Por Luis Alposta
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Acerca de la estrofa anónima
La estrofa anónima (que siempre tiene autor), es decir la tradicional, la recogida por la voz viva del pueblo, la que encierra un espíritu, un estilo, una gracia. La que no tiene complicaciones o alambicamientos retóricos. La que, por lo general, con sólo cuatro versos breves, dúctiles y hondos, le puede dar cabida a todos los sentimientos y emociones. Estrofa mágica, capaz de encerrar un mundo maravillosamente infinito, como es el corazón humano. La que revela la proeza de mostrar lo más genuino de una tradición popular, con matices y tonos muy sutiles. Ésa es la copla anónima.
Como la que se puede leer en los jardines de la Alhambra (folklorizada, aunque se sepa que su autor fue Francisco A. de Icaza):

Dale limosna mujer
que no hay en la vida nada
como la pena de ser
ciego en Granada.

O esta otra, una quintilla que le escuché a Rafael Jijena Sánchez, en la que un charro mejicano nos la ofrece como para bordarla en su sombrero:

Comadre, cuando me muera,
haga de mi barro un jarro;
si tiene sed en él beba,
si a los labios se le pega,
son los besos de su charro.

Hace algunos años (cerca de cuarenta), en el consultorio médico de una obra social, un paciente, llamado Sergio Chasco *, me entregó la letra de una milonga que acababa de escribir, a la que tituló Cuando la guita era buena. Siempre lamentaré haberla extraviado, pero lo que sí debo agradecerle a mi memoria es que haya conservado de aquella letra esta cuarteta, porteña, sentenciosa, inspirada en una frase que se le atribuye a Gardel y, seguramente, también llamada a folklorizarse:

Si hasta Gardel tan gentil
solía decir a diario:
“Nunca lo avivés a un gil,
dejalo que siga otario”

Acerca del una novela policial
Para la realidad de un certificado firmado por un médico en el verano de 1983, Francisco García Jiménez ha muerto. Sigue vivo en las realidades que nos proponen sus tangos, en la voz de Gardel y en la de tantos otros, en muchas de las melodías de Anselmo Aieta, en la Canción del Estudiante, en sus crónicas históricas, en sus artículos periodísticos y en el recuerdo de todos los que lo hemos tratado.
Autor talentoso y prolífico, era previsible que dejase alguna de sus obras inédita. Lo imprevisible ha sido que se tratara de una novela policial. En Misterio en la Vuelta de Rocha, tal su título, son convocados, del Támesis y el Sena al Riachuelo, Sherlock Holmes, Arséne Lupin y Joseph Rouletabille, los que concurrirán puntualmente a la cita para develar un enigma. Lo harán con fidelidad a las leyes del género e imponiendo cada uno sus habituales técnicas deductivas.
En estas páginas, publicadas por Corregidor, campea un levísimo aire local, sin que en ningún momento se apele al regionalismo. Acaso la cadencia del lenguaje, cierto tono o el nombre de una calle y el de un barrio sean los únicos datos que denoten la geografía. Se trata de una historia bien urdida, que gira magistralmente sobre sí misma y cierra un círculo en el que quedan la soledad y el drama de su protagonista.
Francisco García Jiménez cambiaba de género literario con la naturalidad de aquel que está acostumbrado a cambiar de traje. Un impecable corte sigue siendo su constante.

Acerca del adiós a la Musa Finoli
La poesía es algo tan elemental que hasta puede prescindir de una definición. Es algo que se siente y punto. Pero en tren de buscar una aproximación, digamos de ella que es algo tan simple como el despertarse a la mañana, tan dramático como el estar vivo y tan importante como el poder contarlo. Es el sentimiento puesto a escoger y capturar palabras, para luego liberarlas en el poema y emocionarnos.
Digamos también que, en poesía, no todo lo difícil de entender es surrealismo. El poeta Luis Aragón, en su Tratado del estilo, decía al respecto: “Si escribís, siguiendo un método surrealista, tristes imbecilidades, serán, sin atenuantes, tristes imbecilidades”. Cuando comprendí esto, me asusté, dejé de hacerme el raro y escribí el…

Soneto del adiós
a la Musa Finoli

Buen empilche, buen lomo y un taller literario.
(Que la mina es finoli desde lejos se embroca).
Esos cinco minutos que uno tiene de otario:
se me vino de River y me le fui de Boca.

 Tiró más que una yunta. Siempre pensando en ella
me pasaba las horas laburando algún verso.
Escabuyí los brolis firmados por Centeya.
De mi propia medalla pasé a ser el reverso.

Si escribís un poema -me lo chantó de entrada-
hacelo bien difícil, que no se entienda nada.
Y eso ya no lo banco. Vuelvo al verso atorrante
que se escribe en el feca sobre una servilleta.

Las musas son beatrices, te laburan de Dante,
te calientan los versos y olvidás al poeta.

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