin saberlo.

Acerca de Higinio Cazón
Higinio Cazón (1866-1915) fue uno de los más prestigiosos payadores argentinos; un auténtico maestro en el arte del canto alterno y el contrapunto. Un arte que, según Plutarco, ya cultivaban Hesíodo y Homero.
De Higinio Cazón tenemos, lamentablemente, muy pocos datos biográficos pero sí sabemos de sus exitosas giras y que dio a la imprenta muchas de sus décimas en un folleto al que tituló Alegrías y Pesares. Sabemos también que su fama ya estaba consolidada en 1896, cuando el 30 de junio de ese año se midió por primera vez, en el Teatro Doria, con Gabino Ezeiza; y que el 5 de mayo de 1897 intervino en una payada de tres que hizo época, en la que uno de sus contendientes volvió a ser el mismo Gabino.
Entre sus payadas memorables figuran las que sostuvo en el Teatro San Martín, de Córdoba, en 1912, con Ambrosio Río, y su encuentro con Sócrates Fígoli en Junín.
Sus actuaciones en circos, teatros y salones y su acercamiento a autores como Ángel Villoldo dejaron entre sus seguidores el entrañable recuerdo de un moreno robusto y de vestir cuidado, que incluía tangos criollos en su repertorio.
Su muerte, debida a un síncope cardíaco, se produjo el 3 de marzo de 1915 durante una gira, en la ciudad de Balcarce. Tenía 48 años y estaba domiciliado en la calle Burela 2275, posteriormente casa de la familia Canicoba, también muy ligada a la historia de Villa Urquiza, nuestro barrio.
En el frente de dicha casa, la Junta de Estudios Históricos de Villa Urquiza, el 15 de noviembre de 2003, descubrió una placa recordatoria, fileteada por Luis Zorz. En dicho acto habló, representando a la Junta, su presidente Luis Alposta. Y en representación de los payadores Víctor Di Santo.
El nombre de Cazón es recordado en la milonga El morocho y el oriental, de Enrique Cadícamo, y en el tango Café de los angelitos, de Cátulo Castillo.

Acerca de Fray Mocho
Yo no sé de donde nos viene la costumbre de celebrar, preferentemente, los aniversarios terminados en números redondos. Pero sí sé que cumplir un siglo de ausencia sin haber dejado de estar presente en la memoria del pueblo es algo que impone el homenaje. En este caso es Fray Mocho quien nos convoca y a quien hoy evocamos.
Autor de memorables cuentos y obras, como Galería de ladrones y Memorias de un Vigilante, José Sixto Álvarez, tal su verdadero nombre, ha sido alguien que trajo a las letras argentinas un acento de autenticidad, en el que la verdad psicológica de sus personajes se correspondía con la verdad lingüística. Puede decirse que él ha sido el primero en hacer uso literario del lunfardo. Conocedor del idioma en que escribía, pudo llevar a sus páginas, sin empobrecerlas, sino al contrario, enriqueciéndolas, las locuciones de la lengua corriente, las de la calle, con sus giros y con sus modismos.
En 1898 Fray Mocho fundó la revista Caras y Caretas en colaboración con el ilustrador y caricaturista Manuel Mayol y con el periodista Eustaquio Pellicer. Una revista que por su contenido respondía al espíritu del país y a su cultura tradicional. Con su obra ha sido él quien preparó el ensanche de nuestra literatura costumbrista; se ha dicho, y es verdad, que una de las cualidades de su estilo ha sido el diálogo. Un diálogo en el que tanto campea el humor porteño como la socarronería de tierra adentro.
Un diálogo que se interrumpió el 23 de agosto de 1903. Un diálogo que, para alegría nuestra, dejó un eco que se sigue escuchando.

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