Por Luis Alposta
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Acerca del cansancio de Claudio de Alas
La poesía es algo tan elemental, que hasta puede prescindir de la definición. Es algo que se siente y punto. Pero en tren de buscar una aproximación, digamos de ella que es algo tan simple como el despertarse a la mañana, tan dramático como el estar vivo y tan importante como el poder contarlo.
Un poeta inglés dijo que poesía es aquello que modifica inmediatamente al lector. Que cuando se lee, uno siente que la sangre circula de otro modo y que la voz de uno se eleva ante la necesidad de repetir aquello en voz alta.
Y yo siento ahora la necesidad de repetir en voz alta este soneto con aires lunfardos que escribió Claudio de Alas:

Eco il mondo!…

Para ti, Honorio Ricardo Guiñazú,
el ilustre viejo verde gentil, buen mozo,
noble amigo, millonario y profesor en Adulterios…

 Era un viejo elegante, de mirada felina;
con mostachos bravíos y palabra triunfal.
Su apostura era hermosa, su estirpe era muy fina,
y en sus labios ardía una mueca sensual…

Era un viejo corrido, de risa cristalina;
que del Bien se reía y reía del Mal…
Fue rey de boulevares, mató una bailarina:
y por una Duquesa derrochó su caudal…

Llamáronle el Gran Lobo, especialista en viudas.
Tiró su gran fortuna con un ardiente afán.
Y en una vieja noche, lleno de viejas dudas,

 con su postrer billete, entró en un restaurant:
y allí, con dos cocotes, -borrachas y desnudas-
se murió dando besos y bebiendo champán…

Acerca de palabras y aires lunfardos
A la hora de ponerse uno a escribir, mucho más que en la prosapia de las palabras lo que importa es indagar en el color y el calor que puedan ellas proporcionarnos para lo que se quiere expresar. Es por eso que el lunfardo no es únicamente una cuestión de términos, sino también una cuestión de tono y de intencionalidad.
Digamos, además, que no se trata de un vocabulario independiente, dado que ya vive dentro de nuestra lengua sirviéndose de su fonética, su sintaxis y buena parte de su léxico. Aparte de su valor críptico o esotérico, preferentemente dentro del ámbito carcelario y delictivo, el lunfardo es, esencialmente, un conjunto de voces de muy diversos orígenes que se introducen en la conversación familiar de todas las clases sociales con fines expresivos, irónicos o humorísticos.
Se ha dicho que el mecanismo del lenguaje popular es esencialmente metafórico y que “al pueblo, por instinto artístico, le place el uso de palabras con acepción figurada”. De ahí que haya sido precisamente en la poesía donde el lunfardo ha venido a encontrar un mejor destino literario.
Sé bien que el hecho de “escribir en lunfardo” implica un riesgo. Se puede caer en el puro alarde y en el mero virtuosismo de manejar palabras sacadas de un diccionario, olvidando así que la poesía, como la literatura en general, no es un simple juego de malabares sino una propuesta de mensaje y comunicación.
Y sé, también, que es mediante nuestro lenguaje de todos los días -el de entrecasa- que podemos encontrar el valor permanente del mensaje, comunicar lo que creemos importante comunicar y aspirar a que permanezca.

Acerca de Adolphe Célestin Pégoud
Si bien los estudiosos del tango aluden con frecuencia al discurso que, en su defensa, pronunció Jean Richepin en la Academia Francesa en octubre de 1913, escasas son las referencias al aviador francés Adolphe Célestin Pégoud (1889-1915), quien ese mismo año maravilló a sus compatriotas con sus acrobacias aéreas. Fue el primero en volar “cabeza abajo”.
En tiempos en los que el tango causaba furor en Francia, Pégoud, en una de sus habituales demostraciones, sorprendió a los asistentes diciéndoles: ¡Je vais danser le tango aérien!
Una publicación de la época así lo documenta: “El público saluda nuevamente a Pégoud con grandes aplausos, mientras el aviador vuelve a subir para bailar el tango. Es un tango algo oscuro aún, que debe ser explicado poco a poco por quien está al corriente del significado que el bailarín da a sus movimientos. Es así como la caída hacia adelante es la promenade; las caídas laterales alternadas, son los pasos de lado; el avión dirigido hacia la tierra es una reverencia; vuelto hacia arriba es una actitud de arrojo, como cuando el caballero va hacia la dama con los brazos abiertos. Pero el baile aéreo no es muy sensacional: hasta ahora el tango es aún demasiado admirado en la tierra para serlo también en el cielo y Pégoud sacude nuevamente al público y le arranca gritos de admiración cuando cumple la última serie de cuatro círculos de la muerte”.
Pégoud fue el primero en realizar un salto en paracaídas desde un aeroplano.
Durante la guerra, el 31 de agosto de 1915, fue derribado mientras interceptaba un avión de reconocimiento alemán. Tenía 26 años y fue, irónicamente, víctima de uno de sus estudiantes de la preguerra. La misma tripulación alemana dejó caer después sobre las líneas francesas una corona de flores.

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